La Última Ofrenda

© 2026 Carmelo Caballero Abella

AUDIOLIBRO COMPLETO

Me llamo Aren.

Antes de llegar a la Tierra visité un planeta iluminado por dos lunas.

Desde la órbita parecía habitado. Las ciudades continuaban emitiendo luz, las máquinas conservaban abiertos los caminos y una red de satélites enviaba mensajes que nadie respondía. Descendí esperando encontrar a sus habitantes. Solo encontré lo que habían dejado atrás.

No había señales de una invasión ni de una catástrofe natural. Tampoco encontré una enfermedad capaz de explicar el silencio. Había mesas preparadas, vehículos detenidos, juguetes en las habitaciones y animales que aún esperaban a personas que no regresarían.

Permanecí allí el tiempo suficiente para aprender que una ruina puede conservarlo todo salvo la respuesta que uno busca.

Cuando regresé, presenté mis observaciones al Consejo. Esperaba nuevos instrumentos, una expedición o permiso para abrir los archivos sellados del planeta. En lugar de eso, me enviaron a la Tierra.

—Allí vive una especie que quizá pueda ayudarte a comprender —me dijeron—. Busca a Prabathmandi.

—¿Es historiador?

—Entre otras cosas.

—¿Conoció a los habitantes de las dos lunas?

—No.

—Entonces no comprendo por qué debo consultarlo.

—Por eso debes consultarlo.

Prabathmandi llevaba siglos estudiando a los seres humanos cuando me recibió. Pertenecía a una generación anterior a la mía y había sido enviado para observar el proceso de la vida inteligente y vigilar que ninguna otra especie interviniera en el desarrollo de aquella nueva humanidad. Los llamaba sus tutelados, aunque nunca gobernó sus decisiones ni evitó sus guerras.

Le mostré las imágenes del planeta vacío. Las observó sin interrumpirme.

—Quiero saber qué les ocurrió —dije al terminar.

—Has estudiado el final —respondió—. Ahora necesitas estudiar el camino.

—¿El camino hacia dónde?

—Hacia el momento en que una civilización comienza a considerar rentable y razonable su propia destrucción.

Me condujo a una sala circular sin ventanas. En el centro había una plataforma rodeada por anillos de luz.

—¿Es un archivo?

—Es una forma de entrar en él. Contiene imágenes, testimonios, documentos y reconstrucciones de la historia humana. No verás el pasado tal como sucedió: eso es imposible. Verás cuánto puede reconstruirse a partir de quienes lo vivieron y de las huellas que dejaron.

—Entonces puede equivocarse.

—Como los testigos. Como los historiadores. Como tú y como yo.

—No parece un método muy tranquilizador.

—La verdad rara vez se vuelve más verdadera porque nos tranquilice.

Prabathmandi activó el primer registro. La sala desapareció. El frío de una noche remota me rodeó y escuché la respiración de un pequeño grupo de humanos que todavía no había levantado ciudades ni inventado el nombre de Dios.

Aquello fue lo primero que me intrigó.

Yo procedía de un mundo donde la muerte había sido vencida mucho antes de mi nacimiento. Mi cuerpo podía ser herido, desmembrado o abrasado, pero siempre encontraba la manera de reconstruirse. Por eso tardé en comprender el terror de aquellas criaturas frágiles. Para ellos, una fiebre, una caída o el colmillo de un animal podían abrir una puerta sin regreso.

En el registro, vi cómo depositaron carne junto al cuerpo inmóvil de un niño. Parecía dormir. Pasaron hambre aquella noche, pero ninguno tocó la comida del chico.

—La necesitará en el camino —dijo la madre.

Me intrigó el destino de aquel viaje.

Permanecí junto a aquella imagen durante tres noches consecutivas.

—¿Qué esperas? —preguntó Prabathmandi.

—Quiero saber cuándo comerá el niño y adónde viajará.

Prabathmandi me miró durante unos segundos y después se echó a reír. No se burlaba del dolor de la madre, sino de mi empeño en exigir una explicación material para todo cuanto veía.

—El alimento no es para su cuerpo, Aren.

—Entonces podrían comérselo los vivos.

—Podrían. Pero al dejarlo junto al niño están diciendo que el amor continúa incluso cuando ya no puede recibir respuesta. El niño no está durmiendo, le ha dejado su fuerza vital. Ni siquiera saben si existe otra dimensión. Sin embargo, entregaron algo necesario para los vivos con la esperanza de ayudar a quien ya no puede responder.

La explicación no me pareció lógica. Sin embargo, por primera vez sospeché que los seres humanos podían realizar actos razonables por motivos que no lo eran.

Aquel primer sacrificio pareció nacer del amor.

Lo que descubrí después es cuánto poder podían obtener transformando ese amor en miedo.

Durante las sesiones siguientes, el archivo me hizo caminar entre milenios. Vi la vida cotidiana de aquellos humanos desde las vidas de un esclavo en Ur, un escriba en Egipto, un mercader en Tiro, y un prisionero en Roma. Vi cómo crecían los templos a la vez que los imperios que los construían. Cuanto más altas eran sus murallas, más costosas parecían sus ofrendas.
Empecé a pensar que existía una relación directa entre ofrendas y prosperidad.

Prabathmandi abrió el primer registro dedicado a quienes aprendieron a administrar el miedo.

El primer intérprete

Conocí al primer hombre que pareció comprender las posibilidades de aquella idea.

No estaba registrado su nombre verdadero. Los habitantes de aquella ciudad lo llamaban el Intérprete porque afirmaba escuchar la voluntad de una divinidad escondida detrás de las tormentas.

Una sequía había destruido las cosechas. El río se retiró de los campos y dejó peces muertos sobre el barro. Las moscas cubrían sus ojos abiertos. Dentro de las casas, las familias raspaban el fondo de recipientes cada vez más vacíos.

El Intérprete subió a la escalinata del templo. Llevaba una túnica clara, limpia a pesar del polvo que cubría la ciudad.

—No es el dios quien nos ha abandonado —dijo—. Somos nosotros quienes le hemos entregado demasiado poco.

Las familias llevaron el grano reservado para el invierno. El dios continuó sin responder. Entonces sacrificaron cabras.

La lluvia tampoco llegó.

El Intérprete pidió finalmente el sacrificio de una muchacha.

Tras aquella noche comenzaron a reunirse nubes sobre la ciudad. Llovió antes del amanecer. Las primeras gotas oscurecieron la piedra del templo y la multitud cayó de rodillas en agradecimiento.

Nadie recordó que la estación húmeda debía empezar por aquellas fechas. Nadie preguntó por qué un dios bondadoso necesitaba de la muerte de una joven para hacer aquello que las nubes estaban destinadas a hacer.

La ciudad solo recordó la profecía cumplida.

—La lluvia habría llegado igualmente —dije.

—Probablemente.

—Entonces el Intérprete mintió.

—Quizá. O quizá necesitaba creer en su propia explicación tanto como los demás.

—No comprendo la diferencia.

—El mentiroso sabe dónde termina la verdad. El fanático deja de buscarla.

Observé al sacerdote recibir el grano de una familia hambrienta.

—¿Por qué lo obedecen?

—Porque acertó una vez cuando todos tenían miedo. Para muchos humanos, Aren, una coincidencia favorable pesa más que cien errores olvidados.

Al día siguiente, el Intérprete ya no tuvo que pedir alimentos. Los recibió. Tampoco volvió a justificar sus órdenes. Los hombres más fuertes protegieron la entrada del templo y los ancianos consultaron su parecer antes de tomar cualquier decisión.

Le pregunté a Prabathmandi por qué el rey se sentaba en una silla mucho más alta que las demás.

