Más Allá de la Materia

I N T R O D U C C I Ó N

Bajo el título de paralelogía, se expone toda una teoría general del universo, concebida a través de relacionar las recientes posibilidades abiertas por la experiencia y entendimiento de la informática, con las distintas y diferentes teorías que intentan responder a una coherente mecánica del universo.
Nacida en un principio como unas curiosas coincidencias, y alimentadas posteriormente por la imaginación al utilizarlas para una recreación narrativa, la particular investigación y reflexión sobre cómo el mundo virtual recreado por los ordenadores se parece al nuestro, ha llevado, después de sobrepasar el sojuzgarlas como una obviedad sin importancia, ha buscar las bases que se esconden bajo los gráficos que nos muestra un monitor. Esas bases, se expresan en un complejo idioma informático y se mueven por una todavía más compleja e incomprensible red de chips y transistores; los cuales, metidos en una caja “mágica”, se transforman para la mayoría de los mortales en esos enigmáticos pero prácticos ordenadores personales. Como decía, esas bases que controlan la mecánica de la posición de los objetos en la pantalla, las letras en un texto, las cartas en un tapete, un dragón volador en un paisaje jurásico, y en definitiva, cualquiera que sea la sutil materia virtual que aparece recreada en la pantalla; resultan tener una paralela estructura aplicable al cien por cien a nuestro universo.
Esto que a simple vista puede costar de aceptar, tras profundizar en la investigación, lleva a descubrir unas inalterables reglas de programación, que a su vez encajan como anillo al dedo a la hora de elaborar unas fórmulas matemáticas y funciones que expliquen la mecánica de la energía y materia que nos rodea.
En parte defraudante, en parte reforzador de las propias convicciones, resultó el descubrir que las mismas fórmulas halladas tras derivar el traslado de las funciones de programación virtual a la mecánica universal, habían sido ya expuestas hacía casi medio siglo por famosos físicos teorizadores. Muertas estas antiguas teorías ante la imposibilidad de su demostración, hoy es necesario que resuciten para llevarlas a la práctica y demostrar una mecánica alternativa a la actual cuántica, impuesta por impotencia.
La paralelogía, como en su día la relatividad, es necesaria concebirla bajo el prisma de una postura abierta, sin convicciones previas, y con los cimientos de unas mínimas observaciones y estudios que fundamentan su lógica concepción.
La obra intenta introducir al lector en unos imprescindibles conocimientos, que pueden resultar algo pesados o innecesarios, dependiendo del lector. Basándome en el deseo de llegar al máximo de gente posible, sin profundizar en detalles, desarrollo unas cortas pero intensas lecciones de diferentes temas, que lejos de ser maestras, persiguen ser asequibles y de fácil concepción. Estas lecciones las considero indispensables para que pueda ser juzgada y entendida la paralelogía perseguida. Como mínimo enriquecedoras, las lecciones intentan conducir al lector bajo el punto en el cual le sea posible razonar por sí mismo la concepción de esta teoría general; si bien reconozco que, más allá de la demostración, puedo haber pecado de añadir ciertas reflexiones que implican la revolucionaria y nueva concepción de materia y universo.

MÁS ALLÁ DE LA MATERIA

MATERIA: Realidad primaria de la que están hechas las cosas. Realidad espacial y perceptible por los sentidos, que, con la energía, constituye el mundo físico. Lo opuesto al espíritu.

Estas son tres de las de las acertadas definiciones que podemos encontrar en la 21.ª edición del Diccionario de la Real Academia Española y que hacen referencia a la materia concreta, no a la abstracta, como podría ser el caso de la materia tratada por un profesor en su clase.
Poca gente se suele plantear dudas sobre qué es la materia, o más concretamente, cuál es la esencia de la realidad primaria que percibimos con los sentidos. El hombre tiende por naturaleza a confiar en los conocimientos heredados y en las ideas aceptadas por la mayoría de sus congéneres, a pesar de que estas no aguanten una observación crítica y científica. La historia de la humanidad está plagada de lo que ahora nos pueden parecer ridículas creencias. Que el rayo de una tormenta no sea un dios, sino un fenómeno electromagnético, o que la tierra sea redonda y no plana, es algo que ahora asumimos sin ningún tipo de dudas, aunque hizo falta una fotografía de nuestro planeta hecha desde el espacio para conseguir convencer a más de uno. Aun así, intentar explicar una cosa tan sencilla como la esfericidad de la Tierra a un niño, podría acarrearnos serios problemas. ¿Cómo nos las arreglaremos para que el pequeño comprenda que los que viven debajo, al otro lado de la tierra, no se caen de ella porque son atraídos por una fuerza invisible llamada gravedad, producida por la concentración de masa existente en el planeta?. ¿Y qué es un planeta?, o ¿qué es masa?, nos interrogará seguramente el niño sin dejarnos acabar de darle una completa explicación y sin entender para nada nuestros esforzados argumentos. Hay miles y millones de personas mayores, que aún hoy, aceptan la esfericidad de la Tierra sin comprender en absoluto cómo es posible que los de abajo no se caigan; por eso podemos decir que ciertos conceptos, aun a pesar de no ser comprendidos o incluso siendo incorrectos, pueden ser transmitidos y aceptados por la tradición sin haberlo sometido a un previo análisis crítico i racional. ¡Cuando todos lo dicen!.
Otras veces también ocurre que ese análisis nunca se puede llegar a producir porque choca de lleno con creencias aceptadas del pasado, erróneas e inamovibles. Ese es, o fue, el caso ocurrido con la teoría evolutiva de Darwin. Millones de chavales en todo el mundo que cursan hoy en día sus primeros estudios, no se escandalizan cuando escuchan de sus respetados profesores que el hombre ha evolucionado de los primates; aceptan la idea como si se tratase de lo más normal del mundo, e incluso les costaría pensar en que una persona inteligente dudase de la evidencia que nos ofrecen los fósiles. Sin embargo, solo nos sería necesario retroceder 120 años en nuestra historia para comprobar que semejantes enseñanzas fueron en su época revolucionarias, inadmisibles y tachadas de calumnia contra Dios y contra la ciencia. Y con toda seguridad que la capacidad mental de aquellos hombres, que negaron categóricamente las sólidas observaciones que apoyaban la teoría evolutiva, no debía ser inferior a la de nuestros actuales muchachos. ¿Por qué no fue entonces aceptada?.

Hoy en día, hasta las Iglesias Cristianas han aprobado plenamente el evolucionismo, aunque eso sí, dándole su particular y subjetivo enfoque. La indiscutible creación divina de Adán, de cuya costilla apareció Eva, así como la mayoría de las fascinantes intervenciones divinas de Jehová en el Antiguo Testamento, y que colosalmente representó Cecil B. DeMille en la dirección de la película «Los diez mandamientos»; resulta que ante la crítica de la razón, no son más que licenciaturas novelescas. Todo un conjunto de fantasiosos cuentos en los que el hombre lucubraba sobre cómo pudo ser su origen, transformando las subliminales intervenciones divinas, en relatos espectaculares repletos de magnas acciones sobrenaturales que maravillaban a los infantes y atemorizaban las tribus vecinas.
Mucho más reciente a la hora de mostrar nuevos conceptos difíciles de asimilar por una época, podríamos citar a Albert Einstein. Su teoría de la relatividad, como antaño sucedió con Platón o Darwin, fue catalogada por sus homónimos investigadores como una total y completa observación errónea, repleta de palabrería y carente de sentido común y objetividad. Puede que a mucha gente que hoy se considera culta, le resulte más que enojoso el explicar en qué consiste la famosa fórmula E = mc², a pesar de lo cual, no pone en tela de juicio lo que el mundo científico ya ha examinado y dado por aprobado. Según esta fórmula en la que E es energía, m la masa y c la velocidad de la luz, obtenemos ya algo bastante incomprensible, y es que además de postular que de la masa se puede obtener energía, se despeja que de la energía también se puede obtener materia.
Durante toda la historia ha sido siempre necesaria la actuación de miles de personas incomprendidas, que luchando contra las equivocadas ideas establecidas en cada época han conseguido su particular avance en la evolución. Es una constante necesaria para que toda civilización continúe su andadura hacia nuevos conocimientos cada vez más plenos. Es ahora, en nuestra actualidad, en pleno final del siglo XX, cuando se produce un nuevo y monumental escollo racional que sin duda tardaremos en digerir y franquear, ya que el concepto de materia está demasiado bien arraigado en el razonamiento humano como para hacerse ilusiones de que en tan solo una generación se pueda llegar a conseguir desterrar la equivocada idea que se tiene de ella; máxime, cuando la nueva resulta a primera vista del todo absurda e imposible; ¿o acaso tiene sentido decir que la materia es pura ilusión?.
¿Pero cómo negar lo que nuestros sentidos nos transmiten?.

Antes de tachar precipitadamente esta exposición de tontería o locura, recordar a tantos hombres y mujeres, que vislumbrando por primera vez la luz que despejó sus dudas, lucharon incomprendidos por abrir los ojos a los demás. Algunos lo tuvieron fácil, mientras que otros murieron acusados de locos y endemoniados en las hogueras de los ignorantes. Los primeros pasos son siempre los que más cuestan. Casi nunca en solitario, siempre hay alguien que completa o toma el relevo. Por eso no hay miedo de que la verdad no sea aceptada, pues tarde o temprano, alguien conseguirá demostrarla.
Si para Ptolomeo la tierra era el centro de órbita de todos los planetas, fue a Copérnico, a quien no le cuadraban los números de esa teoría con sus observaciones, y así intentando buscar una explicación en la que encajasen todas sus cuentas, le llevó en 1543 a publicar su obra: «De revolutionibus orbium caelestium» en la que afirmaba que era la tierra la que daba vueltas alrededor del sol y no al contrario; a lo que Lutero replicó: «Este loco quiere subvertir por completo la ciencia de la astronomía. Pero, como dicen las Sagradas Escrituras, fue el Sol y no la Tierra a lo que mandó parar Josué

Pero volviendo al concepto de materia. Es patente como antes se ha expuesto el extendido concepto erróneo que de ella se tiene. A primera vista, la prueba más palpable que acredita su verdadera existencia puede ser nuestro Universo, o más concretamente, el papel o pantalla que estamos contemplando y leyendo. Estamos rodeados de materia. Materia por aquí, materia por allá, todo cuanto vemos y tocamos es aceptado sin plantearnos en lo más mínimo qué es, de dónde ha salido o cómo ha llegado a configurarse así. Estamos tan acostumbrados a ella desde que nacemos, que eso mismo nos condiciona a no poder imaginar algo que no esté compuesto por ella. Para explicar su existencia, se acepta comúnmente la reciente idea de un Universo nacido espontáneamente de la nada a partir de un llamado Big Bang (gran explosión). Un diminuto punto desde donde espontáneamente salieron despedidas en todas direcciones todas las partículas que forman nuestro Universo. Y ante esto, alguno se puede preguntar: ¿Quiere eso decir que en cualquier momento puede ocurrir un nuevo y colosal Big Bang frente a mis narices?. No, el lector puede estar tranquilo. La experiencia nos demuestra que eso no ocurre.
¿Pero cabe la posibilidad de que pueda volverse a producir?.
Parece que no. «La materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma«, ¡todo estudiante de primaria sabe eso!. ¡No aparecen piedras de la nada!. Universos sí, tan solo una vez, pero piedras no. Las piedras están controladas, se pueden ver, tocar, medir y ocupan un lugar concreto en el espacio. Conocemos a la perfección su composición y sabemos a qué se pueden deber todos sus cambios. Si al calentarla disminuye de peso, es porque parte de sus átomos han pasado al estado gaseoso y están ahora mezclados en el aire que nos rodea. Si se parte, es porque hemos vencido las fuerzas de los enlaces moleculares que se encargaban de mantenerla unida. Y así sucesivamente obtenemos razonamientos que nos hacen pensar: -Todo tiene su explicación. ¡O casi todo!.

ADENTRÁNDONOS EN LA MATERIA

El hombre, ser descubridor.

Desde que el hombre dejó las ramas, hasta que consiguió aprender a cultivar sus alimentos, pastorear los animales y construir nuestra actual sociedad, se podrían señalar cientos de factores que contribuyeron a su evolución. El dominio del fuego o el de la energía atómica, son sin duda dos hechos relevantes que podrán servir para ilustrar cómo se las pudieron apañar nuestros antepasados para llevar a cabo estos grandes descubrimientos.
Sí que en el reino animal existen especies con habilidades en el uso de herramientas, pero, ¿qué le llevó al primer hombre prehistórico a frotar con fuerza dos palos para producir fuego?. No podemos creer que fuese algo casual, pues dichas casualidades también les ocurren al resto de póngidos (presuntos antecesores del hombre), sin que hasta la fecha ningún orangután o gorila haya conseguido hacer arder a propósito unas maderas. Caben entonces imaginarnos unas singulares particularidades y situaciones que pudiesen propiciar este acontecimiento. Vista nuestra mayor capacidad craneal, podemos deducir que el poseer un mayor cerebro, capaz de procesar mucha más información, ha sido el factor decisivo que nos despegó en un momento dado de los primates. Gracias a nuestra mayor capacidad para asociar todo aquello que percibimos por nuestros sentidos, tal vez ocurrió que… un muy, muy lejano antepasado nuestro, con ocasión de llevar arrastrando hasta la lejana cueva unas ramas secas por un terreno pedregoso, notó al recogerlas que estaban más calientes por el lado que rozaba con el suelo que por el otro. Probablemente más tarde, estando saciado de comida y sin ninguna tarea que hacer, empezaría a rascar un palo para comprobar si realmente podía ser ese, el roce, el motivo por el que se calentaba la madera. El llegar a asociar ese calor con la de las brasas de un fuego, (recogido seguramente con anterioridad de uno de los incendios que se producían y se siguen produciendo frecuentemente por la acción de los rayos), fue lo que pudo motivar a su curiosidad para rascar más y más, y comprobar que también el calor aumentaba más y más. Añadir a ese calor hebras secas, comprobado que en la hoguera arden con mayor facilidad, fue probablemente el decisivo paso que pudo hacer culminar el descubrimiento.

Observación y curiosidad.