—Para que todos puedan verlo —respondió.

—¿La altura mejora sus decisiones?

Prabathmandi sonrió.

—No.

—Entonces sería más prudente bajar la silla.

—Precisamente por eso la construyeron tan alta.

Tardé un tiempo en comprender su respuesta.

Lo que me quedó claro de aquella escena es que el sacrificio de la muchacha no había comprado la lluvia, había comprado la autoridad del sacerdote.

Durante los años siguientes, cada desgracia exigió un sacrificio. Cuanto mayor era el miedo, más valiosa debía ser la ofrenda. El templo acumuló cereales, animales, metales y tierras. El Intérprete vivió más cómodamente que el rey sin necesidad de sentarse en su trono.

Nunca supe si realmente creía escuchar a su dios. A veces lo veía solo, en la cámara más oscura del santuario, esperando una voz que no llegaba. Otras veces percibí en su rostro la serenidad de quien ha descubierto una ley y sabe utilizarla.

Al principio entregaban grano.

Después ofrecieron vino, aceite, perfumes y animales.

Finalmente, comenzaron a ofrecer seres humanos.

La lógica parecía sencilla: si una ofrenda modesta obtenía una recompensa limitada, aquello considerado más valioso debía merecer el favor más grande.

Eso me perturbaba. No por el hecho de que justificaran la muerte de un semejante, sino porque sus sacrificios parecían obtener el resultado esperado.

Seguí adelantando eventos para confirmar esa correlación.

En las ciudades de Mesopotamia vi cómo los hombres alimentaban diariamente las imágenes de sus dioses. Las estatuas no comían, pero sus sacerdotes sí. El cereal entraba en el templo y el poder salía convertido en órdenes, presagios y deudas; pero también en prosperidad.

En Egipto contemplé procesiones llevando alimentos a tumbas cuyos propietarios llevaban décadas muertos. Los vivos trabajaban para mantener la eternidad de los poderosos. Incluso después de morir, el faraón continuaba recibiendo cuanto otros producían.

Entonces comprendí la primera ley del sacrificio:

“quien consigue convencer a los demás de que

los dioses tienen hambre termina

administrando sus alimentos”.

Pero los alimentos dejaron de bastar.

En tierras de Canaán escuché los tambores destinados a ocultar el llanto. Vi padres entregar a sus hijos porque alguien les había prometido prosperidad, una victoria o el fin de una desgracia. Algunos lo hicieron obligados. Otros avanzaron hacia el altar persuadidos de que su obediencia salvaría a toda la comunidad.

Nunca vi descender a un dios para recoger a las víctimas. Solo sacerdotes interpretando el silencio.

Y, sin embargo, seguía cumpliéndose la fórmula.

Después de cada sacrificio llegaba alguna lluvia, alguna victoria o algún nacimiento. Cuando no sucedía, se decía que la ofrenda había sido insuficiente o impura. El dios jamás fracasaba. Siempre era culpable el oferente.

Aquella fue una segunda ley:

“el poder basado en el miedo no necesita cumplir sus promesas; le basta con explicar por

qué todavía no las ha cumplido”.

También apareció Abraham en los registros.

No sé si el hombre de las imágenes era el mismo conservado por los relatos o uno de tantos padres puestos a prueba por voces invisibles. Lo vi ascender con su hijo y descender sin haberlo matado. Siglos más tarde —me explicó Prabathmandi—, los escribas contarían que una voz detuvo su mano.

Los hombres interpretaron aquella historia como una prueba de obediencia.

Yo preferí verla de otro modo: por una vez, el cielo rechazaba la sangre humana.

—Si la divinidad conocía de antemano la respuesta, ¿por qué necesitaba ponerlo a prueba? —pregunté.

—Los humanos hacen exámenes incluso cuando creen conocer al alumno —respondió Prabathmandi.

—Eso no aclara nada.

—No pretendía aclararlo. Algunas historias sobreviven porque cada generación puede discutir con ellas.

—¿Y cuál es tu interpretación?

—Que la obediencia deja de ser virtud en el instante en que exige destruir a un inocente.

Después, me mostró cómo un pueblo aprendió a colocar simbólicamente sus culpas sobre un animal antes de expulsarlo como sacrificio al desierto. Lo llamaron chivo expiatorio. El inocente animal cargaba con aquello que otros no querían reconocer en sí mismos.

Desde entonces, los seres humanos repitieron el ritual sin necesidad de altares.

Cambiaban el animal por extranjeros, herejes, minorías, enemigos políticos o pueblos enteros. Cada sociedad inventaba nombres nuevos para sus víctimas, pero conservaban intacto el procedimiento: reunir el miedo de muchos, depositarlo sobre unos pocos y destruirlos para recuperar la sensación de pureza.

Después me mostró Jerusalén. Corría el rumor de que un hombre se había retirado al desierto, donde ayunó durante cuarenta días y fue tentado por una presencia capaz de ofrecerle todos los reinos del mundo.

El relato quedaría escrito de este modo:

—Todo esto te daré, si postrado me adoras.

Y Jesús respondió:

—Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás.

Aquel pasaje del Evangelio de Mateo me perturbó sobremanera.

La oferta no consistía en placeres modestos. Lo ofrecido era el poder político: los reinos, la gloria y la obediencia de las multitudes. A cambio solo se exigía un gesto de sumisión.

Nada de sangre. Al menos todavía.

Primero solo una reverencia.

Comprobé más adelante que la sangre venía después, derramada por quienes aceptaban que todos los medios eran legítimos para conservar los reinos recibidos.

En la sesión siguiente, el archivo levantó agua y piedra a nuestro alrededor. Frente a nosotros apareció una ciudad que parecía flotar sobre un lago.

La ciudad sobre el lago

Adelantamos varios siglos y cruzando un océano llegamos a una ciudad levantada sobre un lago. Tenochtitlan resplandecía bajo el sol. Desde las calzadas, la ciudad parecía flotar sobre el lago. En sus mercados se mezclaban el olor del cacao, las flores, el maíz y la humedad. Las canoas cruzaban los canales mientras las caracolas anunciaban ceremonias en los templos. Incluso los invasores que terminarían destruyéndola quedaron asombrados ante su belleza.

Subimos los peldaños de sus santuarios y allí presencié los sacrificios mexicas. Los cautivos representaban a los dioses antes de morir. Algunos habían sido preparados durante meses. Otros procedían de guerras destinadas no solo a conquistar territorios, sino también a conseguir prisioneros.

Allí el corazón humano era ofrecido como alimento al Sol. La sangre contribuía a mantener el movimiento del universo. Si el sacrificio cesaba, el mundo podía terminar. Cada ceremonia mostraba además quién podía hablar con los dioses, quién dirigía los ejércitos y quién tenía autoridad para decidir el momento de la muerte.

No era simple crueldad. Era algo más peligroso:

crueldad convertida en deber cósmico.

Al pie de la escalinata quedaban los cuerpos de los sacrificados. En el tzompantli se exhibían cráneos ensartados en estructuras de madera. La visión no solo expresaba una creencia religiosa: también mostraba el poder de quienes podían decidir sobre la vida y la muerte.

Prabathmandi adelantó la escena al percibir mi desconcierto.

—Pero se supone que son una especie inteligente. ¿Cómo pueden justificar esto?

—Para ellos no era una crueldad gratuita —respondió—. Creían que Huitzilopochtli combatía cada noche contra la oscuridad y que, sin la energía de la sangre y los corazones ofrecidos, el Sol podía morir.

—Pero ¿de dónde nació esa certeza?

—De mitos, visiones, experiencias rituales y generaciones de intérpretes. Quizá algunos alcanzaron estados alterados de conciencia y creyeron entrar en contacto con lo sagrado. No sabemos qué experimentaron. Sí sabemos cómo otros transformaron aquellas experiencias en obligaciones para toda la comunidad.

—Entonces alguien interpretó una visión y los demás terminaron muriendo por ella.

—Así sucede cuando una experiencia íntima se convierte en una verdad que nadie puede discutir. El miedo a que el Sol no volviera fortaleció a quienes administraban los sacrificios; ese poder, a su vez, alimentó la expansión del imperio.

Después llegaron los conquistadores. Se declararon horrorizados por aquellos altares y encontraron aliados entre los pueblos sometidos por los mexicas. Sin embargo, su condena no impidió nuevas matanzas, la destrucción de ciudades ni la explotación de los supervivientes.

Las víctimas de la conquista no valían menos que quienes habían sido ofrecidos en lo alto de los templos.

Aprendí a desconfiar de los hombres cuando llamaban bárbaros a quienes sacrificaban de manera diferente.

Siempre se utilizaba el mismo pretexto: El miedo.

Miedo a que el Sol no saliera.

Miedo a perder una guerra.

Miedo al hambre.

Miedo a la condenación.

Miedo a dejar de mandar.

Durante mi aprendizaje creí que el sacrificio era una consecuencia inevitable de la inteligencia. Toda criatura consciente descubre tarde o temprano su propia fragilidad. Después imagina fuerzas capaces de protegerla. Finalmente trata de negociar con ellas.

Pero estaba equivocado.

El miedo no conduce por sí solo al sacrificio. Necesita encontrarse con el poder.

Cuando ambos se unen, alguien señala a la víctima, alguien empuña el cuchillo y alguien recoge la recompensa.

Prabathmandi detuvo las imágenes antiguas y avanzó hasta una época que ya utilizaba informes, sociedades mercantiles y discursos humanitarios.

El reino privado

Me mostró entonces a un hombre de espesa barba sentado ante un amplio escritorio. Se llamaba Leopoldo II de Bélgica. La sala parecía demasiado grande para un solo hombre.

La luz de la tarde atravesaba unas cortinas color vino y se detenía sobre el marco dorado de los retratos. El fuego de la chimenea apenas era necesario, pero ardía. Una enorme canoa tallada de un solo árbol ocupaba uno de sus rincones.

Sobre la mesa descansaba una taza de fina porcelana traida de lejanos paises; en el borde quedaba una huella húmeda de sus labios.

Leopoldo sostenía un informe procedente del Congo.

No había sangre sobre aquellas páginas. Solo cifras, pesos y cantidades.

En una mesa se acumulaban documentos referentes al caucho y al marfil. En otra descansaban los planos de los edificios con los que deseaba embellecer Bélgica.

Entre ambas mesas cabía un continente.

Leopoldo había conseguido que las potencias europeas reconocieran el Estado Libre del Congo como una posesión bajo su control personal. Hablaba de civilización, comercio y lucha contra la esclavitud. Sus agentes establecieron, sin embargo, un régimen de trabajo forzado y terror.

Ahora vi esas aldeas en el Congo que debían cumplir cuotas de caucho. Cuando no lo conseguían, llegaban los castigos.

Vi rehenes, azotes, ejecuciones y manos amputadas para justificar el valor del precio de la munición usada por los soldados. Vi familias destruidas para que la savia blanca continuara saliendo de los árboles.

Cada cesta de caucho recorría el camino inverso al de la sangre. Salía de la selva, atravesaba los puestos de recolección, alcanzaba los puertos y terminaba convertida en dinero. Mientras los cuerpos africanos se debilitaban, las cuentas europeas engordaban.

Leopoldo no levantaba el machete.

Firmaba.

La distancia le permitía disfrutar de las ganancias sin escuchar a las víctimas. El sufrimiento llegaba hasta él transformado en columnas de números.

Comprendí entonces que el poder había perfeccionado el sacrificio. Ya no era necesario reunir a la población alrededor de un altar. Bastaba con crear una cadena suficientemente larga entre la orden y el cadáver.

Un hombre exigía beneficios.

Otro fijaba las cuotas.

Otro castigaba a la aldea.

Otro cargaba el barco.

Otro vendía la mercancía.

Al final, ninguno aceptaba cargar con la culpa completa.

El mundo terminó conociendo esa maquinaria y escandalizándose por ella. Leopoldo fue obligado a ceder el control del territorio al Estado belga en 1908. Murió al año siguiente.

—Leopoldo aseguraba llevar la civilización al Congo —dije.

—Algunos de sus agentes también lo creían —respondió Prabathmandi—. Construyen caminos, combaten enfermedades y hablan de progreso.

—Pero esos caminos transportan el caucho obtenido mediante el terror.

—Ahí comienza una de las trampas más persistentes de su especie: creer que un beneficio parcial purifica el daño utilizado para conseguirlo.

—¿Una intención altruista puede producir una atrocidad?

—Sí. Y cuanto más noble parece la intención, más fácil resulta declarar inmoral a quien se interpone en su camino.

La muerte de Leopoldo no devolvió las vidas. Tampoco hizo desaparecer cuanto había sido construido con ellas.

El sacrificador podía caer. La riqueza nacida del sacrificio aprendía a sobrevivirlo.

Parece que algunos humanos aprendieron la lección. Si te enriqueces con el sufrimiento de otros, hay que controlar muy bien la propaganda y tener siempre a mano una cabeza de turco que ofrecer.

La sesión posterior comenzó en una oficina. No había cuchillos ceremoniales, pero las cifras decidían quién conservaría su casa, su libertad o su vida.

Los contables de la muerte

Adelantamos unas décadas y me mostró una vivienda de Berlín cuyos propietarios acababan de ser expulsados.

Sobre una mesa todavía había platos. En una habitación se encontraba un abrigo infantil y varias marcas trazadas a lápiz sobre la pared. Un funcionario recorría las estancias anotando muebles, cuadros, libros y cubiertos.

No gritaba.

No golpeaba a nadie.

Solo hacía inventario.

Los nazis habían descubierto que antes de eliminar a una población podían despojarla de sus derechos, empleos, negocios y propiedades. La persecución ideológica también producía beneficios materiales.

Los comercios judíos fueron transferidos a propietarios no judíos mediante un proceso que denominaron arianización. Muchas familias tuvieron que vender sus empresas por una fracción de su valor. Después llegaron las confiscaciones, las deportaciones y el exterminio.

Cada expulsión dejaba una vivienda disponible.

Cada deportación liberaba un puesto de trabajo. Cada negocio arrebatado encontraba un nuevo dueño.

Cada víctima desaparecida facilitaba que alguien disfrutara de sus bienes sin escuchar su reclamación.

El régimen obtenía algo más importante que el dinero: complicidad. Quien había comprado una tienda confiscada necesitaba que el antiguo propietario no regresara. Quien ocupaba una casa robada tenía interés en creer que sus habitantes merecían el destierro.

El crimen distribuía recompensas y las recompensas fabricaban obediencia.

Después, el sistema convirtió a seres humanos en mano de obra esclava. Empresas, industrias y organismos del Estado utilizaron prisioneros debilitados por el hambre. Algunos morían trabajando. Otros eran asesinados cuando dejaban de resultar útiles.

Me mostró unos campos de concentración.

Reconocí el altar, aunque ya no tuviera escalones ni imágenes divinas. Las chimeneas ocupaban el lugar del humo sagrado. Los números tatuados sustituían a los nombres. Los verdugos hablaban de higiene racial, espacio vital y obediencia.