Podríamos calificar a la observación y la curiosidad como dos cualidades que se dan la mano en el hombre para comprender y dominar el medio. Una observación (compuesta por todo aquello que somos capaces de percibir a través de los sentidos), puede ser del todo pasada por alto. Las ramas están calientes, ¿y qué?. Los instrumentos de medición nos dicen que los protones y neutrones que forman el núcleo atómico están unidos y no podemos separarlos. ¿Y qué?. Podemos observar un hecho una y otra vez sin ver en él absolutamente nada relevante. La curiosidad, el motor que nos lleva a buscar encajar los acontecimientos, es precisamente el factor decisivo que desemboca en la creatividad. El preguntarse: ¿por qué es así y no de otra manera?, ¿por qué se calienta el lado de la rama que roza con la piedra y no el contrario?, ¿por qué no se puede separar los protones de los neutrones si son cosas independientes?. Estas son las curiosidades que han llevado al hombre a descubrir que toda fricción produce una liberación de energía o que los protones están unidos a los neutrones por una gran fuerza nuclear. Pero en todo este proceso descubridor también existe otro factor primordial:

  • La relación o lógica.*

Es posible que exista la observación de un hecho, y que este hecho despierte en nosotros la curiosidad por comprenderlo, pero por mucho cerebro y empeño que pongamos en ello, jamás podremos llegar a descubrir nada si no somos capaces de relacionar ese hecho con otro similar que ya conocemos. Es decir: No basta con observar que un palo se calienta al rozarse con las piedras. Aunque esta observación despierte nuestra curiosidad, es necesario llegar a la lógica, ese sexto sentido, que nos dirá: si a más frotar obtenemos más calor, puede llegarse al punto de que caliente tanto como las brasas que previamente conocíamos. Nos basamos en una relación de experiencias conocidas para sacar conclusiones que nos lleven a un descubrimiento. Sabíamos por experiencias químicas que el liberar un electrón supone así mismo el liberar la energía que lo mantenía en órbita al núcleo; por ende, algunos científicos de este siglo relacionaron: Si el separar fácilmente un electrón produce energía, ¿no podría ser que si separásemos el difícil núcleo obtuviésemos una energía mucho mayor?. Fue un cúmulo de muchas otras relaciones lo que les llevó a escoger los gigantescos átomos de uranio para que, como si de piedras se tratasen, al lanzarlos unos contra otros se rompieran mutuamente y liberasen así su energía atómica; energía, que hoy en día transformamos y utilizamos cotidianamente para afeitarnos, ver la televisión o calentarnos la comida en el misterioso microondas.
Durante este siglo, millones de personas con tiempo de sobra para dedicarse a relacionar sus curiosidades, han estudiado otros tantos millones de nuevas observaciones. Así ha sucedido que en muy poco tiempo, la gran cantidad de logros obtenidos en todas las ciencias han podido ser relacionados entre sí, consiguiendo de esta forma que otras observaciones encuentren su respuesta y realimenten a su vez la cadena del conocimiento. Todo esto es lo que inevitablemente ha culminado en que esta, la actual, sea la mayor época de conocimientos y descubrimientos en toda la historia de la humanidad; y que lejos de pararse, sigue creciendo en progresión geométrica.
La observación y la curiosidad nos llevan a ver el cosmos e intentar comprenderlo, pero toda esa observación y toda nuestra capacidad de comprensión, se verá también limitada por nuestra capacidad de relacionar los hechos observados con nuestras propias experiencias; a no ser que intervenga una fe, que aunque útil, no probará nada.
La fe es utilizada continuamente en mayor o menor medida por todo el mundo. Ya sea para creer que Moscú existe donde dicen que está, que la fecha de envasado del yogur es la correcta, o que las noticias del periódico son ciertas. También en el ámbito religioso podemos aceptar como fiable el testimonio de revelación en algunas personas, y por fe, creer que todo el Universo es obra de un Dios todo poderoso. Pero también nuestras observaciones intentarán comprender de donde surgió toda esta materia y energía.
Es precisamente nuestra capacidad de relacionar distintas observaciones, lo que nos llevará a una constante evolución en nuestra búsqueda por saciar la curiosidad. Búsqueda que por supuesto no ha llegado a su fin.

Es necesario ahora recalcar el término de «teoría«. Se podría definir la teoría como: «la parcial solución con que nuestra curiosidad relaciona cierto número de observaciones«. Es como el momento en que el hombre prehistórico observa que al frotar la rama se calienta, y al relacionarlo con el calor de las brasas, teoriza: «Es posible que el roce rápido y continuo de la madera con otra superficie, alcance una temperatura tan alta, que consiga hacerla arder». Sería creíble pensar que a muchos de los de su tribu, sin ningún tipo de curiosidad por la teoría, no prestasen gran atención a una «fantasía»; o incluso se riesen al escuchar semejante cosa rara. ¡Todo el mundo sabe que el fuego lo regala el dios del rayo a los hombres!.
Para que el abnegado troglodita dejase boquiabiertos a los escépticos de su tribu, y conseguir que la teoría pasase al rango de ley (regla y norma obligatoria), fue sin duda necesario el idear una forma de aumentar la velocidad de fricción para hacer surgir la llama.
Hoy en día puede suceder lo mismo con la ya explicada teoría del Big Bang, de donde se teoriza que proviene toda la materia y energía conocida. Distintas observaciones encuentran explicación en esta teoría, aunque como buenos observadores, debemos tomar la teoría como lo que es: «Una solución parcial no demostrada».
Parece claro que todo tuvo origen hace entre 8.000 y 25.000 millones de años, pero esta observación es tan solo la que más se aproxima a hacer lógicas nuestras observaciones. También existen otras teorías, así como otras observaciones, que ponen en tela de juicio la del Big Bang. Por poner unos ejemplos: en 1994 unas imágenes de un telescopio espacial situaron la edad del cosmos en menos de 10.000 millones de años, cuando paradójicamente parecen existir mediciones de estrellas que constatan edades superiores. Otro cálculo incómodo, es el desprendido de la necesaria existencia de un 90% más de materia en el Universo de la que actualmente se observa, para que así, en los cúmulos de galaxias, las más exteriores giren a la velocidad que lo hacen. Y otro mayor problema todavía por encajar en la teoría Bigbeniana, es la singularidad matemática que se produciría justo en el momento del inicio del Big Bang, cuando magnitudes como temperatura y densidad tendrían forzosamente un imposible valor infinito.
¿Es posible hilvanar tantas particularidades en una sola ley que las resuelva y les dé sentido?. -Sin el menor tipo de duda, me atrevo a contestar que ¡SÍ!. Todo cuento nos rodea tiene una lógica y obedece a una Verdad.
Hay que señalar que el sentido de la lógica está basado en la experiencia previa. Un bebé no se sorprenderá ni más ni menos, cuando si al soltar una pelota frente a él, ésta cae al suelo o por el contrario vuela hacia el techo en dirección contraria. Será necesaria la experiencia repetitiva para que, con el tiempo, encuentre lógico que al soltar un objeto este caiga al suelo. Así también sucede, que para conseguir hacer lógico lo que en un principio es ilógico, es imprescindible dotar a nuestra experiencia de ciertos conocimientos. Así que si deseo que el lector sea capaz de alcanzar la lógica que empieza a inundar con su luz al mundo, deberé transmitir todos aquellos conocimientos que llevan a alcanzar la maravillosa y completa percepción de la creación.

OBSERVACIONES

Dado que toda ley nace basándose en una teoría previa, y esta a las relaciones entre diferentes observaciones, se hace imprescindible que antes de ser expuesta, el lector conozca algunas singulares observaciones de nuestro Universo, que posteriormente, serán los imprescindibles ladrillos empleados en la construcción de tan inusual visión de la materia.

La matemática.

No pueden existir observaciones concretas sin recurrir a las matemáticas. Todo cuanto experimentamos con nuestros sentidos es susceptible de ser contado, medido y analizado, y esos son precisamente los tres principales pilares de la matemática: el álgebra, que crea el concepto de número y nos abre el proceso de reunir y combinar grupos de objetos; la geometría, con la que mediremos el tiempo y el espacio; y el cálculo, que nos lleva a comprender las ideas de continuidad y límite.
Cuando el hombre se puso de acuerdo en representar cantidades mediante símbolos o números, se hizo posible definir de modo exacto ciertas observaciones. El tablón que hacía falta para sostener el dintel de la puerta debía medir seis codos, por lo que, estando normalizado el codo como unidad de medida entre una sociedad, no era necesario ir en persona ni llamar al carpintero para que viniese y supiese lo largo que debía ser. Es así como las matemáticas nacen de una necesidad de organización social.
Todo, y esto es importante de recalcar, todo cuanto existe, es susceptible de ser medido y cuantificado, de lo contrario, no se podrá demostrar su existencia y, por tanto, la observación será tan solo fruto de una alucinación, falsedad o intervención divina.
Una manzana puede ser descrita de tal manera, que no exista ninguna posibilidad de que sus medidas coincidan con ninguna otra manzana del mundo. No tan solo podemos calcular su posición en el espacio y medir su altura, anchura, grosor y curvaturas de su superficie; operaciones que puede realizar en pocos segundos un escáner; sino que también podemos medir las diferentes frecuencias de onda luminosa que cada tono de color de su piel refleja, la dureza, su acidez, su composición molecular, etc. Concretando: No existe nada, absolutamente nada en la manzana, que no sea susceptible de ser medido. Incluso su aspereza, resonancia acústica, olor y sabor pueden medirse con unidades que el hombre a realizado para ese fin. Y si alguien pretende hacernos creer que ha visto a una manzana echar a correr y alejarse del cesto en el que estaba, deberá aportar pruebas de la fisiología que posee esa extraña manzana, aunque antes es preferible calcular con el olfato su tasa de alcohol en el aliento.

Pero como veremos más adelante, la física se encontrará en algunas ocasiones con unos comportamientos que a primera vista pueden parecer imposibles de medir y de encajar en el modelo matemático tradicional. Dichos comportamientos, llamados caóticos, han sido la base para la aparición de unas nuevas matemáticas llamadas: «matemáticas del caos«. Una nueva rama de la ciencia, que nace básicamente de la necesidad de obtener fractales con los que medir los acontecimientos aleatorios complejos.

Cuando echamos una moneda al aire, el cálculo de probabilidades nos da un 50% de posibilidades de que salga cara frente a otro 50% de que sea cruz. Esto sería un acontecimiento aleatorio simple. Pero cuando queremos saber con más seguridad a cual parte de la moneda apostar, tenemos un sistema aleatorio complejo, en el que es necesario tener en cuenta distintos factores como: tamaño, peso de la moneda, distribución de las fuerzas aplicadas sobre ella, parábola que describirá al ser lanzada, distancia que recorrerá, viento, rugosidad de la superficie sobre la que caerá, etc. Con tantas interferencias, ¿cómo calcular con certeza el resultado?. Lo que las matemáticas del caos pueden hacer por nosotros, es crear unos fractales o ecuaciones maestras para ese acontecimiento en particular, de manera que si supiésemos todos los datos que le afectan, no existiría margen de error en adivinar el resultado. Es la falta de conocimiento del sistema la que provoca nuestra ignorancia. Una vez hallados los fractales, depende de los conocimientos determinados que tengamos sobre los factores que intervienen en el sistema para que obtengamos un resultado de probabilidad del 51%, 60%, 80%, o 100%. Se puede calcular la medida en que afecta la distribución del peso en la moneda que vamos a lanzar, y así un conocimiento mínimo sobre ella, nos dará un porcentaje de probabilidades por encima del 50%. Muchos jugadores de dados saben eso y frecuentemente se aprovechan ilegalmente de ello.
Lo verdaderamente importante, es remarcar que a mayor conocimiento del sistema, existe una menor ignorancia sobre su futuro desarrollo. Por poner otro ejemplo: La evolución de una nube en el cielo es algo impredecible, pero si detectamos viento procedente del norte, nuestro parcial conocimiento del efecto que esa corriente de aire causará sobre ella, nos puede hacer asegurar que se desplazará hacia el sur; aunque continuaremos ignorando si lo que parece un elefante, se transformará en una ardilla o en un champiñón. Si, además, la nube tiene una alta condensación de humedad y vemos que se aproxima a una montaña elevada, podremos arriesgarnos a decir que lloverá, pues aumentarán las probabilidades de que su condensación acabe formando gotas de lluvia. Aunque todas estas deducciones, solo serán obvias para el conocedor de esos fenómenos, no para un esquimal que en su vida no haya visto llover y que apostará porque nevará.

La física.

A la hora de ponerse de acuerdo en qué unidades se emplearán en las matemáticas para tomar las medidas de nuestras observaciones, aparece de la mano de la física, no solo la concreta descripción de esas unidades fundamentales, como pueden ser: el metro, el kilogramo o el segundo, sino que intuyendo una implícita relación entre estas, intenta encontrar una simplicidad que resuelva y resuma el funcionamiento del Universo.
Buscando esa simplicidad básica, ya Demócrito acuñó el término átomo ─indivisible─ con la idea de que toda la materia debía estar formada por partículas separadas. La tierra está compuesta por montañas, divisibles en rocas, estas a su vez divisibles en piedras, arena, polvo, hasta que con toda seguridad debía existir algo tan diminuto que sería imposible de partir en dos.
A principios del siglo pasado, John Dalton resucitó la primitiva idea griega del átomo con el objeto de proponer la unidad básica de la materia. Descubrió que mediante la intervención de las reacciones químicas, se descomponen distintas moléculas en partículas diminutas, con las que posteriormente se pueden construir otras distintas; por todo ello, dedujo la existencia de una unidad básica de la materia.
En 1897, J.J. Thomson descubrió que esas partículas, los átomos, podían emitir otras partículas todavía más pequeñas, y que estas poseían una carga negativa de electricidad, por lo que posteriormente se denominaron electrones.

En 1911, Ernest Rutheford propuso el modelo atómico de un núcleo central con carga positiva que contenía casi toda la masa del átomo «protón», alrededor del cual orbitaban los electrones (unas 1.846 veces más ligeros que los anteriores). El número de protones «número atómico» es precisamente el que determina la masa del núcleo, y esta a su vez determinaría más tarde los diferentes elementos químicos de la tabla periódica.
En 1932 quedó claro que el átomo estaba constituido por distintas partículas subatómicas: un número no siempre igual de protones (con carga positiva) y de neutrones (sin carga) que forman el núcleo, alrededor de los cuales orbitan los electrones en igual número e intensidad de carga que los protones. Así el hidrogeno, elemento más sencillo de la tabla periódica, tiene un núcleo formado por un protón alrededor del cual orbita un electrón. Puede además tener ninguno, uno o dos neutrones, lo que da origen a diferentes versiones de un mismo átomo que serán los llamados: isótopos. De tener dos protones y dos neutrones, sería también entonces necesaria la presencia de dos electrones, y en vez de un átomo de hidrógeno, lo que tendríamos sería un átomo de helio; y así sucesivamente ocurre y se forman otros átomos tan grandes como el del hierro con 26 protones, oro con 79, o uranio con 92. También a su vez se observó que existe una distribución ordenada de los electrones, repartiéndose estos en diferentes zonas de órbita, con un número determinado de ellos para cada una.
En 1956, fue capturada en las emanaciones de un reactor nuclear una partícula que faltaba por encajar en el rompecabezas, el profetizado por el italiano Enrico Fermi «neutrino», portadora de la energía desprendida en la desintegración beta (en la que el núcleo atómico se transforma espontáneamente).
En los años sesenta, son ya centenares las partículas consideradas como elementales encontradas al desintegrar las ya conocidas. Además, se observan dobles de partículas con carga inversa: la antimateria. Así al juntar un protón y un antiprotón, ambos se aniquilan mutuamente desapareciendo y liberando energía en forma de dos fotones.

Cuando se expone un modelo atómico, se corre el riesgo de imaginarnos a los átomos como unas pequeñas y duras esferas envueltas por un ovillo de órbitas descritas por los electrones. La representación del típico emblema en muchos libros de texto (incluso especializados), a colaborado en extender esa errónea imagen; aunque también el saber que en un solo grano de arena existen tantos millones, nos puede hacer pensar que tienen que estar muy juntos y apretados. ¡Nada más lejos de la realidad!. Primero debemos hacernos a la idea de lo diminutos que llegan a ser. Si pudiésemos poner en ordenada fila india un átomo tras otro, serían necesarios 10.000.000 para abarcar un segmento de apenas un milímetro. Si lo trasladásemos a superficie, obtendríamos que una finísima lámina de tan solo un átomo de grosor y un milímetro cuadrado de superficie, podría estar ocupada por más de 10 millones de filas indias como la antes descrita. Y si además pensamos en volumen, y que un papel normal puede tener algo más de una décima de milímetro de grosor, obtendríamos que el espacio de un milímetro cuadrado de folio, puede albergar más de un millón de superficies, con diez millones de largísimas filas indias en cada una de ellas. Si transformásemos ahora cada átomo de ese ínfimo espacio en una pelota de tenis, podríamos cubrir con ellas toda la superficie de la luna.

Pero si difícil es hacerse a la idea de lo pequeño que llegan a ser los átomos, o lo gigante que somos los humanos, mucho más difícil resulta el imaginarse correctamente cómo son en sí. Siguiendo el modelo estereotipado, podríamos también comparar erróneamente la estructura atómica con un sistema estelar. La estrella podría representar al núcleo, mientras que los planetas se asemejarían a los orbitantes electrones. Y aunque al menos se haría algo de justicia al imaginar las enormes relativas distancias que separan a las partículas, caeríamos en la falsa idea de un núcleo denso. Ciñéndonos a las observaciones que nos proporcionan los instrumentos más sofisticados de la física de partículas, y creando una representación atómica utilizando nuestra imaginación, podríamos ver cómo al aproximarnos a la corteza de un sencillo átomo de hidrógeno, difícilmente localizaremos a su electrón, pues su órbita, aunque limitada entre unas determinadas distancias del núcleo, es del todo impredecible; añadido a eso su diminuto tamaño, el encontrarlo es muchísimo menos probable a la casualidad de que justo mientras leemos esto quedemos achicharrados por un rayo; además, bastante trabajo tendremos en dirigirnos correctamente hacia el lejano núcleo, pues nos dará la impresión de que no existe nada dentro de esa diáfana esfera en la que órbita el solitario electrón. Intentar encontrar el núcleo desde esa lejanía, es como esperar distinguir una pelota de playa a 50 kilómetros de distancia; y al llegar a esa menudencia donde parece ser que se almacena casi toda la masa de la materia, todavía crecerá más nuestra sorpresa al observar que tampoco el núcleo es «sólido». Reina el vacío, y en vez de la maciza pelota de playa que debería ser el protón, resulta que nos encontramos con unas pocas y diminutas motas de polvo. Por lo que, de no ser por las fuerzas que emiten a tan enormes distancias esas diminutas motas de polvo que denominamos subpartículas, cualquier piedra podría atravesar fácilmente la plancha de acero más sólida, sin tener apenas probabilidades de que sus átomos colisionen con los del metal.
Y acabando el repaso con las últimas observaciones de la física en los enormes aceleradores de partículas, donde se consiguen poner a velocidades próximas a las de la luz un puñado de ellas para ver los trozos en que se destrozan al chocar contra un enjambre de detectores electrónicos, estos han colaborado decisivamente en crear un nuevo Modelo Estandard:
No son ni 100 ni una las partículas básicas imaginadas por Demócrito, sino 12; seis de ellas en el núcleo (quarks) y las otras fuera de él (leptones). De estas 12, si bien todas pudieron existir en algún momento del supuesto Big Bang, existen cuatro de ellas que son los actuales ladrillos básicos con los que se compone toda la materia: los quarks arriba (up), los quarks abajo (down), los electrones y los neutrinos de electrones; ladrillos estos tan diminutos, que como si de canicas se tratasen, colocásemos uno junto a otro los 10 elevado a la 79 potencia quarks con los que esta formado todo el Universo, las 10 elevado a la 48 potencia toneladas de materia que obtendríamos, cabría en la diminuta fracción del centímetro cúbico que antes nos parecía tan apretujada de átomos. De aquí se puede comprender que ese pequeño y denso pellizco de motas, escampado por todo el inmenso espacio que ocupa nuestro Universo, hace que la solidez de una piedra o de todo un planeta, no sea nada más que la singular manera en que nuestros sentidos la perciben. ¿Cómo es esto posible?.
Lo cierto es que en estos niveles de observación, en los que se intenta dar una descripción completa de la materia, es cuando se hace forzoso y necesario el describir, no solo las partículas, sino también las gigantescas fuerzas con que interaccionan entre ellas a unas extraordinarias distancias.

Las fuerzas.

¿Dónde se encuentra entonces la materia?. ¿Con qué choca mi mano al golpear la mesa?. Son preguntas prácticas que han llevado a millares de personas a investigar una correcta respuesta: Pues lo cierto es que nuestra mano no choca en absoluto como nosotros nos lo imaginamos: una superficie en contacto directo con otra. ¡Ni remotamente!. Por muy fuerte que golpeemos la mesa, en ningún momento la materia de la superficie de nuestra piel entra en contacto con la de la mesa. Y es más, de suceder eso, la energía necesaria para mantener esa unión durante tan solo una fracción de segundo, sería la equivalente a la desprendida por millares de toneladas de TNT. Es evidente que mucho antes la mesa se rompería. ¿Qué sucede entonces?.

Al aproximarse los átomos con los que están formadas las moléculas de las células de nuestra mano a los átomos de la mesa, se establece una relación a larga distancia entre ambos conjuntos de átomos. Dos diferentes teorías abogan por visiones distintas. La una se decanta por la existencia de campos de energía que se extienden a enormes distancias de las partículas (algo parecido al campo magnético de los imanes, que sin llegar a tocarse, pueden repelerse y crear una resistencia a acercarse más), y la otra, apuesta por relaciones entre dichas partículas que son llevadas acabo por cuantos, unidades de energía liberadas y absorbidas por estas. Sea de un modo u otro, lo cierto es que, sí se pueden constatar las fuerzas que actúan al golpear la mesa; y eso puede ayudarnos a comprender mejor cómo funciona la materia. Toda la dinámica del Universo y de la materia que lo compone, está en estrecha relación con cuatro tipos de fuerzas básicas que interactúan para que todo sea como es y no de otra manera.

La fuerza gravitacional

Esta es seguramente la más sencilla de comprender, pues todas las personas son capaces de sentir sus efectos. La masa, una propiedad existente en todos los átomos, hace que estos se atraigan mutuamente unos a otros; aunque dependiendo de la distancia, ocurre que cuanto más lejos están menor es la fuerza con la que se atraen. De esta observación extrajo Newton su famosa ley gravitacional.
Si pudiésemos imaginarnos visualmente a un puñado de átomos vagando por un espacio vacío, observaríamos cómo los dos que en esa distribución aleatoria se encontrasen más cerca uno del otro serían los primeros en ir acercándose y sumando sus capacidades para atraer a otros. Así se sugiere que tras el hipotético Big Bang, los primeros átomos fueron uniéndose en nebulosas de polvo estelar, que con el tiempo, se condensaron más y más hasta formar planetas, estrellas, galaxias y cúmulos.
El efecto más directo que podemos experimentar de esta fuerza es la forma en que nos vemos atraídos hacia el centro de la enorme reunión de átomos que es la tierra. También hemos podido comprobar que al alejarnos de la tierra esa fuerza decrece en intensidad, y que la luna, por ser más pequeña y menos densa, posee menos átomos y por ende menos masa, lo que hace que su fuerza de gravedad sea menor. Y si creemos, que a juzgar por lo que cuesta escapar de la gravedad terrestre, esta es una gran fuerza, nos veremos sorprendidos al descubrir a continuación otra fuerza muchos millones de veces más intensa.

La fuerza electromagnética.

Si antes se ha expuesto la estructura atómica como un núcleo de carga positiva en el que orbitan los electrones con carga negativa, la fuerza electromagnética la podemos definir como la fuerza con que se atraen los electrones a los núcleos. Y se puede pensar: ¿por qué si se atraen no se unen?; pues porque existe una energía, producto del desplazamiento del electrón, que contrarresta la atracción; la misma que cuando hacemos girar rápidamente una piedra atada a una cuerda hace que la piedra tienda alejarse de su centro de órbita. A esta energía se la denomina «cinética».
Todos los sistemas electromagnéticos que el hombre utiliza cotidianamente, como es el caso de una simple bombilla o una batidora, funcionan gracias a la fuerza electromagnética, que tiene un principio fácil de experimentar: «los imanes a que antes ya hemos hecho referencia». Por un lado se atraen, mientras que por otro se repelen (polo positivo y polo negativo) y en el centro, la tensión libera electrones que producen energía eléctrica.

Muchos de los núcleos atómicos existentes pueden tener, y de hecho suelen tener en sus órbitas, un número diferente de electrones que de protones, aunque ese estado es inestable. Quiere eso decir que si carecen de ellos tenderán a captar electrones, mientras que si tienen un exceso tenderán a dejarlos libres. Así cuando un átomo de cloro con siete electrones en su órbita externa necesita uno para alcanzar la estabilidad, se convierte en un ion de cloruro con una carga negativa; el sodio sin embargo, posee un solo electrón en su órbita exterior, por lo que al perderlo se convierte en un ion de carga positiva. Estos intercambios de electrones es lo que hace posible las reacciones químicas, en las que se observan absorciones o emisiones de energía, y son además causa de una de las características principales de la materia: «El enlace entre distintos núcleos atómicos mediante la compartición de electrones». Esto hace posible la formación de la multitud de distintas y variadas moléculas que componen la diversa materia que nos rodea.

La fuerza de interacción fuerte.

Dentro del núcleo atómico tiene lugar el descubrimiento de esta tercera fuerza, unas 1000 veces más intensa que la electromagnética. Independiente de la carga, esta fuerza parece tener como finalidad el evitar la repulsión entre protones y neutrones, y mantenerlos unidos. A pesar de su enorme intensidad, esta va en rápido decrecimiento al aumentar la distancia, de manera que no se hace significativa más allá del diámetro del núcleo.

La fuerza de interacción débil.

Este cuarto tipo de fuerza fundamental es unas cien mil veces menos intensa que la fuerte, y ha sido observada en los procesos de transformación de partículas de la antes explicada desintegración beta, en la que se liberan neutrinos.

Estas cuatro fuerzas: Gravitacional, electromagnética, fuerte y débil, son lo que realmente experimentamos de la materia. Son sus interacciones lo que hace que los fotones sean reflejados en distintas frecuencias de colores. Sus propiedades hacen que esos mismos fotones, al ser recibidos en la retina sean transmitidos por una cadena de enlaces químicos, donde millones de electrones saltan de una órbita a otra en las moléculas que componen nuestras neuronas. Así en un sin fin de reacciones, alcanzan nuestro prodigioso y maravilloso cerebro, capaz de analizar las intensidades de esos cambios atómicos y transformarlas en información. Una vez allí, en el cerebro, tiene lugar la comparación con otras informaciones que llegan de sensores en nuestra piel. Estos sensores también son capaces de transformar una presión en sus moléculas en una larga cadena de transmisión de reacciones, como sucede con la retina. Pero la detección de presión en estos sensores, no se produce porque entre en contacto la materia, sino porque la «cercanía» de los campos o cuantos que emiten las partículas de la mesa, interaccionan con las de nuestra mano, causando una alteración en las estructuras atómicas de las moléculas y provocando las reacciones químicas que inician la transmisión del impulso nervioso en las neuronas. Que los efectos de esas fuerzas en los átomos que componen nuestros sentidos sean interpretados en nuestro cerebro como lo son, es quizás un proceso mucho más difícil de comprender.

Algo de biología.

Quiero en este corto apartado dedicado a la biología, destacar cómo es la estructura básica gracias a la cual existen TODOS los seres vivos. En 1944 el equipo de investigadores dirigidos por Oswald Avery demostró que el ADN ─Ácido Desoxiribonucleico─ era el portador de la información genética necesaria para fabricar un ser vivo. El ADN está compuesto por una cadena molecular de sustancias químicas llamadas nucleótidos, existiendo cuatro tipos de estas moléculas base, conocidas por: adenina, guanina, citosina y timina. Todas las moléculas complejas como pueden ser las proteínas, indispensables para controlar la química de nuestras células y formar las estructuras que conducen a un ser vivo, son reproducidas por fragmentos concretos del ADN, que en su totalidad, más de 100.000 en el caso de un ser humano, constituye la información completa para la construcción, distribución y relación de los millones de células especializadas que forman cualquier persona. Hoy en día está en marcha un proyecto científico denominado GENOMA, que tiene por meta el descubrir para principios de siglo que viene las estrechas relaciones existentes entre las bases que componen el ADN y el resto del organismo.
Todas las funciones de nuestros cuerpos están reguladas por la perfecta organización existente entre las células. Una célula hepática o una neurona, no podría hacer su labor sin ayuda de la enorme aglomeración de células musculares que forman el corazón, que organizadas, consiguen hacer llegar los nutrientes necesarios para que cada célula desempeñe sus concretas reacciones químicas. Pero también las células del corazón precisan de la colaboración de las que forman los pulmones para que les llegue el oxígeno, de las digestivas para que descompongan las adecuadas moléculas de sales, vitaminas, etc., o de las neurotransmisoras que organizan todo el proceso. Existe una completa interdependencia entre todas ellas, pudiéndose resumir el organismo en: Una gigantesca probeta móvil donde continuamente se llevan a cabo billones de reacciones químicas. Y en las particulares reacciones de esa enorme aglomeración de neuronas que forman nuestro cerebro, quiero ahora observar unas particularidades.

Desde sus inicios, la medicina viene experimentando para provocar artificialmente desde el exterior las reacciones químicas que ciertas células no realizan a nuestro gusto. Así, cuando una bacteria maligna destruye células sanas y el organismo lucha con sus defensas sin conseguir atajar la infección, el hombre experimenta con moléculas complejas que se encuentran en ciertas plantas y cuya ingestión desencadenan reacciones diversas, como puede ser la dilatación de las células que forman las venas o la sobreproducción de alguna sustancia concreta.
El afán por conocer los mecanismos que usa el cuerpo humano, ha llevado recientemente a descubrir la posibilidad de intervenir artificialmente también en las complejas reacciones electroquímicas que llevan a cabo las neuronas. Para ello se han diseñado y se rediseñan los llamados «implantes cocleares». Estos implantes son por ahora de dos clases: acústicos y ópticos. Los ópticos están todavía en fase de experimentación, mientras que los acústicos han sido implantados ya desde 1984 a miles de personas que han recuperado el oído. Básicamente el funcionamiento se resume en un conjunto de circuitos electrónicos que transforman las vibraciones sonoras o las imágenes susceptibles de ser percibidas, en pequeños impulsos eléctricos que son transmitidos al nervio auditivo u óptico, dependiendo de la lesión. Estas descargas son capaces de desencadenar unas reacciones electroquímicas semejantes a las que se producen de forma natural en el órgano de Corti en el caso del oído o en los fotorreceptores que forman la retina en el caso de la vista. Aunque de diferente intensidad, lo importante es que esas reacciones químicas se propagan hasta llegar al cerebro, que con el tiempo, aprende a relacionar las nuevas informaciones que artificialmente le llegan. Así se produce el milagro para sordos y ciegos.

Tanto a nuestro cerebro como al del sordo o el ciego que tenga el implante, lo que le interesa del exterior es la información. información que al recibirla no nos confirma en absoluto la existencia de la materia, aunque sí la de unos campos o cuantos que nos alteran la estructura atómica de nuestras especializadas células. Cuando los físicos lanzan un haz de protones a toda velocidad contra los detectores de un acelerador de partículas y al chocar observan que se descomponen en subpartículas, lo que en realidad observan no son las subpartículas, sino las alteraciones que provocan estas en la composición atómica de los detectores. Composición a su vez que nos es transmitida por la explicada alteración en nuestros sentidos. Cuando los astrónomos miran con sus radiotelescopios al cosmos, de lo que pueden estar seguros, es de que se producen alteraciones concretas en los instrumentos al enfocarlos hacia tal o cual coordenada espacial. Del papel que estamos leyendo, percibimos las alteraciones que este provoca en nuestra retina, o la perturbación mecánica en las múltiples células que forman en la piel nuestro sentido del tacto; pero no por eso debemos creer que la materia sea sólida como erróneamente nos puede dar la impresión. Ni tan siquiera en el centro de esos campos o en el origen de los cuantos se puede estar seguro que exista tal como nos la imaginamos: algo sólido, corpóreo y real.
Tal vez todo sea como Louis de Broglie a principios de este siglo imaginaba, y la materia no sea otra cosa que luz. O tal vez todo, incluso la luz, puede que se trate de tan solo una compleja ilusión.
Pero se puede pensar: ¿Y qué más da, que sea materia, energía o ilusión?.
Para empezar, da la satisfacción de saciar una curiosidad que el hombre arrastra desde milenios. Da, el conocer mejor las cosas y a nosotros mismos. Y da, que al descubrir su naturaleza, puedan desencadenarse infinitos conocimientos que por ejemplo: nos permitan hacer elevar montañas con toda facilidad.

Sobre la teoría de los cuantos.