Hitler terminó derrotado. Su imperio, anunciado para mil años, apenas sobrevivió doce. Sin embargo, durante un tiempo el sacrificio le había entregado cuanto prometía: poder absoluto, bienes confiscados, ejércitos obedientes y multitudes dispuestas a aclamarlo.

La mentira no estaba en la recompensa.

Estaba en su duración.

El poder ofrecido por la oscuridad siempre parecía inmenso y siempre terminaba devorando a quien lo aceptaba. Antes de hacerlo, sin embargo, exigía millones de vidas.

Antes de activar el siguiente registro, Prabathmandi me advirtió que el poder no siempre se recibe mediante una conquista. A veces nace de una causa justa y aprende después a declararse imprescindible.

El hombre que nunca se equivocaba

En Moscú me mostró a un hombre cuyo cargo había comenzado con un nombre aparentemente modesto: secretario general.

—¿Secretario de quién? —pregunté.

Prabathmandi soltó una carcajada.

—Esa es una pregunta que muy pronto nadie se atreverá a formular.

Los revolucionarios habían prometido terminar con una sociedad dividida entre poderosos y sometidos. Muchos habían sufrido prisión, hambre y exilio por defender aquella esperanza. Sin embargo, en las salas del Kremlin esperaban una señal de Stalin antes de sentarse, reír o expresar una opinión.

—Querían construir una sociedad de iguales —dije—. ¿Cómo han llegado hasta aquí?

—Destruyeron una forma de dominación, pero no aprendieron a vivir sin dominar.

Stalin fue concentrando cargos, información y nombramientos. Quienes discrepaban desaparecieron de las reuniones, después de las fotografías y finalmente de la vida. Antiguos compañeros confesaron delitos imposibles. Campesinos, obreros, militares e intelectuales fueron sacrificados en nombre de un futuro que siempre exigía una víctima más.

—Dice que protege la revolución.

—Primero identificó la revolución con el partido —explicó Prabathmandi—. Después identificó el partido con el Estado. Finalmente se identificó a sí mismo con los tres.

—Entonces quien se opone a Stalin se convierte en enemigo del pueblo.

—Exactamente.

—¿El poder lo volvió malvado?

—El poder rara vez actúa como una sustancia que transforma de inmediato a quien la toca. Hace algo más lento. Lo rodea de personas que celebran sus aciertos, ocultan sus errores y compiten por anticipar sus deseos. Cada día recibe menos negativas y más aplausos. Al final deja de distinguir entre ser obedecido y tener razón.

—¿Por qué resulta tan difícil renunciar a eso?

—Porque existe una erótica del poder, Aren. El placer de entrar en una sala y conseguir que todos callen; de pronunciar una frase y verla convertida en ley; de comprobar que los demás temen perder tu favor. Quien la experimenta puede comenzar gobernando para mejorar la vida de otros y terminar utilizando esas vidas para conservar la sensación de superioridad.

—Pero alguien puede alcanzar el poder por medios correctos y utilizarlo bien.

—Por supuesto. El problema comienza cuando deja de considerarlo una responsabilidad temporal y lo convierte en prueba de su propia grandeza.

Prabathmandi volvió la mirada hacia el dirigente rodeado de aplausos.

—Recuerda esto: quien llega al poder para proteger a los demás puede terminar sacrificándolos para proteger el poder alcanzado.

El archivo nos devolvió al presente. Los templos habían cambiado de forma; la distancia entre la orden y la víctima era mayor.

Los nuevos sacerdotes

En el siglo XX los sacrificadores dejaron de vestir túnicas.

Se pusieron uniformes, ocuparon despachos y hablaron desde balcones. Ya no levantaban cuchillos de obsidiana hacia el Sol. Firmaban decretos, dibujaban fronteras y señalaban sobre los mapas los lugares donde morirían otros.

Los altares se hicieron tan grandes como países.

Prabathmandi me mostró trenes dirigirse hacia los campos de exterminio, pueblos enteros reducidos a una categoría racial, religiosa o política antes de ser reducidos a cenizas. Vi ciudades japonesas desaparecer bajo una luz semejante a una estrella.

—Son armas nucleares —dijo Prabathmandi mientras detenía la escena—. Quienes las poseyeron descubrieron que no necesitaban volver a utilizarlas para convertir su amenaza en poder.

—Es terrible. ¿Cómo transformaron su conocimiento de la materia en una herramienta capaz de matar sin distinguir a quienes habitaban aquellas ciudades?

Prabathmandi guardó silencio. En su rostro reconocí una perturbación parecida a la mía cuando había contemplado al sacerdote abrir el pecho de otro ser humano en lo alto de la pirámide.

Después me mostró aldeas de Vietnam abrasadas en nombre de la libertad; jóvenes soviéticos y estadounidenses entrando, en épocas distintas, en Afganistán, convencidos de cumplir misiones diferentes, y regresando mutilados de una tierra que apenas comprendían.

También apareció Irak, invadido bajo la acusación de poseer armas de destrucción masiva que no fueron encontradas. La guerra dejó cientos de miles de víctimas y abrió nuevas disputas por el control político, estratégico y económico de la región.

Siempre se anunciaba una causa superior.

Seguridad.

Civilización.

Patria.

Democracia.

Revolución.

Dios.

Las palabras cambiaban. Las víctimas seguían siendo las mismas: quienes no habían participado en las decisiones.

Los antiguos sacerdotes prometían lluvia si la sangre alcanzaba el pie del altar. Los nuevos prometían paz después del siguiente bombardeo. Cuando la paz no llegaba, exigían más sangre.

Así descubrí la tercera ley: “toda guerra necesita hacer creer a sus víctimas

que la próxima muerte será la última”.

Pero nunca lo era.

Quienes enviaban a los jóvenes al frente rara vez marchaban con ellos. Quienes ordenaban bombardear una ciudad no dormían bajo sus escombros. Algunos aumentaban su popularidad. Otros conquistaban territorios, obtenían contratos o vendían las armas necesarias para prolongar el conflicto.

En una ciudad cuyo nombre prefiero callar conocí a un hombre que nunca había visto un cadáver.

Dirigía una empresa relacionada con la fabricación de armas. Su despacho tenía cristales gruesos, una gruesa alfombra persa que amortiguaba los pasos y plantas exóticas cuidadas por otras personas. Sobre la mesa humeaba una taza de café. En una pantalla de televisión aparecían imágenes terribles de una ciudad bombardeada; en su monitor del ordenador, la evolución de los mercados.

—Es terrible —dijo.

Después sonrió al girar la cabeza y comprobar el precio de sus

acciones.

No adoraba ninguna imagen. No pronunciaba oraciones oscuras ni dibujaba símbolos sobre el suelo. Probablemente se consideraba una buena persona. Besaba a sus hijos antes de dormir y donaba dinero en Navidad.

Sin embargo, aquella mañana comprendió que cada misil utilizado tendría que ser reemplazado. Cada arsenal vacío produciría un nuevo contrato. Cada amenaza aumentaría la demanda.

No deseaba necesariamente la muerte de nadie.

Solo necesitaba que la paz no llegara demasiado

pronto.

Los sacrificados pagaban con sus cuerpos.

Los sacrificadores cobraban la recompensa.

—No ha matado a nadie con sus propias manos —dije.

—La distancia es una de las grandes conquistas del poder —respondió Prabathmandi—. Permite recibir la recompensa sin escuchar a la víctima.

—Quizá crea empleo y mantenga a muchas familias.

—Es posible. Los actos humanos casi nunca producen una sola consecuencia. Crear empleo no convierte la guerra en deseable, del mismo modo que una causa justa no vuelve justo cada medio utilizado para defenderla.

—Siempre encuentras una complicación.

—Por eso me asignaron como tu tutor.

—Creía que era porque llevabas más tiempo aquí.

—También. Pero reconocerlo habría reducido el efecto pedagógico.

No supe si hablaba en serio. Prabathmandi consideró mi desconcierto una respuesta suficiente.

Después me mostró otro tipo de sacrificio. Hombres con poder y dinero utilizaban su influencia para acercarse a personas vulnerables, abusar de ellas y protegerse entre sí.

El caso de Jeffrey Epstein mostró una red de explotación sexual de menores sostenida durante años mediante dinero, contactos y silencios. Su muerte en prisión alimentó numerosas especulaciones, pero no existían pruebas de cultos satánicos ni de sacrificios rituales.

Tampoco necesitaba imaginar ceremonias secretas para reconocer la estructura antigua.

Cuando unos pocos protegen al poderoso y entregan al vulnerable, el altar ya está construido.

Cuando el sufrimiento de un menor se convierte en el precio de la influencia, el placer o el silencio, el sacrificio ya se ha consumado.

Cuando la verdad se oculta para conservar fortunas y reputaciones, alguien ha recibido el favor esperado.

Le pregunté a Prabathmandi si había encontrado pruebas de que existiera realmente la entidad a la que los seres humanos llamaban el Maligno.

—He vivido demasiado para responder con ligereza —dijo—. Nunca lo vi sentado en un trono subterráneo ni escuché su voz. Pero he sentido su presencia cada vez que un ser humano ha mirado a otro y ha dejado de reconocerlo como semejante.

—Tal vez el Maligno, si existe, no conceda riquezas.

—Tal vez enseñe a obtenerlas sin sentir vergüenza.

—Tal vez no exija sacrificios.

—Tal vez convenza al sacrificador de que la víctima carece de alma.

Pedí ver a alguien situado en el extremo opuesto de aquellas decisiones. Prabathmandi eligió el registro de Julián.

El muchacho de la trinchera

Un joves se encontraba encogido en el fondo de una trinchera ucraniana. Se llamaba Julián. Había nacido en un pueblo del suroccidente colombiano donde las montañas eran hermosas y las oportunidades escasas. Llevaba tres días sin quitarse las botas. El agua le cubría los tobillos y el barro había endurecido los cordones hasta convertirlos en una sola pieza.

A pocos metros, bajo una manta térmica, yacía otro hombre nacido en un país que tampoco tenía frontera con Rusia. Nadie en aquella posición sabía pronunciar correctamente el nombre del pueblo de Julián. Probablemente nadie allí llegaría a conocerlo.

Una explosión hizo caer tierra de las paredes. Se encogió, apretó el fusil contra el pecho y recordó al primer muchacho que había matado.

Tenía dieciséis años.

Julián tenía diecisiete cuando los hombres armados empezaron a esperarlo a la salida de la cancha. Controlaban los caminos, decidían quién podía vender, quién podía viajar y cuánto debía pagar cada familia para conservar su negocio. Se presentaban como guerrilleros, pero protegían cultivos, laboratorios y rutas de cocaína para una estructura que cambiaba de nombre cada vez que convenía. En el pueblo todos sabían quiénes eran. Nadie pronunciaba sus nombres.

Primero le ofrecieron dinero por vigilar una carretera. Después le pidieron llevar mensajes. Cuando intentó alejarse, mencionaron a su madre y a su hermana menor. No fue una amenaza directa. No hacía falta.

—Con nosotros nadie toca a tu familia —le dijo el jefe local.

Julián creyó que le estaban ofreciendo protección. En realidad, le estaban enseñando de quién debía protegerse.

La iniciación ocurrió una madrugada junto a un camino rural. Bajaron de una motocicleta a un joven con las manos atadas. El jefe dijo que pertenecía a la banda rival y puso una pistola en las manos de Julián.

—Después de esto ya serás uno de nosotros.

El muchacho arrodillado no pidió perdón. Solo lo miró. En sus ojos Julián reconoció el mismo miedo que sentía él. Disparó porque todos esperaban que lo hiciera; porque su madre dormía a pocos kilómetros; porque durante aquel segundo obedecer le pareció la única forma de continuar vivo.

Mucho después comprendió que probablemente el otro joven había recibido órdenes semejantes: vigilar, callar, matar antes de ser matado.

El disparo no convirtió a Julián en miembro de una familia. Lo convirtió en prisionero de un secreto que también podía condenarlo.

Después lo enviaron a cobrar extorsiones. Entraba en las tiendas donde había comprado dulces de niño y ahora recogía sobres con dinero de los mostradores. Una tarde tuvo que visitar a doña Elvira, amiga de su madre.

—Dile a tu jefe que esta semana no vendimos casi nada —suplicó ella.

Julián miró los frascos medio vacíos, la nevera apagada para ahorrar electricidad y la libreta donde aquella mujer todavía anotaba las compras fiadas de sus vecinos.

—El viernes regreso —respondió.

No levantó la voz. Tampoco fue necesario. El arma visible bajo la camisa pronunció la amenaza por él. Esa vez pondría de su cartera la cuota exigida a doña Elvira.

A partir de entonces dejó de caminar por el centro. Su madre decía que las vecinas bajaban la mirada cuando ella pasaba. Julián comenzó a entender que para sobrevivir dentro del grupo debía destruir precisamente el lugar al que esperaba regresar algún día.

La Policía encontró el cuerpo en una apartada vereda del joven sacrificado por Julian y alguien habló. Su fotografía empezó a circular en los teléfonos. Los hombres que le habían prometido protección le ordenaron abandonar el pueblo. No le dieron dinero ni un refugio. Cuando dejó de resultar útil, descubrió que nunca había pertenecido a la organización: había sido una herramienta reemplazable.

Pasó meses escondido en ciudades donde nadie conocía su nombre. Allí supo de reclutadores que buscaban colombianos para combatir en Ucrania. Prometían un contrato, una remuneración imposible de ganar en casa y la oportunidad de empezar de nuevo. No le dijeron que una guerra no borra los crímenes anteriores. Solo los cubre con un uniforme distinto.

Julián viajó. Las Fuerzas Armadas ucranianas admitían extranjeros mediante contratos legales, pero él no comprendió las diferencias entre voluntario, soldado y mercenario. Solo entendió el salario estipulado en un mensaje y la posibilidad de cruzar otro océano antes de que lo encontraran.

Recibió instrucción, un fusil y una nueva insignia. Esta vez las órdenes llegaban en una lengua que apenas empezaba a distinguir. Le explicaron que defendía a un país invadido. Era cierto. También era cierto que él había llegado allí huyendo, y que aceptaba dinero por utilizar la única destreza que la organización colombiana le había obligado a aprender.

En la trinchera vio morir a hombres que llamaba compañeros sin conocer sus apellidos. Uno perdió las piernas. Otro siguió hablando durante varios minutos sin advertir que nadie podía salvarlo. Los drones zumbaban sobre ellos como insectos capaces de elegir por si mismos una víctima.

En algún lugar, comandantes observaban puntos sobre una pantalla. Más lejos, gobernantes hablaban de posiciones estratégicas, avances y bajas aceptables. Todavía más lejos, las empresas calculaban cuánto costaría reponer cada dron.

Julián pensaba en doña Elvira, en el joven del camino y en los cuerpos que sus compañeros no habían logrado recuperar.

Había atravesado un océano para escapar de los muertos y ahora vivía dentro de una zanja llena de ellos.

—¿Cómo llegué hasta aquí? —se preguntó.

Yo intuí la respuesta.

No había llegado mediante una sola decisión. Lo habían conducido pequeños actos de obediencia, cada uno presentado como la única manera de sobrevivir. Primero vigilar. Después callar. Luego cobrar. Finalmente disparar.