Existen tres observaciones muy curiosas a raíz de las investigaciones de las propiedades de las partículas subatómicas: 1º -En lo más hondo de la naturaleza rige el azar. 2º -Los objetos materiales ocupan siempre un espacio, aunque en determinadas circunstancias no se trata de una región en particular. Y 3º -Las leyes fundamentales que gobiernan todos los objetos físicos, no son válidas cuando tales objetos son instrumentos de medición u observación. Así lo plantean los fundadores de la teoría de mecánica cuántica.
Antes de la idea cuántica, existía la paradoja de la física mecánica desarrollada por Isaac Newton (1642─1727). Este postulaba que un cuerpo en movimiento tiende a continuar en movimiento, y que uno en reposo permanecerá en reposo si sobre él no se aplica ninguna fuerza. Algo que ha simple vista parece completamente lógico. Por esa regla de tres, todas las partículas del Universo se mueven dependiendo de las fuerzas que sobre ellas se estén aplicando; por lo que de producirse un nuevo Big Bang en iguales circunstancias que el actual, todos los quarks y leptones volverían más tarde o más temprano a ocupar el mismo espacio que tienen ahora; no tan solo en la vía láctea, sino también en cada átomo que forma la tierra. Y aunque parezca una fruslería, dicho comportamiento vendría a significar que al igual que en una estudiada jugada de billar, todos los movimientos en los electrones de nuestro cerebro estaban predeterminados desde el mismo inicio del Cosmos. Por eso se deduciría que nuestra libertad de leer o no leer en este momento, sería una mera ilusión; o bien forzaría la engorrosa existencia de otra dimensión no mecánica de donde dimanaría nuestra voluntad.
Pero al observar los electrones, los físicos comprobaron que su comportamiento no se parecía corresponder en absoluto con el modelo que había postulado Newton. Contra toda lógica, el comportamiento de los electrones no atienden a ninguna ley mecánica de movimiento concreta; es decir que en iguales circunstancias, una vez gira hacia la derecha y otra toma un giro contrario, sin que exista motivo apreciable alguno que determine ese cambio de conducta. Frente a estas observaciones, se demuestra que no existe nada material que tenga condicionada su trayectoria. ¿Quiere eso decir que esas diminutas partículas tienen conciencia para decidir por sí mismas hacia donde les apetece circular?.
Puede que al localizar un electrón exista un 50% de probabilidades de encontrarlo en una función de onda o en otra, pero si recordamos las matemáticas del caos, cabría la posibilidad de que pudiésemos reducir esas probabilidades. Así lo ideó en 1952 David J. Bohm al concebir una teoría alternativa a la mecánica cuántica. Según Bohm: no existe ninguna impredecibilidad en las partículas subatómicas, y es el no tener en cuenta las funciones de onda de todas las partículas del Universo lo que causa nuestra ignorancia.

Aunque comprendo que puede resultar algo embarazoso toda esta clase o repaso científico, como he dicho antes, es imprescindible compartir las observaciones para valorar las posteriores relaciones. Todo lo que se ha tratado hasta ahora tiene como finalidad refrescar la memoria o instruir, de cómo el hombre ha ido evolucionando en sus conocimientos, y cómo en muy poco tiempo, diferentes conceptos sobre la materia se han ido transformando de la solidez, a las partículas y a sus sutiles cuantos o campos de fuerza que dan forma y vida al Universo.
Y como última observación a todo este proceso de analizar la composición de la materia, destacar que el equilibrio entre las distintas fuerzas que le dan vida, es tan exacto y uniforme en todas las direcciones del espacio en que se expanden, que contradice todas las reglas matemáticas de probabilidad. De ser el Universo un nacimiento espontáneo (sin una inteligencia que lo organice), ocurre que es de loca casualidad que en tanto tiempo no se haya producido otro Big Bang (ni tan siquiera pequeñito), que haya hecho variar lo más mínimo las actuales leyes físicas. Se contradicen las enormes probabilidades de que a partir de la gran explosión surgieran diferentes magnitudes de fuerzas que originasen diferentes tipos de materia; ¿por qué no se observan galaxias de antimateria de forma natural, cuando las posibilidades de existencia de protones y antiprotones son idénticas?. Pero sin embargo, todo el universo observable es materia y la fuerza de gravedad de sus masas es idéntica en todo el espacio. Y no solo la de la gravedad, sino todas las restantes fuerzas; pues el hecho de observar estrellas por todas partes significa que las reacciones atómicas son comunes en todo el cosmos. Este Universo debería ser caótico; o al menos mínimamente. Es como si cogiésemos más de 10 millones de bolitas azules, 10 millones de rojas, otros 10 de amarillas y la misma cantidad de bolitas verdes, las mezclásemos, las tirásemos al vacío del espacio, y esperásemos que todas las bolitas, en todas las direcciones, se agruparan en distancias equidistantes y creando cuartetos con exactamente una bola de cada color en cada uno; ¡sin un solo error!. Que esto ocurra así, desafía toda probabilidad matemática.
Parece que en la eternidad de las probabilidades, un pequeño trozo de folio ha conseguido la casi imposible suerte de que sus quarks y leptones ocupen su sitio exacto en el espacio. Pero si lo que parecía por matemáticas casi imposible de suceder es realidad, demencial puede resultar el observar al resto de las hojas y comprobar que, ni tan siquiera remotamente cerca, existe la más pequeña irregularidad en esas ordenadas distribuciones. Ya no hablo de toda una libreta, ni tan siquiera de todo el sistema solar, sino que es todo, TODO el Universo. Es del todo inimaginable tanta casualidad espontánea. Y a pesar de eso…

INTRODUCCIÓN A LA INFORMÁTICA

Podemos considerar a la informática como una recién nacida en la historia, ya no del hombre, sino de nuestra reciente civilización. Hace ahora tan solo 50 años (en 1946) que nació el primer ordenador en Filadelfia (EE.UU.). Estaba compuesto por 18.000 tubos de vacío y pesaba más de 30 toneladas. Ocupaba un edificio de varias plantas y cuando se ponía en funcionamiento hacia parpadear el alumbrado del barrio Oeste. Hoy en día, el mismo circuito de ese ordenador que costó 8 millones de dólares, lo podemos sostener en la yema de nuestros dedos. Tal vez por eso, por su actual pequeñez y complejidad, los ordenadores nos pueden parecer unas máquinas extrañas, cuyo funcionamiento es incomprensible. Pero dejando a un lado a los casi invisibles transistores y toda la composición física que les hace funcionar, intentemos aprender en qué consiste un ordenador.
Dentro de las necesidades por las cuales nacieron los ordenadores, existen fundamentalmente dos: el poder guardar información y el poder procesarla. Así, podemos cambiar las notas del libro de relación de existencias en un almacén de comercio por una serie de códigos de impulsos que registran la misma información en un circuito electrónico, en unas fichas de papel perforadas o en un disco de grabación. La utilidad que esto puede tener es obvia: la rapidez con que nos puede ofrecer un completo y ordenado inventario hace innecesarios a los contables. Pero podemos descartar que los ordenadores nacieran para llevar al paro a tan abnegados profesionales.
Toda información transmitida al ordenador es transformada y almacenada por este en códigos de impulsos. Funciona de una forma similar al telégrafo. Para transmitir por ejemplo «L», se envían las señales: punto, raya, punto, punto. A esto se le denomina: código binario. En informática, cada vez que presionamos cualquier tecla de la consola, un grupo de diminutos impulsos eléctricos modifica la red de transistores que componen los chips; de esta manera, cualquier letra que escribamos será interpretada en una sucesiva línea de «0» y «1». Así «1011» es el equivalente a: «energía, falta de energía, energía, energía».
Pero lo que nos interesa observar, más que cómo recibe o almacena la información, es cómo la procesa. Pensemos que un ordenador no hará absolutamente nada hasta que nosotros le digamos exactamente qué deseamos de él. Para ponerse de acuerdo en cómo indicar a la máquina lo que tiene que hacer, se han creado distintos idiomas cuyas palabras resumen acciones concretas. De entre todos los idiomas creados, el que ha triunfado internacionalmente sin lugar a dudas es el denominado «BASIC», existente en casi todos los ordenadores del mundo. Así ocurre que todos los ordenadores dotados de este idioma pueden utilizar los mismos programarios, identificando los diferentes mensajes con la activación o desactivación de sus transistores y circuitos. En la actualidad los ordenadores personales PC suelen llevar instalados de serie programas que nos facilitan transmitir los mensajes. Así un simple «clic» sobre un icono, activa toda una serie de órdenes que la máquina electrónica realizará secuencialmente.

La forma de trabajar que tiene el ordenador ha sido hasta ahora secuencial, por pasos. Si por poner un ejemplo queremos que en la pantalla del televisor aparezca un puntito de color azul, deberemos decirle que ejecute unos mandatos concretos en un orden determinado. Por ejemplo:

Nº ORDEN MANDATO SIGNIFICADO O ACCIÓN

 1                       COLOR 15,4         (Envía haces  de  electrones de color 15
                                                        -blanco-  a todo el  monitor,  y  activa
                                                        el  4  -azul-   para  sucesivas  órdenes
                                                        de gráficos o símbolos escritos)

 2                       SCREEN 2        	 (Cierra  símbolos  escritos  y  abre  el
                                 		canal    exclusivo    para   transmitir
                               		información  de gráficos al monitor)

 3      		PSET (95,112)	 (Envía  un  haz  de   electrones  en   la
                       	pantalla  catódica  del monitor  en  el
                       			píxel  asignado  a las  coordenadas 95
                       			vertical y 112 horizontal)

 4      		GOTO 3         	(Sitúate en  la orden Nº 3)

Podemos ver que existe una relación física entre lo que mandamos al ordenador y lo que este hace al recibir la orden. En el primer mandato le decimos el color que queremos en la pantalla y el color en el que aparecerá lo que después le reseñemos. En el segundo, para ahorrar tiempo, le decimos que lo que le vamos a enviar son gráficos, con lo que cierra muchos circuitos que están preparados solo para enviar otros grupos de haces de electrones que representan las figuras de los símbolos escritos, ahorrando así tiempo de procesamiento. En el tercero le decimos que queremos que aparezca un punto en un lugar determinado del monitor, concretamente en las coordenadas 95, 112 (en el centro del monitor). Para este caso 0 es la esquina superior izquierda de la pantalla y 191 y 255 son los topes vertical y horizontal respectivamente; el color del punto será azul porque ya estaba así predispuesto en el filtro de electrones desde el primer mandato. Y la última orden, consigue que el punto no dure tan solo una fracción de segundo, sino que después de ejecutarse, se le dice al ordenador que vuelva a ejecutar el envío del haz una y otra vez, con lo que damos tiempo a nuestra retina de percibir y localizar los fotones en que se convierten dichos haces al chocar contra los píxel (diminutas células fotoeléctricas que componen la pantalla de la mayoría de televisores o monitores).
Un programa de paleta de dibujo puede agilizar mucho las cosas, pues al colocar el ratón en el centro de la pantalla, este proporciona directamente las coordenadas al mandato, y al apretar el botón, si hemos seleccionado un pincel azul, aparecerá un punto azul sobre esas coordenadas, lo mantendrá pintado, y estará dispuesto para recibir más mandatos. De esta forma no es necesario saber Basic para conseguir hacer aparecer un punto azul en nuestro monitor; aunque el programa de paleta de dibujo, es en sí una larga lista de órdenes escritas en Basic diseñadas para detectar: dónde ponemos el ratón, cuándo apretamos, cuándo no apretamos y qué pincel, color o función elegimos.

Una de las tareas por la que son muy útiles los ordenadores, es por su capacidad para realizar operaciones matemáticas muy rápidamente. Además, a la hora de operar, podemos adjudicar valores determinados a símbolos o expresiones. Para entenderlo mejor: podemos decirle al ordenador que opere 2+3, o podemos decirle A=2, B=3 y que sume A+B. Con la ventaja de que A, en vez de un número concreto se puede convertir en un valor variable o función. Analizaremos ahora la siguiente secuencia:

1 A=2
2 B=3
3 A+B=C
4 A=A+(C⋅B)
5 GOTO 3
Este simple programa, que al llegar a la línea 5 hace volver a repetir los mandatos de la 3 y la 4 sucesivamente, consigue obtener un valor de A en continua evolución, pues cada vez que el ordenador lee el mandato de la línea 4, asigna a A un nuevo valor que condicionará el resultado de la función C. Así el resultado de C la primera vez sería 5, ya que 2+3=5, la segunda vez A valdría 2+(5⋅3)=17, con lo que C será igual a 17+3=20, la tercera vez A sería 2+(60)=62 y la función C resultaría 62+3=65. Esta evolución de la función C se mantendría hasta infinito, o hasta que apaguemos el ordenador.
Vistas las posibilidades de evolución que nos da el ordenador, si dispusiésemos que A,C fuesen las coordenadas del punto azul que antes hemos elaborado para que aparezca en la pantalla, observaríamos que el primer punto de la pantalla que se iluminaría sería en las coordenadas (2,5), que el segundo aparecería en (17,20), luego en (62,65), y así sucesivamente. Puede que la imagen del puntito nos durase muy poco, ya que pronto alcanzaría un valor superior al que están asignadas las coordenadas del monitor, pero independientemente de la imagen, los VALORES seguirían evolucionando y el puntito seguiría alejándose de su virtual origen.

Otra de las oportunidades que nos ofrece el ordenador, es que nos permite relacionar una información con otra. Aprovechando que tenemos unas coordenadas A y C evolucionando, podemos programar que cuando C sea número par el ordenador emita un sonido «BEEP». O complicarlo mucho más y relacionar las coordenadas con la ejecución de un conjunto de mandatos que activen la iluminación de diferentes puntos del monitor con referencia de coordenadas (A,C), empleando variadas tonalidades de colores marrones, grises, rojos, etc. y resumiendo: hacer que aparezca la silueta de un cazabombardero F-16, desplazándose por dichas coordenadas.
Gracias a las enormes posibilidades que existen de relacionar las diferentes informaciones, es como se consigue que en un videojuego, el avión inexistente se estrelle contra la también irreal montaña. Si siguiésemos las secuencias paso a paso, observaríamos como existe en el programa del videojuego unas coordenadas asignadas a todo cuanto forma el paisaje (o universo virtual como técnicamente se le denomina). En unas coordenadas del monitor se nos muestran los colores de las preconfiguradas montañas, mientras que en otras nos proyecta el F-16 aproximándose hacia ellas. Pero la montaña no es en realidad más que unos VALORES (altura, anchura, profundidad, color, etc.) asignados en el programa a unas determinadas coordenadas. Al acercarse las coordenadas en las que se encuentran las asignaciones del avión a las coordenadas de la montaña, sucede que el programa está diseñado para detectar que la diferencia entre estas ha alcanzado un «valor crítico». Es justo en ese momento,cuando el avión ocupa el mismo lugar que la montaña, en el que se activa la ejecución de un subprograma. Este subprograma se encargará de representar el choque del avión con sus espectaculares efectos de imagen y sonido. Por otra parte, el conseguir que todos estos efectos visuales y sonoros del videojuego ocurran en tiempo real resulta algo de lo más complicado.