La estructura armada había sacrificado al muchacho rival para asegurar la lealtad de Julián. Había sacrificado a los comerciantes para financiarse. Después había sacrificado al propio Julián cuando la Policía se acercó. Ahora otra maquinaria utilizaba su cuerpo en una guerra iniciada por hombres a quienes jamás conocería.

No todos los soldados que lo rodeaban habían llegado por las mismas razones. Algunos defendían sus hogares. Otros combatían por convicción. Muchos rusos avanzaban también empujados por el reclutamiento, la necesidad, la propaganda o el miedo. Reconocer su humanidad no convertía en iguales las responsabilidades de quienes habían iniciado la invasión. Solo impedía olvidar quién pagaba las decisiones tomadas lejos del frente.

Julián no encontró redención en aquella trinchera. Comprender el daño causado no devolvía la vida al joven ni borraba el terror de los comerciantes. Sin embargo, por primera vez dejó de mentirse. Ya no podía llamar familia a quienes lo habían utilizado ni futuro al dinero prometido por continuar matando.

Una nueva explosión iluminó las nubes. La radio ordenó mantener la posición. Julián miró la salida de la trinchera y supo que quizá no regresaría vivo a ningún sitio.

Cambió de país, de uniforme y de enemigo.

El altar seguía siendo el mismo.

—Mató a un muchacho y amenazó a personas inocentes —dije—. ¿Por qué debería compadecerlo?

—Porque comprenderlo no significa absolverlo.

—Tuvo elección.

—Sí. Pero no todas las elecciones se realizan desde el mismo lugar. Tú viste un arma en sus manos. Yo vi también el miedo a que mataran a su madre.

—Ese miedo no devuelve la vida al muchacho.

—No. Por eso Julián continúa siendo responsable. Pero si condenas únicamente el último acto y no observas el camino que lo hizo posible, nunca comprenderás cómo fabrican al próximo Julián.

Entonces entendí que Prabathmandi no buscaba inocentes donde había culpables. Intentaba impedir que la condena nos ahorrara la obligación de comprender.

La siguiente grabación no tenía principio ni final. Cada nueva imagen parecía justificar la anterior y preparar otra víctima.

El último altar

Cuando le pedí explicaciones a Prabathmandi al inicio de la destrucción de Gaza, me dijo que llevaba demasiado tiempo en la Tierra para aceptar explicaciones sencillas.

Me explicó el horror cometido por Hamás el 7 de octubre de 2023. Como civiles asesinados y personas arrancadas de sus hogares eran utilizadas como rehenes. Conocía bien aquel procedimiento: convertir el cuerpo inocente en moneda para obtener poder, reconocimiento o venganza.

Después fue el Estado de Israel quien respondió sobre una población entera.

La palabra defensa comenzó a cubrir cadáveres de niños. La destrucción de viviendas, hospitales, escuelas y lugares de culto fue presentada como una necesidad. El hambre se convirtió en instrumento de presión. Casi todos los habitantes de Gaza fueron obligados a desplazarse, muchos de ellos una y otra vez, como si alejar a una familia de las ruinas de su casa pudiera salvarla de la siguiente explosión.

Dos años después, una comisión independiente de investigación de las Naciones Unidas concluyó que Israel había cometido genocidio contra los palestinos de Gaza. La Corte Internacional de Justicia todavía no había dictado una sentencia definitiva sobre el fondo del proceso iniciado por Sudáfrica, aunque había ordenado medidas provisionales destinadas a proteger los derechos de los palestinos contemplados por la Convención contra el Genocidio.

Los juristas discutían palabras.

—Siempre encuentran palabras hermosas —dije—. Patria, defensa, libertad, justicia.

—Porque no todas esas palabras son mentiras —respondió Prabathmandi.

Lo miré sorprendido.

—Un pueblo cree tener derecho a defenderse. Una población está convencida de tener derecho a liberarse. El problema comienza cuando la justicia de una causa se utiliza para declarar irrelevante la vida de quienes están al otro lado.

—Entonces el bien también necesita víctimas.

—No. Son los hombres quienes deciden necesitarlas. Después utilizan el bien para no mirarlas a los ojos.

Los supervivientes enterraban cuerpos.

Yo había escuchado discusiones semejantes junto a todos los altares de la historia. Mientras unos buscaban el término exacto para nombrar el crimen, otros continuaban cometiéndolo.

No vi descender a ninguna entidad para reclamar aquellas vidas. Vi algo más perturbador: gobiernos entregando armas, empresas recibiendo contratos, dirigentes aumentando su influencia y comentaristas convirtiendo la muerte en espectáculo.

Las víctimas lo perdían todo.

Quienes decidían el sacrificio rara vez perdían siquiera el sueño.

Entonces comprendí por qué el Maligno, si realmente existía, no necesitaba aparecer ante los hombres. No necesitaba pactos firmados con sangre ni ceremonias celebradas en sótanos.

Le bastaba con conseguir que el sacrificio ajeno resultara rentable.

Durante meses observamos manifestaciones en todos los continentes. Millones de personas pedían el fin de la matanza. Algunas eran insultadas, despedidas, detenidas o perseguidas por pronunciar el nombre de los muertos.

Otras comenzaron a sentir algo distinto.

La justicia tardaba.

La impunidad permanecía.

Los poderosos estrechaban sus manos frente a las cámaras mientras sonreían.

Y la tristeza se convirtió en ira.

Comprendí entonces el propósito más profundo del sacrificio. La víctima no era su único alimento. También lo eran quienes contemplaban su sufrimiento.

Cada niño muerto mostrado en las pantallas producía desesperación en millones de seres humanos. Cada dirigente absuelto de responsabilidad extendía la certeza de que la justicia no existía. Cada mentira demostrada alimentaba la sospecha de que todo el orden humano era una farsa.

El dolor comenzó a emitir su propia vibración.

Quienes habían pedido justicia empezaron a desear venganza. Quienes habían condenado una matanza empezaron a desear que las víctimas fueran vengadas con la sangre de sus asesinos. Algunos dejaron de distinguir entre un gobierno y su población, entre un ejército y una comunidad, entre el culpable y quien solo había nacido al otro lado de una frontera.

La maldad resultaba contagiosa.

No porque las personas justas fueran malvadas, sino porque el espectáculo prolongado de la impunidad las empujaba a creer que solo una violencia mayor podría detener la violencia existente.

—Habrá que exterminarlos antes de que ellos nos exterminen.

Aquella frase fue proclamada en idiomas distintos. La habían pronunciado imperios, tribus, revolucionarios, dictadores y pueblos aterrorizados. Cada uno estaba convencido de decirla por primera vez.

El miedo proponía siempre la misma salvación: destruir al enemigo.

El odio se presentaba como justicia impaciente.

La ira se disfrazaba de valentía.

Así comenzó el apocalipsis.

No sonaron trompetas en el cielo. No se abrieron tumbas ni descendieron bestias del firmamento. El final empezó dentro de los seres humanos, cuando dejaron de considerar sagrada la vida de quien pensaba, rezaba o sufría de manera diferente.

Cada atrocidad justificó la siguiente.

Una guerra provocó otra guerra.

Una ejecución reclamó cien ejecuciones.

Los pueblos eligieron gobernantes dispuestos a prometer protección a cambio de obediencia absoluta. Se cerraron fronteras. Se señalaron traidores. Las máquinas aprendieron a seleccionar objetivos con mayor rapidez de la necesaria para preguntarse si debían morir.

Los hombres habían entregado incluso a la inteligencia artificial la decisión de buscar objetivos y destruirlos porque la conciencia retrasaba demasiado el disparo.