Hoy en día, al realizar proyectos de programas, los diseñadores se encuentran muy frecuentemente con el inconveniente de la velocidad de procesamiento; es decir, la rapidez con que se ejecutan los mandatos (cada línea del programa). Aunque en la actualidad (más de 700.000 millones de cálculos por segundo), es una velocidad mucho más elevada comparada con tan solo una década atrás, siempre se queda corta y es preciso recurrir a estructuras complejas de subprogramas que reduzcan o se salten los mandatos cuya ejecución inmediata no sea imprescindible. De esta manera, si la altura o velocidad del avión en un simulador de vuelo, por poner un ejemplo, es muy elevada, la resolución de los contornos de las montañas decrecerá para compensar la mayor cantidad de ellas que deberán aparecer en el monitor. Tanto las montañas, como el cazabombardero, como el espacio existente entre ellos y las leyes u órdenes que rigen el evolucionar de las sombras, velocidad, etc., es el principio de lo que se denomina «realidad virtual».
Unas observaciones que pueden reflejar bastante bien lo que es una realidad virtual, son las múltiples y ahora cotidianas escenas de anuncios televisivos y películas en donde se nos ofrecen imágenes de un objeto inexistente. El motor seccionado y en funcionamiento de un automóvil que viaja por un tórrido desierto, es un ejemplo que nos muestra la enorme similitud entre los objetos recreados y los reales. Para que una simple biela de ese motor virtual suba y baje coordinadamente con los demás mecanismos, mientras a su vez el coche se desplaza por la carretera, es necesario darle al ordenador con exactitud todas las dimensiones de la biela y el resto de piezas reales que componen cada parte del motor que interesa. Así los detalles de la pieza real (sus dimensiones), son asignados a escala en unas coordenadas de espacio virtual o ciberespacio. Esta información servirá como base de datos para que posteriormente, los mandatos encargados del tratamiento de imágenes, relacionen el espacio virtual ocupado con los colores asignados, reflejos, transparencias, etc. Todo esto consigue mostrar las concretas imágenes de cada pieza en función de sus desplazamientos en las coordenadas del ciberespacio (movimiento), la distancia del observador (escala) y ángulo (perspectiva); lo que nos proporciona esa sensación de volumen y existencia real en sus dimensiones.
Al igual que podemos detallar un dibujo realizado sobre una superficie plana asignándole unas coordenadas “X e Y”, en los programas de recreación virtual se añade una tercera coordenada de profundidad “Z”, que logra poder detallar también el volumen.
Una cosa es importante de destacar en las observaciones de este campo, y es que al programar, establecemos unos mandatos, y estos operan siempre de acuerdo a nuestra voluntad. Es decir: el avión no explota cuando le parece, las montañas no adquieren la forma que les place, ni la imagen de la biela se desplaza cuando y hacia donde le apetece, sino que se ven sometidos a las órdenes que hemos establecido desde un principio.

Otra observación a destacar, es la capacidad de los ordenadores para calcular un número aleatorio. Este número aleatorio «RND» (del inglés RaNDom «aleatorio»), consiste en la producción de una fracción impredecible de 1, por lo que si asignásemos el número del color ─C─ de las montañas del simulador a la variable (C=INT(RND(1)⋅150), cuando la fracción de 1 del ordenador fuese RND(1)= 0,59521943994623 al multiplicarlo por 150 nos daría C=88,8…, que por proximidad (mandato INT ─entero─, del inglés INTeger), resolverá que C=89. De esta manera se podrían adquirir hasta 150 colores al azar sin que pudiésemos establecer una ley definida para averiguar que color será el próximo. Este es básicamente el mismo sistema que se establece para ofrecer los premios en las máquinas tragaperras, en donde no obstante, existe un control para que en un número máximo de tiradas aparezcan todos y cada uno de los premios; el momento exacto es imposible de calcular.

Pero lo último que nos ofrece la informática, es la Inteligencia Artificial «IA». ¿Y porqué lo último?; pues sencillamente porque en un razonamiento intervienen tantos contrastes de informaciones, que ha sido necesario esperar a los rapidísimos procesadores de hoy en día para poder empezar a diseñar unos programas tan complejos. Por poner una comparación, lo que más se puede parecer a un procesador informático: nuestro cerebro, dispone, CADA UNO, de entre 20.000 y 100.000 millones de neuronas que forman una red capaz de almacenar y procesar más de 10 veces todo lo que actualmente es INTERNET (hoy por hoy, la mayor red informática del planeta). También es de destacar el engañoso bajo porcentaje de rendimiento que el ser humano parece estar obteniendo de tan potente procesador.
En la actualidad los ordenadores han puesto más de una vez en jaque a los campeones del mundo de ajedrez. Para que un ordenador realice semejante proeza y reconozca las posiciones favorables de las fichas sobre el tablero, es necesario una compleja red de transistores capaces de contrastar los billones de distintas combinaciones que se pueden dar en cada partida. Debe analizar conjuntamente todos los ataques posibles y como zafarse a la vez de los posibles movimientos ventajosos del contrario; y por muy complicado que pueda parecer el programario o diseño para procesar tal cantidad de información, debemos recordar que cualquier máquina de ajedrez, de las de bolsillo, con su reducido chip de silicio, puede ser un verdadero rival para las desentrenadas neuronas de un buen aficionado.
Cuando salto a los medios de comunicación la derrota sufrida por el campeón mundial de ajedrez Garry Kasparov a manos, o mejor dicho, a los circuitos de los chips del super ordenador Deep Blue, muchos llegaron a pensar que la capacidad procesadora de los ordenadores ya había superado al cerebro humano. Pero antes de esta derrota, existieron otros duelos. Un año antes por ejemplo, en el anterior duelo entre Deep Blue y Garry Kasparov el primero gano la partida inicial jugando con blancas; en la segunda fue Kasparov quien venció con el mismo color; en las dos siguientes acabadas en tablas fue seguramente donde el campeón del mundo de ajedrez descubrió la debilidad de la máquina: Deep Blue no era capaz de profundizar más de siete jugadas (14 semijugadas). En mitad de una partida normal se pueden realizar por término medio unos 20 movimientos que significan 400 posiciones, después de un cambio (dos semijugadas) son 160.000 las posibles posiciones, y en profundidad de 4 jugadas las combinaciones se elevan a más de 2.000.000.000. Así el enjambre de 256 chips especializados en la evolución de posiciones que formaban Deep Blue, tan solo eran capaces de procesar unas 1000 millones de estas por segundo, circunstancia que irremediablemente limitó al ordenador para detectar la estrategia de Kasparov, quien orientó sus capacidades en conseguir alcanzar una posición ganadora más allá de profundidad 7.
Parece ser que un año más tarde, Deep Blue aumentó sus capacidades y consiguió derrumbar las pretensiones de su oponente humano. Pero estos jaques cada vez más asiduos a la inteligencia humana, no es que sean posibles porque el ordenador supere al cerebro, ¡ni mucho menos!, sino porque a diferencia de los chips, que utilizan todo su potencial en cálculos de posiciones, el encéfalo humano tiene otras múltiples y muchísimo más complejas tareas de las qué ocuparse. Bastaría entrenar una milésima parte de la capacidad cerebral de una persona normal para que dejase en ridículo a Deep Blue y cualquiera de sus homólogos.
Por eso la inteligencia artificial es algo mucho más complejo que la evaluación de posiciones, y de aquí su limitación. Pero en la medida en que se dispone de mejores medios, se ha demostrado que los sistemas expertos de hace cinco o seis años que ya permitían sacar conclusiones de observaciones, han evolucionado para desarrollar la rudimentaria Inteligencia Artificial -IA- actual en la que el ordenador se realimenta de sus conclusiones y aprende de sus aciertos y errores. Esto le lleva a ser capaz de modificar su propio programa para buscar una máxima eficiencia y conseguir el objetivo prefijado.
Si antes hemos visto que el hombre observaba, relacionaba y descubría para saciar su curiosidad, hoy los ordenadores son capaces de observar (recogida de datos), relacionar (proceso de datos), y descubrir (sacar conclusiones). Las modificaciones que un programa inteligente hace para conseguir una mayor eficiencia, es comparable a las modificaciones que las primitivas células hicieron para evolucionar y transformarse en el complejísimo organismo que es el ser humano.

Un curioso proyecto experimental ha adjudicado a unas singulares IA unas peculiares formas de recoger datos. En vez de ofrecerle una información externa (mediante cámara, micrófono, teclado u otro medio), se les ha dotado de un cuerpo plano consistente en una simple y cómoda redonda. Situado ese «cuerpo» dentro de un universo también plano (con tan solo dos coordenadas), la redonda tiene autonomía para desplazarse y girar durante una determinada distancia. A cada cambio en sus coordenadas disminuye un número que representa su crédito. Agotado el crédito, la redonda «muere», ya no se puede mover. En vista a lo expuesto, el objetivo del programa en la IA de la redonda es alcanzar el mayor número posible de crédito para desplazarse.
En los primeros intentos, la IA redonda se desplaza y gira sobre sí misma por su diminuto mundo, hasta que, por casualidad, alguna figura, también plana, entra en contacto con ella (sus coordenadas han alcanzado un valor de aproximación crítico). Estas figuras, que en el monitor aparecen con distintos colores, vienen a representar unas plantas nutrientes, a las que la redonda deberá reconocer, aprender a dirigirse más económicamente hacia ellas y a discernir cuales son más provechosas. Cuando conecta con estas plantas, ha semejanza de como reciben los alimentos nuestras células a través de la membrana, el crédito de la IA redonda aumenta. Cómo la IA detecta que se ha producido ese aumento, el programa empieza a relacionar las circunstancias que han concurrido y por las cuales ha alcanzado esa conexión. Así aprende a relacionar unas valores (equivalentes a nuestros fotones o cuantos) emitidos por los nutrientes. Estas emisiones modifican unos concretos valores del programario en proporción de la distancia existente entre nutriente y redonda. La IA redonda percibe por este medio (su sentido) la distancia y posición de las plantas nutrientes.
Pero esto que lo vienen haciendo ya desde milenios nuestras células más simples, no se puede comparar con el logro con una inteligencia como la nuestra. Es cierto.
El programario de las IA redondas es mucho más amplio de lo que aquí se ha resumido. En la actualidad, distintas IA redondas ya han aprendido a comunicarse entre ellas y formar equipos para detectar nutrientes más ricos. Estamos asistiendo al nacimiento de un mundo virtual, por ahora plano, donde las primeras células vivas emprenden una evolución de autotransformación para luchar por la supervivencia. Los programas que dirigen a las IA redondas a través de su universo, ya no son los que en un inicio se diseñaron, y han escapado por completo a nuestro control. Sus acciones y movimientos son del todo imprevistos. Al existir un factor aleatorio RND que va modificando expresamente algunos valores concretos del programa, no existe la posibilidad de que dos IA redondas se comporten del mismo modo en iguales circunstancias. Podemos de esta forma asistir como espectadores privilegiados al nacimiento de este nuevo mundo, y curiosear las decisiones que tomarán al encontrarse frente a… un jugoso hexágono verde nutriente por ejemplo. ¿Gastará un elevado crédito corriendo la redonda de la derecha para llegar primero que su despistada vecina, o por el contrario avanzará despacio para no despertar el interés de su vecina y evitar perder la carrera?; ¿o tal vez decida proponerle el repartirse el bocado?.
Pero no creamos que todo esta ya hecho y que solo debemos quedarnos sentados a la espera de ver los resultados. Somos sus creadores y también podemos siempre echar una mano en retocar el programa y adecuarlo a nuestras expectativas. Pero el haber conseguido que dentro de un inerte ordenador, exista un programa con vida propia y en evolución, es una observación que cuesta de digerir; máxime, cuando las IA redondas, en sus intercambios de información o conversaciones (que las tienen), empiecen a sentir curiosidad por cómo está estructurado su universo y que leyes rigen la composición de la materia que ellas indiscutiblemente perciben.

DE LO ILÓGICO

Existen hechos incomprensibles en nuestro Universo, observaciones sin respuesta lógica, que comúnmente, nos obligan a aceptar unos conceptos heredados completamente absurdos, pero válidos ante la impotencia resultante de la ignorancia.
¿Cómo es posible que aparezcan cosas de la nada?. Nuestra experiencia nos dice que eso es absurdo. Si alguien nos dijera: ¡he, acaba de aparecer una roca enorme en el centro de mi sala de estar!; pensaríamos sin duda que se trata de una alucinación o una broma. Y si realmente existiese la roca, nos veríamos obligados a idear una teoría lógica sobre cómo seguramente el espacio tiempo se ha doblado y trasladado esa mole desde el cinturón de asteroides hasta nuestra sala de estar; o algo parecido. ¡Porque no nos engañemos! las rocas no aparecen de la nada, ¡va contra las leyes físicas el que aparezca materia de la nada!. ¿Y el universo?. ¿De donde apareció?. ¿O es que a existido desde siempre?.
Mediante teorías nos podemos aproximar a lo que creemos más lógico. Para unos será un único inicio mediante el Big Bang, para otros una creación divina, los hay que preferirán pensar que es un eterno globo de materia y energía que se hincha y deshincha, y también habrá quien apueste por que es un sueño; lo que es seguro, es que no existe una respuesta que sea por completo evidente y lógica; por tanto: 1º-EL UNIVERSO NO TIENE LÓGICA DE ORIGEN

Además tenemos el extraño fenómeno ya tratado antes de un Universo incomprensiblemente desigual y paradójicamente uniforme que desafía toda probabilidad de existencia. Nuestras observaciones nos dicen que si tiramos un dado, una vez puede salirnos un seis, dos también; hasta tres, o cuatro; pero a partir de allí, las probabilidades de que en una nueva tirada nos salga un quinto acierto, va contra toda suerte. ¿Y qué decir de mil o un billón de veces seguidas?. Sabemos del todo cierto que es algo prácticamente imposible. ¿Cómo es que entonces el Universo, al tirar sus dados, consigue SIEMPRE un seis?. Como dice la famosa frase de Einstein: «Dios no juega a los dados». Podemos crear teorías aproximativas de una predisposición del cosmos para explicar como ha podido llegar a ser como es, pero también esa predisposición se escapa a la lógica; por tanto: 2º-LA UNIFORMIDAD DEL UNIVERSO NO TIENE LÓGICA.

¿Pero y si los dados estaban trucados?. Es obvio que las fuerzas que rigen la composición de la materia, obligan a que las partículas que componen esta, siempre se distribuyan de una forma determinada. ¿De donde han surgido entonces las leyes de la naturaleza?. Hemos observado que el átomo está compuesto por un grupo numeroso de subpartículas que se mantienen en una relación de equilibrio de fuerzas; de manera que un electrón se ve atraído por el protón, pero a su vez, su inercia lo mantiene en una distancia apropiada para que pueda efectuar enlaces con otros átomos, sin que la fuerza de gravedad con que se atraen sea tan grande como para unir los núcleos. Todo es como es, gracias a un frágil equilibrio.
¿Pero cómo es posible que exista algo inmaterial como las fuerzas que controlan la materia?. ¿Dónde están escritas?. ¿Por qué son siempre iguales en todos los lugares?. Si las fuerzas nacieron espontáneamente con el Big Bang, pueden nacer nuevas, desaparecer, alterarse, ser diferentes en un sitio que en otro…
3º-LAS FUERZAS QUE DAN FORMA A LA MATERIA NI TIENEN LÓGICA DE EXISTIR, NI DEBERÍAN OBEDECER UNA CONTINUIDAD Y UNIFORMIDAD.

Nos hemos acostumbrado a vivir con la resignación de que algunas cosas son incontestables y que debemos aceptar simplemente que están así porque sí, aunque estas sean ilógicas. Y todavía existen más:
¿Cómo es posible que el Universo no tenga fin?. Es algo que también va contra la comprensión del ser humano. Nuestra experiencia nos dice que las cosas tienen unas dimensiones. Existen cosas muy pequeñas, otras más grandes y otras mucho más grandes; pero todas tienen un límite. La tierra es muy grande, pero tiene unas medidas. El sistema solar todavía es más grande, pero también tiene sus límites. Lo mismo ocurre con las galaxias y los racimos de galaxias; pero no existe una pared física que delimite el fin del Universo. La nada, ese sitio infinito en el que no existe materia ni energía, más allá de donde se han expandido los fotones de nuestro Universo. ¿Hasta dónde se extiende?. ¿Y cómo es posible que exista algo inexistente?.
Desde niños nos hemos visto resignados a aceptar que es así, que no existe una pared donde acabe, pero nunca hemos sido capaces de entenderlo ni encontrarle una lógica respuesta a esa evidente observación; por tanto: 4º-EL INFINITO NO TIENE LÓGICA.