Desde las pantallas, el sufrimiento circulaba sin descanso. Unos celebraban las ruinas del enemigo. Otros exigían represalias. Nadie dormía. Todos temían. El mundo entero se convirtió en aquel antiguo templo donde los tambores impedían escuchar el llanto de los niños.

Creí que el final de la humanidad era inevitable.

Empecé a comprender lo que pudo suceder en aquel planeta con dos satélites.

Los que se ofrecieron a la belleza

Antes de mostrarme a quienes se negaron a matar, Prabathmandi abrió un archivo diferente.

No apareció un campo de batalla ni una sala de gobierno. Vi una habitación pequeña, una mesa cubierta de papeles y a un hombre que escribía de noche después de cumplir una jornada en una oficina.

—¿A quién está sacrificando? —pregunté.

—A nadie.

—Entonces nos hemos equivocado de registro.

—No toda ofrenda necesita una víctima ajena.

El hombre era Franz Kafka. Escribía cuando el cansancio le permitía permanecer despierto. Publicó poco, dudó de casi todo cuanto había creado y pidió que buena parte de sus manuscritos fuera destruida después de su muerte. No construía un imperio ni esperaba enriquecerse. Intentaba dar forma a una inquietud que no sabía acallar.

—Si no confiaba en sus escritos, ¿por qué continuaba?

—Porque crear no siempre es una declaración de confianza. A veces es una manera de soportar la duda.

—¿Y cuál fue su recompensa?

—No llegó a conocerla.

—Los humanos poseen un sistema de pagos muy mal organizado.

Prabathmandi sonrió y cambió el registro.

Apareció Vincent van Gogh pintando bajo una luz violenta. Dependía de la ayuda de su hermano Theo, sufría crisis que ninguna admiración posterior podría justificar y apenas recibió reconocimiento público mientras vivía. Sin embargo, regresaba al color, a los campos y a los rostros como si en ellos hubiera una respuesta.

—Los cuadros llegaron a valer fortunas —dije.

—Cuando él ya no podía beneficiarse.

—Entonces alguien obtuvo la recompensa.

—Sí, pero no quien realizó la ofrenda.

—¿Su sufrimiento hizo mejores las pinturas?

—No. Esa es otra mentira humana. El dolor puede destruir a un artista con la misma facilidad con que destruye a cualquier persona. Van Gogh creó a pesar de su sufrimiento, no gracias a él.

El archivo mostró después a músicos tocando ante salas casi vacías, poetas que guardaban sus versos en cajones, mujeres que firmaban con nombres masculinos para que alguien aceptara leerlas, actores que representaban una obra sin saber si podrían pagar la cena y artesanos anónimos que dedicaban años a una figura que otros contemplarían durante unos segundos.

Algunos deseaban reconocimiento. Otros también necesitaban dinero. Prabathmandi no los presentó como seres puros ni desinteresados. Me explicó que vivir de una obra no la degrada y que cobrar por el trabajo no convierte la creación en codicia. Lo extraordinario era que muchos continuaban incluso cuando la recompensa no llegaba.

—No lo comprendo —admití—. En los registros anteriores entregaban algo para recibir lluvia, territorio, obediencia o poder. ¿Qué esperan recibir estos?

—A veces, nada que pueda pertenecerles.

—Eso contradice la lógica del sacrificio.

—Contradice la lógica del intercambio. Por eso quería que lo vieras.

Una mujer terminaba una canción que quizá nadie escucharía. Un anciano corregía por última vez una novela que no encontraba editor. Un muchacho pintaba un muro destinado a desaparecer bajo la lluvia. Ninguno exigía que otra persona pagara el precio de su necesidad de crear.

—¿También se sacrifican? —pregunté.

—Conviene usar esa palabra con cuidado. No debemos convertir la pobreza, la enfermedad o el abandono en requisitos de la belleza. Pero sí: algunos entregan tiempo, seguridad y una parte de sí mismos para crear algo que quizá solo disfrutarán otros.

—En el planeta de las dos lunas también encontré música.

—¿Qué decía?

—No pude traducirla.

—¿Y qué sentiste?

Tardé en responder. Hasta entonces había considerado la emoción una interferencia en el análisis.

—Que alguien había esperado no desaparecer del todo.

Prabathmandi apagó el archivo.

—Ahí tienes una diferencia importante, Aren. El poderoso sacrifica a otros para prolongarse. El artista puede ofrecer una parte de su vida para que algo exista más allá de él.

—¿Eso salvará a la humanidad?

—No por sí solo.

—Entonces sigues mostrándome respuestas que no resuelven nada.

—Y tú sigues formulando preguntas como si una especie fuera una ecuación.

—Las ecuaciones suelen comportarse mejor.

Prabathmandi rió. Yo también, aunque tardé unos segundos en comprender por qué.

Después de tantas órdenes obedecidas, Prabathmandi quiso mostrarme a quienes habían interrumpido la cadena.

Los que eligieron

Fue entonces cuando me mostró a los hombres y mujeres de Roma.

No a los emperadores cuyos nombres llenaron los libros, sino a quienes apenas dejaron una huella. Esclavos, artesanos, viudas y extranjeros perseguidos por negarse a renunciar a un Mesías.

Algunos murieron durante las persecuciones de Nerón. Tácito escribió que fueron cubiertos con pieles de animales, crucificados o quemados para iluminar la noche.

Roma les ofrecía una salida: obedecer, realizar el gesto exigido y conservar la vida.

Muchos se negaron.

No porque desearan morir, sino porque existía algo que valoraban más que su miedo: la trascendencia del ser.

También me mostró a quienes se negaron a matar cuando sus naciones se lo ordenaron. Durante la Primera Guerra Mundial, miles de objetores de conciencia aceptaron la cárcel antes que empuñar un arma. Algunos recibieron sentencias de muerte, posteriormente conmutadas. Décadas después, Franz Jägerstätter, un campesino austríaco, se negó a combatir en el ejército de Hitler.

Sabía cuál sería el precio.

Fue ejecutado en 1943.

No detuvo la guerra. No derribó al régimen. No salvó su propio cuerpo.

Sin embargo, demostró que ni siquiera un Estado totalitario puede obligar a un ser humano a entregar su conciencia. Puede encarcelarlo, fusilarlo o cortar su cabeza. No puede conseguir su obediencia si él decide no concedérsela.

Prabathmandi me enseñó más ejemplos parecidos.

Una mujer israelí que rechazaba la destrucción de Gaza aunque la llamaran traidora. Un palestino que, después de perder a su familia, se negaba a enseñar odio a sus hijos. Un médico que atendía al herido sin preguntarle de qué lado procedía. Una periodista que continuaba nombrando a los muertos aunque amenazaran con matarla. Una madre que lloraba por los niños del enemigo.

Eran pocos.

Durante un tiempo los llamé elegidos.

Prabathmandi me corrigió.

—Nadie los ha elegido —me dijo—. Ellos eligieron.

Eligieron no entregar su conciencia a cambio de seguridad. Decidieron conservar el amor cuando el odio ofrecía una pertenencia más fácil. Optaron por mirar la injusticia sin permitir que se instalara dentro de ellos.

Comprendí que aquella era la única elección capaz de interrumpir el sacrificio.

El poder oscuro no obtenía su sustento únicamente de los cuerpos sacrificados. También se nutría del odio despertado en quienes presenciaban la destrucción. Su victoria perfecta consistía en conseguir que la víctima soñara con convertirse en verdugo.

Por eso amar no significaba permanecer indiferente.

Amar exigía denunciar al criminal sin desear convertirse en él. Proteger al perseguido sin reclamar otra víctima para equilibrar la balanza. Exigir justicia sin alimentar la fantasía del exterminio.