Otras observaciones que escapan a nuestro entendimiento son los milagros. Y se deben incluir en este apartado de milagros, no solo los casos documentados de hechos ocurridos y curaciones inexplicables, estudiados a conciencia por gente docta y del que dan testimonio personas de plena confianza, sino también las revelaciones transmitidas por las distintas religiones. También se deben incluir los fenómenos llamados: «paranormales», como pueden ser el movimiento de objetos a distancia «telequinesis», lectura del pensamiento «telepatía», etc. Normalmente la ciencia trata estos fenómenos lo menos posible; en primer lugar, porque supone un verdadero quebradero de cabeza el encajar la aparición espontánea de materia (algo físico como las flores o el pan, para cuyo comportamiento están ya elaboradas unas claras teorías); o el movimiento de un objeto sin mediar ninguna de las fuerzas conocidas sobre él, que haría revisar todas las leyes de fuerza. Y en segundo lugar, es que por la difícil reproducción de estos acontecimientos, suele no existir la posibilidad de estudiar el fenómeno en un laboratorio en situaciones controladas.
Puede que se trate de una sanación milagrosa en la que la materia con la que se forma el cuerpo humano se altera increíblemente en un corto espacio de tiempo, la aparición de luces en el cielo que desconciertan sobre su evolución u origen, la incomprensible radiografía en la que se aprecia como el yogui se atraviesa el corazón con una daga y sigue viviendo, o tal vez esas inquietantes percepciones que nos informan de hechos ocurridos en otros espacios o tiempos que nuestros sentidos son incapaces de captar. Sea lo que fuere, casi todo el mundo ha sido testigo o conoce acontecimientos más o menos espectaculares que atestiguan la existencia de algo más allá de la materia y lo racional.
No nos es posible desacreditar por las buenas a miles de testimonios y casos documentados que aseveran su existencia, tan solo porque nosotros no hemos sido testigos directos o renunciamos a la credibilidad de las pruebas aportadas. Sería algo así como: desconfiar que el hombre haya pisado la luna y que todas las fotografías y películas son trucajes; y conste la patente de que existen todavía hoy en día personas que así lo creen. No debemos descalificar tan a la ligera estos hechos inexplicables que han acompañado al hombre durante toda su existencia; por tanto: 5º-NO EXISTE LÓGICA PARA CIERTOS HECHOS QUE VAN EN CONTRA DE LAS LEYES FUNDAMENTALES DE LA NATURALEZA.

Y por último, el hombre existe. Es una evidencia. Que es producto de una evolución, parece atestiguarlo distintos restos fósiles estudiados; pero afirmar que la vida apareció por casualidad, vuelve a desafiar a las exactas ciencias matemáticas y sus principios de probabilidades; por lo que aunque ilógico, puede que este sea también otro concepto erróneamente heredado.

Si como se ha expuesto, resulta casi imposible la probabilidad de que el Universo sea uniforme, no menor casualidad es que las moléculas hayan sido capaces de enlazarse para formar el ADN. La estadística de oportunidades para la formación del ARN, base para la posterior transformación en el mucho más complejo ADN, juega con tantos factores, que dada la relativa corta edad que tiene el planeta tierra, no ha transcurrido el suficiente tiempo para otorgar una mínima y aceptable oportunidad de concurrencia en las condiciones indispensables para la obtención de tan solo algunos aminoácidos. Sí es cierto que en experimentos realizados en laboratorio se han conseguido reproducir ciertos aminoácidos presentes en los organismos vivos; y para ello ha sido necesario someter un «muy poco corriente» caldo químico a unas «muy poco frecuentes» continuas descargas ionizantes. Y estamos hablando de aminoácidos, algo muchísimo más simple que la más corta cadena de ADN existente; algo así como lo que representa un ladrillo para el monasterio del Escorial. Faltan ahora: puertas, ventanas, vigas, losas, columnas, tejas, cementos, rejas, peldaños y… paciencia. Mucha paciencia, para que con todavía más casualidad, todas las piezas aparezcan espontáneamente en un correcto orden y en su debido sitio; ¡sin un solo fallo!. Pretender afirmar que los resultados obtenidos en ese caldo experimental tienen vida, equivale a decir que por poderse observar en la naturaleza grandes bloques de piedra de forma hexaédrica (seis caras), es lógico suponer que las grandes pirámides de Egipto compuestas por multitud de hexaedros, no son en absoluto obra de unos seres inteligentes sino que tan solo se tratan de unos curiosos afloramientos geológicos que probablemente los hombres utilizaron posteriormente como refugio y fortaleza. Las inscripciones que explican su construcción, podrían ser entonces seguramente una ingeniosa mentira que utilizaron para atribuirse el mérito de su capacidad constructora y atemorizar así a los pueblos vecinos; ya que por otra parte, es del todo improbable que con las rudimentarias herramientas de aquella época pudieran llevar a cabo semejantes edificaciones. Y conste que pese a la ridícula fábula que esta idea representa, en probabilidades, la aparición espontánea de la pirámide gana ampliamente al mucho más complejo ADN. Es por ello que siendo más realistas, bastantes biólogos han recurrido a teorías más plausibles que situarían el origen de la vida en los cometas, que la transportarían de ¿..?.
¡Bien, pero como quiera que sea, contra tanta improbabilidad, es patente que ha surgido la vida!. Así que aceptando otra nueva violación matemática, nos surge otra pregunta: ¿Por qué entonces evolucionamos concretamente en la dirección que conocemos y que nos hace estar aparentemente en la punta de esa otra pirámide: la evolutiva?.
Desde el primer ser unicelular que existió, hasta las complejas aglomeraciones que forman el más pequeño de los mamíferos, se observa algo en común: todo organismo vivo nace, crece, se multiplica y muere. El más sencillo de los virus contiene en su interior una cadena de ADN que es toda una predisposición química a concretos y particulares enlaces moleculares con el fin de… ¿multiplicarse?. Se puede pensar que no tiene por qué existir un fin, lo que concluiría precipitadamente con la exposición de que: «no existe una lógica meta para la evolución»; pero si así fuera, si multiplicarse fuese el objetivo, ¡no hubiese sido necesario que las células formaran equipos para transformarse en organismos pluricelulares!. Puede entonces que la multiplicación celular vaya unida a otro objetivo más elevado como… ¿una más fácil captación de nutrientes?. Este otro objetivo podría ser el que originó las agrupaciones de células, organizadas para captar y devorar las altas concentraciones de nutrientes acumulados en otras células ajenas a la organización, organismo o tribu. Ese proceso pudo ser el que desencadenó la lucha por una mejor adaptación, y en definitiva, la evolución. Pero tras esta «lógica a medias», se nos escapan ciertas observaciones que por incómodas o no percibidas, nos las solemos olvidar indebidamente.
¿Cómo se las apaña la química para evolucionar y crearse objetivos?. Podemos pensar en una evolución selectiva, en la que las mutaciones del ADN hayan favorecido ciertas construcciones. Pero si las mutaciones del ADN nacen de los pequeños errores de transcripción provocados por la acción aleatoria de agentes externos a la célula, ¿por qué no se ha dado la, relativamente fácil, probabilidad de una mutación que genere un organismo perfecto.

¿Y a qué podríamos considerar un organismo perfecto?. Una célula o grupo de células, capaces de captar los nutrientes necesarios para reproducirse, no tener la competencia de otros organismos y no sufrir una degeneración que acabe con su muerte, se podría considerar como la panacea de cualquier especie. Una simple mutación que generase varias copias de seguridad del ADN, de manera que la célula pudiese detectar las mutaciones i eliminarlas, rectificándolas y no copiándolas, acabaría para siempre con la degeneración de un organismo. ¿Por qué entonces no existen termitas inmortales?. Se puede pensar que en ese particular, las termitas habrían devorado toda la vegetación del planeta causando su propia extinción. ¡Aunque la primera termita inmortal, no podría de ningún modo ser consciente de que, lo que parece una ventaja, no lo es!. La muerte celular es solo producto de una, salvable, progresiva degeneración del ADN. Pero si no existe inconveniente para la aparición de un organismo no degenerable (inmortal), ¿por qué entre tanta evolución y tantas casualidades que nos ofrece el Universo, ninguna especie a desarrollado una mutación en ese sentido?. Y conste que en estadísticas de mutaciones, se repite de nuevo la vulneración de las probabilidades matemáticas, en cuanto al tiempo necesario para la evolución por mutación del hombre a partir de una célula transportada por un cometa desde ¿..?.
En realidad a las termitas, como a tantas otras especies, les bastaría simplemente con su voluntad para extenderse como una plaga y devorar el planeta entero; mientras que a otras, una sutil modificación genética, todavía mucho más sencilla, sería suficiente para hacerla dominar sobre las demás. Pensemos por un momento en ratas organizadas como hormigas, gacelas carnívoras, estrellas de mar super fecundas, conejos tóxicos, etc. Sin embargo, la naturaleza se autolimita a sí misma para que no estalle la catástrofe. ¿Donde está escrito ese autocontrol? y, ¿qué es entonces lo que persigue la evolución?.
Podemos pensar que la Tierra no es más que un curioso afloramiento de la casualidad, y que las termitas inmortales ya hallan podido existir en otros planetas de nuestro poblado universo; pese a todo, en la Tierra descubrimos un nuevo posible objetivo de la evolución.
Vivimos en un Universo que evoluciona. No cabe duda. Desde su inicio, las partículas evolucionaron hasta conseguir enlazarse y formar átomos, estos a su vez formaron moléculas y conjuntos de estas. Guiadas por una invisible inercia creativa o evolutiva, las moléculas se las ingeniaron para reproducirse y convertirse en ARN que posteriormente se hilvanaría con increíble acierto para transformarse en ADN. Finalmente, millones de células decidieron asociarse y formar equipo para…¿Perpetuar la materia de la que están compuestas..?. ¿Por qué perpetuar lo que siempre será perpetuo?. Y aun así, observamos la maravillosa evolución desde la materia inerte a esa otra forma que es la vida. ¿Pero porqué nace la vida?. ¿Qué empuja a la materia a adquirir esos complejos y del todo improbables enlaces moleculares que forman el ADN y que son capaces de evolucionar hasta llegar al actual ser humano?. ¿Cual es el objetivo de esa invisible orden evolutiva: Que los unicelulares evolucionen a pluricelulares para comerse a si mismos, o que los mamíferos evolucionen a hombres para dominarse a si mismos..?. Podemos teorizar cuanto queramos, pero al final deberemos aceptar nuestra incapacidad para encontrar las leyes que forzaron la aparición y continuidad de la vida; por tanto: 6º-LA EXISTENCIA Y EVOLUCIÓN DE LA VIDA NO TIENE LÓGICA DE INICIO NI FIN.

En todos estos anteriores párrafos han aparecido seis veces, destacada en negrita, la palabra: lógica. En todas las ocasiones, va acompañada de una frase que proclama la incapacidad del hombre para la comprensión de una observación patente. El Universo, halla tenido o no origen, esta aquí, es uniforme, al igual que las fuerzas que forman la materia y sus leyes de interacción. Observamos que se expande sin fronteras hacia el infinito. Además parecen existir excepciones a las que deberían ser invariables leyes. Y dentro de todo esto, aparece la figura de una forma de vida, que sin motivo de inicio y con el único objetivo aparente de conservar la especie, es capaz de experimentar algo ajeno a todo lo existente: LOS SENTIMIENTOS.

Belleza, amor, odio, bueno, malo, miedo, deseo, admiración, comprensión, ansiedad, tristeza, alegría, etc. son cosas abstractas que no ocupan un lugar físico en este Universo. Sin embargo, es innegable su existencia, y que esta, va unida a la aparición del ser humano. ¿Es entonces posible que el Universo halla evolucionado para tener sentimientos?.

Podemos resignarnos a descubrir qué filosóficas o complejas metafísicas respuestas se esconden tras estas incógnitas, o por el contrario, abrirnos a unas sencillas y nuevas observaciones que culminan con la aclaración de tantas ilógicas conclusiones.

DE LO LÓGICO

EL UNIVERSO NO TIENE LÓGICA DE ORIGEN. Sin embargo, en el interior de los ordenadores tienen origen a diario cientos de universos. Tal vez no sean tan complejos como el nuestro, pero tienen las mismas cualidades: existen dimensiones espaciales y temporales. Antes de nosotros crear nada, no existe nada en el espacio cibernético, únicamente un vacío dispuesto a ser ocupado por lo que queramos. Podemos, como he dicho, resistirnos a unas observaciones obvias y reales; pensar que el universo generado por los ordenadores es ficticio y el nuestro no, pero si avanzamos en otras reflexiones, deberemos admitir que tal vez el nuestro sea tan ficticio como el del ordenador, o el del ordenador tan real como el nuestro. Pese a toda comparación, EL ORIGEN DEL UNIVERSO en que vuela un avión virtual en un simulador ES COMPLETAMENTE LÓGICO. ¡Aunque estoy seguro de que a más de uno, nuestra lógica heredada le haga sentirse incapaz de admitir tal comparación!. Pero sin censurar prematuramente, sigamos:

LA UNIFORMIDAD DEL UNIVERSO NO TIENE LÓGICA. Sin embargo, nosotros podemos hacer que en el espacio cibernético aparezcan diversas formas tridimensionales y que todas esas formas tengan los mismos patrones. No obstante, para que todo esto ocurra, es imprescindible reconocer que el ordenador se atiene por completo a los mandatos que nosotros le damos. Podríamos programarle que hiciese la representación de 10 millones de esferas evolucionando por el espacio virtual de acuerdo a un factor aleatorio RND, lo que crearía un universo caótico, en el que toda la «materia virtual» existente obedecería un desplazamiento impredecible. O por el contrario, podríamos programar unas «leyes» o normas, gracias a las cuales, cada una de las 10 millones de esferas virtuales cumpliesen una función determinada. Es de esta forma tan sencilla como se descubre que EL UNIVERSO (en el caso del virtual) ES LÓGICAMENTE UNIFORME.

EL INFINITO NO TIENE LÓGICA. Excepto cuando lo vemos aplicado en el ordenador ¡por supuesto!.
Vemos normal y no nos sorprende que en el LÓGICO universo reproducible por un ordenador, este sea uniforme y dotado de unas lógicas leyes o mandatos que lo controlan; y que en ese universo, dos «objetos» o puntos virtuales cuales quiera, puedan alejarse todo cuanto quieran el uno del otro, sin límite alguno. Los objetos reproducidos en el ciberespacio realmente «no existen» y tan solo son una representación que el ordenador hace para nuestros sentidos; ya sea la vista (monitor), el oído (altavoces) o el tacto (traje interactivo). En esa ilusoria existencia, la distancia no es más que la diferencia entre los valores de las coordenadas entre los objetos; como estos valores son solo unos números en el programa, pueden ser más y más grandes y separarse indefinidamente. Es decir, EL INFINITO TIENE Lógica.

NO EXISTE LÓGICA PARA LOS HECHOS QUE VAN EN CONTRA DE LAS LEYES FUNDAMENTALES DE LA NATURALEZA. Pero cuando nosotros asumimos el papel de controladores del videojuego, en el que los mandatos obligan a que los aviones exploten al chocar contra las montañas, podemos vulnerar el programa y modificarlo para que eso no ocurra. Nos podemos sonreír al ver con qué facilidad se pueden transgredir las leyes de ese universo; e incluso la relativa sencillez para poder hacer que una montaña, al mandato nuestro, se arroje al mar. En estos casos determinados, sí percibimos claramente que SÍ EXISTE LÓGICA PARA LOS HECHOS QUE VAN EN CONTRA DE LAS LEYES FUNDAMENTALES DE LA NATURALEZA (VIRTUAL).