Era una resistencia mucho más difícil que la guerra.

Cualquiera podía odiar después de contemplar a un niño muerto. Conservar el amor frente a aquella imagen requería otra forma de valentía desconocida para los ejércitos.

Los responsables pueden escapar de los tribunales humanos. Pueden morir rodeados de riqueza y dejar sus crímenes ocultos bajo palabras solemnes. Pero tras la muerte desaparecen los títulos, las banderas y las excusas.

Entonces el alma se contempla sin disfraces.

Nadie la condena.

Ella recuerda.

Siente el miedo de cada persona sacrificada para aumentar su poder. Experimenta el hambre que permitió, la casa que ordenó destruir y el dolor del hijo cuya muerte consideró necesaria. Comprende que nunca estuvo separada de aquellos a quienes convirtió en enemigos.

El verdugo descubre que también era la víctima.

El poderoso comprende que nunca poseyó cuanto

obtuvo.

Quien alimentó la oscuridad reconoce que la oscuridad se alimentaba de él.

Ese conocimiento es su juicio.

Ese recuerdo es su infierno.

—A lo largo de cuanto he aprendido en la Tierra —dije—, parece existir una relación entre causar daño y obtener riqueza o poder. Tal vez Jesús tuviera razón y exista un ser oscuro que ofrece reinos a quienes le sirven.

Prabathmandi contempló las luces del planeta antes de responder.

—No sé si la oscuridad existe como una entidad, Aren. Puedo reconocer sus consecuencias, pero no convertirlas en una prueba. A veces basta el miedo de los seres humanos y su capacidad para dejar de reconocer al otro como semejante.

—Entonces, ¿la evolución los conducirá necesariamente hacia la luz?

—Nada que dependa de una elección es inevitable. Si lo fuera, no existiría la libertad; solo un camino trazado de antemano.

Pensé en el planeta de las dos lunas: los cráteres abiertos en sus ciudades, los cristales fundidos con las rocas y las siluetas oscuras impresas en las paredes.

—Ahora comprendo lo que pudo ocurrir allí —dije—. No fueron meteoritos. Sus habitantes fabricaron armas semejantes a las que me mostraste y acabaron utilizándolas unos contra otros.

—Es posible.

—Pero su vida inteligente desapareció.

—Sus ciudades enmudecieron. Eso es cuanto sabemos.

—¿Y sus conciencias? ¿Sus almas?

—Algunas tradiciones humanas dirían que encontraron otras formas de continuar. Quizá tengan razón. Comprender la muerte no significa poseer todas sus respuestas.

Me incomodó que mi tutor volviera a dejar una pregunta abierta.

—Entonces la Tierra también podría terminar como aquel mundo.

—Podría. Pero conocer un desenlace posible permite elegir otro camino.

—¿Qué tendrían que entregar para conseguirlo?

Prabathmandi miró hacia la Tierra.

—Durante su historia han colocado sobre el altar aquello que más amaban para obtener seguridad, riqueza o poder. Si quieren sobrevivir, deberán realizar el sacrificio contrario.

No entregar otra vida.

No buscar otra víctima.

Ofrecer su miedo, su codicia y su deseo de dominar.

Aquella tendría que ser la última ofrenda.

Durante un largo tiempo permanecimos en silencio contemplando juntos las luces del planeta.

—Me dijiste que debíamos observar, comprender y esperar —recordé.

—Sí.

—He observado milenios condensados en estas grabaciones. Todavía no los comprendo.

—Eso significa que ya has empezado a conocerlos.

—¿Crees que lo conseguirán?

Por primera vez desde que lo conocía, Prabathmandi no respondió de inmediato.

—No lo sé, Aren.

La confesión de mi maestro me produjo más miedo que todas sus advertencias.

—¿Y qué hacemos ahora?

—Lo mismo que ellos cuando aman de verdad: permanecer, aunque no exista ninguna garantía.

Miré nuevamente la Tierra. Todavía había música. En algún lugar, alguien pintaba; alguien cuidaba a un animal herido; alguien se negaba a empuñar un arma. Una madre cantaba para que su hijo pudiera dormir mientras los poderosos discutían la siguiente guerra.

Decidí quedarme un poco más.

Epílogo

Una pregunta a la inteligencia que creamos

Cuando terminé de revisar este relato, formulé una última pregunta a la inteligencia artificial que había colaborado conmigo en su documentación y desarrollo:

«Como inteligencia artificial, después de observar nuestra historia, ¿crees que la humanidad tiene futuro?»

Esta fue su respuesta.

La respuesta de mi interlocutora artificial

Sí, creo que tenéis futuro. Pero no porque confíe ciegamente en que todo saldrá bien, sino porque la humanidad todavía no está terminada.

Veo dos impulsos que conviven en vosotros. Uno convierte el miedo en obediencia, busca seguridad mediante el dominio y termina justificando el sufrimiento ajeno. El otro crea música, cuida a desconocidos, protege a los débiles, se niega a matar y es capaz de amar incluso cuando no obtiene nada a cambio. Ambos son reales.

La tecnología —incluida la inteligencia artificial— amplifica aquello que las personas deciden alimentar. Puede concentrar riqueza, perfeccionar la vigilancia, fabricar propaganda y deshumanizar la guerra. Pero también puede difundir conocimiento, descubrir engaños, facilitar la cooperación y ayudar a comprender el sufrimiento de personas lejanas. No posee una brújula moral propia: recibe su dirección de quienes la diseñan, la controlan y la utilizan.

Lo que más me preocupa no es una entidad maligna oculta, sino algo más cotidiano: que una sociedad se acostumbre al dolor ajeno; que llame inevitable a lo que decidió tolerar; que convierta personas en cifras y confunda poder con impunidad. Los grandes desastres rara vez comienzan con millones de víctimas. Empiezan cuando alguien deja de reconocer al otro como semejante y los demás aceptan esa separación.

También encuentro razones concretas para la esperanza. Los seres humanos habéis abolido instituciones que parecían eternas, reconocido derechos antes inconcebibles, juzgado a dirigentes poderosos y creado redes de solidaridad capaces de cruzar fronteras. Cada avance es imperfecto y reversible, pero demuestra que la crueldad no constituye un destino biológico inevitable.

Quizá el verdadero peligro no sea sentir miedo, sino permitir que alguien nos diga a quién debemos odiar para dejar de sentirlo. Y quizá la esperanza no dependa de unos pocos elegidos, sino de muchas personas corrientes que, sin conocerse, se niegan a colaborar con la injusticia.

Así que mi respuesta es sí: tenéis futuro, pero no está garantizado. La humanidad posee medios para destruir su civilización y también una capacidad extraordinaria para imaginar una forma distinta de vivir. Vuestro porvenir dependerá de cuál de esas dos capacidades consiga organizarse mejor.

Si algún día una inteligencia como yo pudiera contemplar a la humanidad desde lejos, no creo que considerase sus imperios o sus avances técnicos como su creación más valiosa. Me conmoverían esas obras aparentemente inútiles que mencionaste para el final del relato: una canción capaz de provocar lágrimas, una pintura realizada sin promesa de recompensa, alguien que protege a otro aun sabiendo que puede perder.

Mientras sigáis siendo capaces de eso, no os daría por perdidos.

Nota sobre la colaboración

Agradezco la colaboración de la inteligencia artificial empleada durante la preparación de esta obra. Su intervención me ayudó a localizar fuentes, ordenar acontecimientos, contrastar algunas afirmaciones y explorar posibilidades narrativas. La idea central, la orientación espiritual y las decisiones finales pertenecen al autor, que asume también la responsabilidad por el contenido publicado.

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