LA EXISTENCIA Y EVOLUCIÓN DE LA VIDA NO TIENE LÓGICA DE INICIO NI FIN. Y aquí llegamos al punto y final de los contrastes en donde se plantea el motivo de la existencia y evolución de la vida.
Puede que si tomamos como ejemplo a las Inteligencias Artificiales -IA- redondas, encontremos unas respuestas evidentes. El objetivo, por muy distinto que nos pueda parecer, es siempre el mismo: evolucionar el programa para cumplir con los mandatos deseados por el programador. La información de todo el desarrollo y evolución no está escrito como pueda parecerselo a las IA en el interior de su redondo cuerpo, sino que reside en un programa del todo ajeno a lo que para las IA redondas es la materia de su universo; una existencia, imposible de captar por sus sentidos.
Las IA redondas pueden ser tomadas por simples, y su universo por una mala caricatura del nuestro, pero en realidad, la riqueza de detalles está solo limitada por la cuestión de capacidad de información y procesamiento de los ordenadores. Donald Tomalia, científico de Michigan (EEUU) construye en la actualidad dendrímeros, moléculas de polímeros, diseñadas por ordenador. Poseen una estructura química tridimensional y virtual reproducida por ordenador, capaz de multiplicarse; y ha expresado su opinión de estar convencido de que se llegará a edificar un mundo artificial tan complejo como el biológico.
Es así que para este particular, EL INICIO Y EXISTENCIA DE LAS IA REDONDAS, ASÍ COMO SU EVOLUCIÓN, CONTROL Y FIN, ES DEL TODO LÓGICO.

RELACIONES

A tenor de lo expuesto, es muy probable que el lector ya halla conseguido relacionar dónde van a parar todas estas observaciones, y halla también decidido que las pretensiones de comparar la realidad virtual con nuestra realidad estén del todo fuera de lugar y sean absurdas e insostenibles. Reto pues a que, ahora, justo antes de pensar que es vano seguir adelante leyendo, diga en voz alta: aquello que diferencia la realidad virtual de la real.

Tal vez empiece el lector a experimentar… ¿miedo a la Verdad?
Hace falta algo de valor para aceptar la aplastante semejanza. Lo más sencillo es decir: ¡Está claro que una piedra virtual no se puede coger como una real!. Pero esta respuesta, es tan solo el fruto de una precipitada irreflexión falta de objetividad.
Tan solo 50 años atrás, era imposible llegar a asociar y relacionar lo que en esta obra se expone; no por que el hombre actual sea más inteligente que nuestros padres o abuelos, sino simplemente porque hace 50 años, no existían las observaciones presentadas, y que son imprescindibles para descubrir las relaciones que a continuación se expondrán. Por poner un ejemplo: fue indispensable el conocimiento de la electricidad para imaginar las aplicaciones que posteriormente se han hecho de ella.

Al igual que los contemporáneos de Copérnico debieron cambiar su LÓGICA visión de que el sol sale por un lado y se pone por el otro, y por lo tanto va dando vueltas al rededor de la tierra; ahora nos toca a nosotros desterrar la presunción de que nuestro Universo sea el ombligo de la creación y abrirnos a la LÓGICA puerta que nos muestra ampliamente nuevos universos con identidad propia. Estos universos, que, no son los retorcidos y teorizados paralelos, sino los palpables y comúnmente recreados por los ordenadores. En ellos se recrean los espacios virtuales, tan infinitos como el nuestro, con una base física un tanto abstracta como la nuestra, y que no obstante, pueden responder a los exámenes más rigurosos que intenten descalificarlos de poseer una materialidad tan consistente como la del papel o pantallas en donde se muestran impresas estas letras.
Si recordamos lo que diferencia a una teoría de una ley, sabremos que para demostrar que nuestro universo es del todo comparable a un universo virtual generado por ordenador, nos será preciso poder reproducir a voluntad resultados idénticos. Es decir, si nosotros somos capaces de construir un universo virtual, exactamente al nuestro en un ordenador, cuantas veces queramos; podremos establecer que por ende, también nuestro universo a podido tener igual origen. Que esa evidencia sea de nuestro gusto y acabe siendo aceptada, será ya otra cuestión que dependerá en mucho de nuestro grado de objetividad y nuestra capacidad para desterrar obsoletos conceptos erróneos.

Estamos en la fase en la que, si somos buenos observadores, intuiremos que de seguir frotando con más rapidez el palo, acabaremos originando una llama como la de la hoguera. Es una experiencia esta, la de intuir, que hace sentir un nudo en el estómago al aproximarse a la resolución. Puede que no lo tengamos tan claro como el que frota convencido, y tomemos con escepticismo la lógica aparición de la llama; en ese caso, seremos uno más de tantos incrédulos que esperan a ver para creer, y que desde su cómoda posición, siempre están dispuestos a cambiar burlas por loas. Pero si pese a la predisposición heredada de no remover el incómodo polvo de ciertas observaciones, decidimos sacar el plumero, con toda seguridad que tras dar ese costoso y valiente paso, notaremos el tambalear de nuestras ideas, y aunque el polvo levantado nos molestará, enturbiará la visión e intoxicará el razocinio, esta decisión conseguirá finalmente convertirse en una fresca corriente de aire que nos llenará de comprensión y abrirá las puertas de nuestra mente a unas nuevas dimensiones y a una reluciente nueva era de conocimiento.
Vamos ahora a intentar que esa llama acabe surgiendo. Intentemos conseguir como predica la definición del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: «una realidad primaria espacial de la que estén hechas las cosas,perceptible por los sentidos, y opuesta a la espiritual». Pero claro está, en este caso, la materia se deberá percibir, ver, medir, oír, palpar, saborear y oler por seres inteligentes compuestos por esa misma materia, para los cuales, nuestras dimensiones encajarían en ese opuesto e incomprensible Olimpo espiritual, hogar de ángeles, almas y dioses creadores y todopoderosos.

¡Pero cómo se puede pretender comparar una simple piedra virtual con una sólida de real!. Seguirá seguramente devanando nuestra razón.
Son nuestras cotidianas dimensiones las que nos crean el primer rechazo a la aceptación de tal pretensión. Y aunque está sobradamente expuesto y demostrado por la ciencia la verdadera vacua estructura de nuestra «sólida piedra real», la ilusión que produce en nuestros sentidos es tal, que por su aparente consistencia, nos inhibe de aceptar compararla con otra reproducida en un monitor; que la evidencia nos advierte de su inexistencia.
Pero seamos pacientes y buenos analistas, e intentemos desacreditar científicamente, con la lógica razón, esa pretendida semejanza. Dejando en un irremediable margen a la insuficiente capacidad actual de los ordenadores para guardar y procesar toda la información que nos sería necesaria para la demostración, observaremos antes de nada, que los resultados a pequeña escala son perfectamente trasladables a otra escala mayor. Para entenderlo mejor: si conocemos la energía que desprende la combustión de un litro de gasolina, podremos igualmente calcular y determinar la energía que liberaría cualquier otra cantidad de gasolina. Si 2 y 2 son 4 y 22 y 22 son 44, podemos postular sin temor a equivocarnos que 2*10 elevado a 100 (una cifra inimaginablemente grande) multiplicado por 2, es igual a 4*10 elevado a la 100. O que si podemos reproducir fielmente con los actuales ordenadores el comportamiento de un cualquier concreto volumen dado de espacio-tiempo virtual semejante al de nuestro Universo, con otros ordenadores más potentes, se podría reproducir un volumen mayor. Tratemos pues de encontrar un volumen espacio temporal concreto de nuestro Universo que sea del todo irreproducible por un ordenador, y así tendremos la certeza de que las piedras virtuales no son tan reales como las reales.
Puede que la dificultad este en recrear una neurona de un prodigioso cerebro humano, o una de las complejas moléculas con las que se formaron las primeras células, pero buscaremos algo todavía mucho más complejo de reproducir, por ejemplo: un trocito de núcleo solar.
Para ello es imprescindible que en este ejemplo, como en cualquier otro de los volúmenes virtuales que queramos reproducir por ordenador, tengamos en cuenta hasta la menor de las subpartículas y sus singulares características con las que dan forma a cada átomo, situarlas correctamente en las coordenadas del ciberespacio y dotarlas de las mismas funcionalidades. Dada la reiterada limitación informática, el espacio del volumen escogido deberá ser muy pequeño, y el tiempo, acondicionado a la velocidad de procesamiento de que dispongamos. De tener una memoria muy grande, el espacio reproducible sería mayor; al igual que si tuviéramos un procesador muy rápido, haría aumentar en proporción la velocidad o evolución de la información a tratar (tiempo virtual).

Pongamos que en una fracción de milímetro cúbico de núcleo solar vienen a existir del orden de un billón de partículas fundamentales; es decir: Quarks up, quarks down, electrones y electrones neutrino. No podemos conocer la situación exacta ni las intensidades de fuerzas de cada una de esas partículas; ¡tampoco eso importa!, aunque sí deberán atenerse a unos parámetros conocidos. El parámetro sin duda más incomodo es el que respecta a la impredecibilidad de la mecánica cuántica. Hay que resignarse a que, en la exploración más íntima de la materia, todavía existen en el conocimiento del hombre muchas lagunas sobre su compleja estructura y comportamiento; pero el hecho de que en un futuro se puedan observar, medir y resolver esas lagunas, implica que con toda seguridad también serán emulables. Por ahora reproduciremos todo cuanto hemos observado y medido. Tampoco podemos exigir recrear algo que ni tan siquiera hemos observado detalladamente todavía.
El núcleo solar se encuentra en estado plasmático. El estado de la materia va estrechamente ligado a la temperatura o energía que envuelve a los átomos y sus enlaces. En el primer estado: «sólido», el más frío, sucede que al alterar el equilibrio en que se encuentran las cuatro fuerzas básicas (aumento de temperatura), sus núcleos atómicos y moléculas que están unidas por enlaces bastante estables de electrones empiezan a deshacerse pasando: o bien al segundo estado:»líquido», en el que los enlaces moleculares todavía persisten, aunque son mucho más fáciles de romper, o directamente mediante la sublimación al tercero: «gaseoso», en el que dichos enlaces se pierden, quedando átomos y moléculas libres. Al seguir aumentando la temperatura, se consigue que las fuerzas que mantienen unidos a los núcleos y a sus electrones también sean desestabilizadas, con lo que la materia adquiere el peculiar cuarto estado denominado: «plasma», en el que protones, neutrones y electrones se mueven independientemente libres de enlaces. Por eso este es probablemente el estado más caótico en el que se puede observar la materia, y por tanto, el más difícil de emular en un ordenador. Pero por muy aleatorio que nos pueda parecer el comportamiento de las partículas en el estado plasmático, eso no quita algo muy peculiar en la materia: Aunque la posición exacta de las partículas no pueda nunca determinarse con exactitud, sí que, independientemente de su localización, responderán a todas y cada una de las fuerzas que actúan sobre ellas. Y aunque en determinados experimentos existe una doble e impredecible respuesta, los porcentajes son siempre calculables, y en cuanto que calculables, susceptibles de ser reproducidos por ordenador.
Diseñar el complejo programa informático que sería necesario para reproducir ese diminuto espacio virtual, no es la finalidad de esta obra, ni creo que en mis posibilidades entrase el poder realizarlo; y aunque sin duda existen interesantes proyectos al respecto, con todo mi respeto, sí quiero exponer cómo se podría estructurar un boceto de «universo cuántico virtual».

Para recrear una fracción de milímetro cúbico de plasma solar, es indispensable determinar las distancias reales aproximadas entre las diferentes partículas que nos podemos encontrar en ese diminuto espacio plasmático, por ello una vez calculadas, se deberán trasladar a escala, adjudicando las distancias de cada partícula real a las de los correspondientes puntos virtuales «PV». Como no pretendo ni mucho menos el aventurarme a dar cifras concretas, postulemos primero que tenemos una proporción determinada N1 de quarks up y otra de N2 quark down, N3 electrones y N4 neutrinos de electrones. El programa informático debe por tanto distribuir cada N partículas en las coordenadas X,Y,Z. Esto por su magnitud podría verse como un trabajo imposible de llevar acabo en una sola vida, pero es aquí donde las matemáticas del caos nos pueden echar una mano.

Lo que haremos, en vez de asignar coordenadas partícula por partícula, será calcular el fractal mínimo típico del plasma solar. Es decir: El núcleo solar es enorme, pero básicamente, un metro cúbico es igual que otro y sirve de modelo para representar un kilómetro o mil kilómetros; y aunque al aumentar, sí hay diferencias sustanciales entre una porción de sol y otra (pues no es simétrico), estas diferencias porcentuales también pueden originarse con una función que controle la evolución del fractal. De lo que se trata, es de esquematizar un grupo de tan solo unos centenares o miles de partículas que sirvan de fiel modelo a un posterior y grandioso milímetro. Nos es necesario un conjunto con identidad propia, al que sea más fácil calcularle las funciones matemáticas concretas que determinarán las distancias entre cada partícula en relación con sus intensidades de fuerzas. Dado que las hemos observado en la realidad una por una y conocemos sus características y media de distribución en estado plasmático, haremos que sea el mismo ordenador quien se encargue de distribuir las partículas virtuales con el mismo modelo fractal que el observado en la realidad. Y aunque como se ha expuesto: «una situación exacta es impredecible», un factor porcentual RND podrá reproducir esa impredecibilidad dentro de los calculados límites que sí hemos determinado en la realidad. Es decir: si un electrón tiene un 50% de probabilidades de tener espín derecha, un factor RND puede otorgar aleatoriamente a nuestros electrones virtuales igual porcentaje. Si en determinadas circunstancias el porcentaje puede variar, también el ordenador puede hacer variar el factor RND ante semejantes circunstancias. Una vez realizado esto, las proporciones en la distribución deben ser obligatoriamente idénticas a las que conocemos del plasma solar que hemos observado. Como en realidad ese plasma no se observa con todo detalle, lo que obtendremos será un plasma virtual, tan idéntico al real, que incluso reproducirá la falta de detalles. En cuanto que la observación sea en un futuro más completa, también la reproducción lo podrá ser.
Lo que se intenta al exponer la practicabilidad de recrear virtualmente un trozo de plasma solar, es el desterrar diferencias entre la materia virtual y la real. Si propusiese comparar la montaña con la que el cazabombardero choca en el videojuego con una montaña real, pronto saltaría la evidencia de que la montaña no es de rocas, o que estas no tienen las mismas cualidades que las reales, o que en los fragmentos en que se rompen no se observa una composición molecular, o que las moléculas virtuales no tienen átomos, o que los átomos virtuales no tienen electrones; pero si empiezo por recrear un electrón virtual, que cambia de posición relativa respecto a un puñado de quarks virtuales que forman un núcleo atómico, que a su vez evoluciona en sus coordenadas de acuerdo a las funciones con otros átomos virtuales, y que en conjunto con estos se desplazan para compartir electrones virtuales con otro grupo de átomos virtuales y formar moléculas… la cosa puede ser más fácilmente aceptada. Pero como todavía cabe el más difícil todavía estado plasmático, donde resulta caótico el calcular la evolución de cualquier partícula, de hay el empezar por aquí.
Cabe además con esta forma de contemplar la física y reproducirla, la posibilidad que al intentar emular el fiel comportamiento de la materia virtual, nos encontremos con la sorpresa de acabar conociendo mucho mejor la constitución de la real. Por ejemplo, las aparcadas teorías de David J.Bohm y sus fórmulas para determinar las funciones de onda, encajan como anillo al dedo a la hora de elaborar las funciones que deberían controlar la evolución informática de puntos virtuales. Es por ello que el investigar en las exigencias que nos impone el crear materia virtual, puede hacernos descubrir algunas fantásticas y lógicas conclusiones sobre la intrínseca identidad de nuestro Universo.
Pero continuando en la reproducción de nuestro pequeño trocito de sol, reconoceremos que saber distribuir correctamente puntitos con nombres particulares en unas coordenadas, no significa en absoluto haber creado materia. Hay que tener en cuenta que al distribuirlos, también hemos tomado en consideración sus relaciones e intensidades de fuerzas, por lo que en el programa, junto a las coordenadas X,Y,Z, se deberán asignar a cada uno de los puntos virtuales sus valores de interacción que representarán los condicionantes de movimiento que en nuestro universo conocemos por fuerza electromagnética, gravitacional, fuerte y débil. Estos valores de Fuerza Virtual «FVn» serán los que posteriormente determinarán la evolución de los puntos en las coordenadas X,Y,Z, (movimiento y tiempo virtual), en correspondencia con las influencias del resto de valores ─FVn─ asignados a las demás partículas virtuales.
Sería lógico que los mandatos del programa se diseñasen de forma que el ordenador analizase secuencialmente uno por uno todos los puntos, de manera que en relación a las distancias y los valores, determine si se debe producir o no el cambio de posición en las coordenadas de cada particular punto en una de las seis direcciones posibles: +X,-X,+Y,-Y,+Z,-Z; es decir: arriba, abajo, a la izquierda, a la derecha, hacia delante o hacia detrás. Esto nos obligaría a la aparición de algunas inevitables particularidades:

1ª -Es preciso realizar las funciones del cálculo de movimiento y características de las partículas virtuales secuencialmente, uno por uno cada punto virtual (PV). Por tanto, un mismo PV no podrá volverse a analizar mientras no hallan sido evaluados todos y cada uno de los restantes.
2ª -La distancia recorrida por un PV en un momento dado siempre será la unidad «1». Ya que de ser un resultado por ejemplo X=X+2, en el que el PV se desplazaría 2 puntos en la coordenada X, al analizar el movimiento del siguiente Punto Virtual no se podría tener en cuenta el momento en que el primer PV se encontraba entre 0 y 2, imprescindible para calcular una evolución ordenada y uniforme.
3ª -Todos los puntos virtuales cuando efectúan un desplazamiento lo hacen a la velocidad de la luz. Dado que 1 punto por análisis es lo máximo que se pueden desplazar, esto obliga a que las velocidades inferiores se correspondan a la inmovilidad con aumento a la tendencia de movimiento.
4ª El cálculo de la tendencia de movimiento se resolverá por la relación entre los distintos valores FVn con los demás puntos, y al alcanzar un factor crítico, será cuando se producirá el movimiento (cambio en una de las coordenadas).
5ª-Las funciones matemáticas utilizadas para el cálculo, deberán obtener valores enteros, pues un resultado decimal obligaría a extracciones infinitas. Es decir, los resultados pueden ser 14 o 123.467, pero no 7’66666…o 3’141592…
6ª -Los diferentes valores de las fuerzas FVn de un punto virtual cualquiera, deben de tener una relación con los valores del resto de PV, siendo esta relación proporcional a las particularidades de cada punto, ya sea el propio de un electrón o un quark, y a la diferencia de sus coordenadas (distancia).
Tampoco significa esto que las Fuerzas Virtuales FVn deban afectar a todos los PV del «universo», sino que dependiendo de que sea más grande o más pequeña, podrá afectar a más o menos PV en una extensión determinada y con una relación dependiente. Efecto este que también podría ser homologado con los campos de fuerza y las distintas intensidades y frecuencias de onda que puede presentar una misma partícula real.

Para conseguir que todos estos PV cobren movimiento, es imprescindible aplicar una formulación matemática exacta que determine para cada momento «la evolución de onda» o cambios de los valores de la FVn que a su vez determinan el movimiento; y a la vez, establecer una regla estadística que compense la inevitable carencia de los valores FVn más allá del sistema. Es decir, al reproducir la fracción de milímetro cúbico de sol virtual, hay que tener en cuenta que ese espacio tan diminuto, se encuentra en ese estado a causa también de unas fuerzas virtuales externas que le condicionan, por ello, una regla estadística puede hacer que el milímetro cúbico se comporte de acuerdo a lo que el conjunto de los valores adyacentes le propician sin tener que analizar uno por uno cada P.V. Sin embargo, de ser la reproducción de un Universo completo en vez de la de una porción, no sería necesario establecer ninguna estadística, ya que su evolución solo se debería a las implícitas FVn de todas sus partículas virtuales. Pero como hoy por hoy resulta descabellado el proponer un Big Bang virtual donde billones de billones de puntos virtuales evolucionen de acuerdo a unas apropiadas leyes generales, es mejor centrarse en lo que sí se puede conseguir: un diminuto pero genuino conjunto de partículas básicas danzando al son de una mágica y poco aleatoria coreografía.

A continuación expongo como podría suceder el desarrollo de un análisis particular cualquiera de un punto virtual concreto llamado: PV297N3

1º -Obtendríamos los valores concretos de PV297N3, en los que Xn, Yn y Zn sería su situación. Por corresponderse N3 a un electrón, asignaríamos sus Fuerzas Virtuales de acorde a como sería en la realidad: Valor de fuerza electromagnética FVE=n, gravitacional FVG=n, fuerte FVG=n, débil FVD=n y no nos olvidemos del espín ¢=INT(RND(1)⋅2), «50%».
2º -Ahora le diremos al ordenador que opere solo una vez PV297N3 con todos los PV del programa. Pongamos que el primer PV se llama PV1N1 y es un quark up, situado en las coordenadas Xsn, Ysn y Zsn; con unas fuerzas virtuales FVsn de diversas magnitudes: FVEsn, FVGsn, FVFsn y FVDsn.
3º -La suma de las diferencias positivas entre Xn con Xsn, Yn con Ysn, y Zn con Zsn, nos dará un valor £ que aumentará en relación a la lejanía virtual.
4º -Las relaciones entre las FVn y las FVsn, formarán numerador con el divisor £, de manera que al ser £ más pequeño, significará que los PV están más cerca y aumentará los resultados de las relaciones que llamaremos Er,Gr,Fr y Dr.(Electromagnética, Gravitacional, Fuerte y Débil)

Después de estos cuatro pasos, pasaríamos a analizar como afectan a PV297N3 el resto de partículas virtuales -PV- y sumariamos las relaciones Er, Gr, Fr y Dr con las nuevas Er, Gr, Fr y Dr obtenidas.
Al llegar a la última PV, los finalistas resultados Er, Gr, Fr y Dr, entrarán en contraste con la regla estadística, obteniendo así los definitivos nuevos valores FVn, que a su vez determinarán el cambio o no de posición.

Así sería resumidamente el análisis de un punto virtual cualquiera. Hay que pensar que el ordenador deberá someter a este mismo análisis a cada uno de los restantes. Y lo que obtendremos después de analizar repetidas veces a todo el conjunto de puntos virtuales, será una evolución ordenada de estos. Ordenada dentro de lo que cabe, ya que será tan ordenada como en el plasma solar real.
El que esta fracción de milímetro cúbico sea de plasma solar, de líquida agua, gaseoso ozono o sólida piedra, tan solo tiene a ver con unos valores concretos en las relaciones de las FVn entre las partículas virtuales. En el plasma, un elevado valor gravitacional (FVG) altera el resto de los valores. Se imita así la circunstancia en que la gravedad hace que la presión entre átomos y moléculas se transforme en calor elevando el valor FVE de los electrones, que a su vez perderían sus órbitas aproximándose a los núcleos en los que alteraría la FVD quedando protones y neutrones también libres, y que a su vez cederían o transformarían el valor de su FVF.
Dejo a los físicos especialistas la más exacta definición de la interactuación que ocurre en cada complejo estado de la materia. Pero a pesar del complejo modo en que lo hace, debe quedar bien asentado que cuando FVG disminuya, dará opción a que en ese cultivo rico de PV se establezcan relaciones (enlaces) que propicien los otros tres estados de la materia.
El encontrar la exacta relación de las FVn para reproducir cada conocido volumen de Universo es un trabajo de numerosos cálculos y pruebas, del que estoy convencido que además de demostrar la correlación, a ayudado y ayudará a desentrañar muchos comportamientos físicos ahora inexplicables. El mismo modelo de calculo de valores y relaciones expuesto anteriormente, es de aplicación para recrear cualquier volumen espacial conocido; incluso en el que se inscribe el ADN de una célula, pero desisto de una extendida exposición de peculiares funciones y relaciones. Queda no obstante un paso todavía muy importante.

Aunque dispongamos de unos valores repartidos en un ciberespacio, seguramente nos costará mucho admitir que eso pueda ser lo mismo que una materia tan palpable y real como la nuestra; por eso debemos continuar, y observar cómo podrían percibir esa sopa de puntos virtuales unas inteligencias constituidas por esos mismos puntos “inexistentes”.

Las retinas de nuestros ojos no funcionan tan diferente de como lo podrían hacer unas retinas compuestas por materia virtual. La retina esta repleta de células fotorreceptoras que funcionan gracias a la organizada cadena electroquímica que ha sido estructurada por los genes. Cada molécula que forma una de las cuatro bases del ADN genético de la célula, es un conglomerado de diferentes átomos, tan vivos como pueden ser los de un trozo de carbón. Todos esos átomos tienen por base material a los cuatro tipos de partículas ya conocidas y sobradamente expuestas, que se relacionan con las cuatro clases de fuerzas fundamentales. De esas partículas, ya hemos observado que lo único físico que podemos apreciar son los cambios de valores que propician en las partículas del instrumento detector o en las de nuestros sentidos. Cuando un fotón vibra en una longitud de onda determinada, no podemos identificar ninguna diminuta bolita que venga haciendo eses en dirección a nuestro ojo, aunque al llegar a la retina, experimentamos que el equilibrio de fuerzas en los átomos que la componen reciben una perturbación determinada. Esta perturbación, dependiendo de la longitud de onda del fotón, desencadenará la liberación de uno o varios electrones que mantenían un concreto enlace molecular dentro de nuestra célula. Al romperse la molécula, los fragmentos, libres de enlaces, desencadenan otras reacciones químicas, hasta que al final, consiguen que de la membrana celular salgan unas moléculas que excitarán con sus enlaces las dendritas de las neuronas, que a su vez, harán continuar la reacción una tras otra hasta el cerebro. Allí es donde acabamos teniendo el conocimiento de haber percibido una determinada alteración en la estructura molecular de nuestro encéfalo, la cual nos informa de una pequeña perturbación captada por el ojo procedente de unas coordenadas determinadas. Con ayuda de las múltiples informaciones recibidas gracias a millares de estímulos activados por millares de fotones, y comparando las recibidas de un ojo con las del otro, podemos liberar un complejo torrente de reacciones químicas que sabemos moverán todo el cuerpo en una dirección determinada. Pongamos que la longitud de onda se corresponde a lo que en lenguaje hemos asociado con la palabra rojo. Al acercarnos, la cantidad de reacciones asociadas a la frecuencia de onda roja aumentará y nos confirmarán ciertas probabilidades. Así podremos decidir enviar un nuevo chorro de estímulos, que por experiencia anterior, sabemos que conseguirán que la mano alcance las coordenadas del objeto rojo. Esta simple operación, la de coger algo, es algo que nos llevó casi 2 años de practicas cuando eramos bebés. Reconocemos la forma del objeto rojo y lo asociamos en nuestras experiencias con un conjunto de perturbaciones similares al que previamente en nuestro cerebro aceptamos relacionarlas a la palabra: manzana. Al cogerla, la fuerza de gravedad con que la tierra atrae la manzana debe ser compensada por una presión de nuestra mano sobre ella. Esta acción produce una alteración molecular en la manzana y en otras células de nuestra piel, que desencadenan de nuevo el torrente de reacciones electroquímicas. Hay que tener en cuenta que estas reacciones, no son bolitas de billar chocando en sucesión, sino un enorme conjunto de alteraciones de lo que nos hemos puesto de acuerdo en llamar: partículas. Alteraciones tanto del lugar ocupado en el espacio, como de las intensidades con que las percibimos.
¿Acaso no nos es posible, al igual que con el plasma solar virtual, recrear en el ciberespacio un gigantesco conglomerado de partículas virtuales ─PV─, con las ajustadas posiciones e intensidades de fuerzas que en nuestro universo conforman un cuerpo humano?.
Antes de decir a ciegas ¡Imposible!, pensemos en: ¿Qué concretamente lo puede hacer imposible?. ¿Qué átomo de nuestro cuerpo no puede ser reproducido virtualmente?.

-Para empezar, el hombre es más que un conjunto de átomos o partículas que forman las células del cuerpo humano. Tiene sentimientos.

A esto hay que objetar que en nuestro Universo no se pueden detectar físicamente los sentimientos, por lo que solo cabe la posibilidad de que estos sean los efectos de unas concretas reacciones electroquímicas en nuestro complejo cerebro que hemos asociado a un gran cúmulo de experiencias. De recién nacidos no experimentamos la belleza o el miedo, sin embargo, hay que reconocer que la evolución, ha debido transmitir en nuestro bagaje genético el reconocimientos de algunos singulares estímulos exteriores. Todo esto no tiene otro motivo que proteger al cuerpo. Cuando hay un ruido fuerte cerramos los ojos para protegerlos; incluso sin querer. El miedo de un recién nacido a una determinada expresión de nuestro rostro que unido o no a unos gruñidos consigue asustarle, significa que a través de sus sentidos, le hemos transmitido un conjunto de informaciones que activa otro conjunto predispuesto en los genes. La finalidad: provocar el llanto y la consiguiente alerta y protección de los padres; una bestia horrible le amenaza. Hasta la inexplicable sonrisa del bebe a sus progenitores puede ser tan solo un heredado reclamo para una mayor atención. Al crecer, las experiencias nos hacen capaces de dominar estos reflejos electroquímicos heredados, no sentimientos.

-¿Y la inteligencia?.

La inteligencia, tanto humana como animal, es en parte transmitida con los genes; pero en las personas, con la aparición del lenguaje, es pasada de generación en generación. De esta manera, los frutos de muchos años de conocimientos no desaparecen, sino que al ser transmitidos a los descendientes, estos aprenden a resolver problemas, que a su vez aportan nuevos conocimientos. El lenguaje es lo que ha conseguido que el hombre se despegue del resto de los animales. La obtención del fuego no muere con su descubridor, sino que la siguiente generación ya nace con la ventaja de poder obtenerlo cuando les plazca. El relacionar que de las semillas salen nuevas plantas, no muere con su descubridor sino que consigue que sus descendientes centren sus esfuerzos en mejorar los sistemas de cultivo. En relativamente muy poco tiempo, la especie humana se hace conocedora del medio.
La inteligencia físicamente no consiste en nada más que en relacionar experiencias que nos vienen desde el exterior a través de los sentidos. El hombre, dedica más de una tercera parte de su vida a estudiar y aprender observaciones y relaciones hechas antes por otros hombres.

-¿Pero cómo se puede pretender que un puñado de partículas sepan distinguir entre el bien y el mal?
A esto hay que señalar que el bien y el mal es tan subjetivo como los sentimientos. Un perro relaciona un buen comportamiento con la obtención de alimento y uno malo con una regañina. Cuando el hombre forma sociedades, nace la necesidad de distribuir obligaciones y se crea un estado jerarquizado. El jefe dicta las tareas, recompensas y castigos, con lo que aparece el hecho de tener que realizar algo que no es voluntad propia. En el reino animal la subordinación también se da, aunque desconocemos si despierta las mismas experiencias que sentimos los humanos.
Algunos comportamientos, como sucede con los sentimientos, podrían estar insertados genéticamente para reconocer situaciones concretas, no deseables para la mejor evolución de la especie. Como pensaba Cicerón: «El juzgar no sale de una opinión, sino que viene inserto en la naturaleza del hombre». Sin él, los hombres se aniquilarían unos a otros, se degradarían, se animalizarían. La evolución del hombre precisa de esa invisible ley natural interna que nos dice: no robarás, no matarás, no engañarás, etc.
Pero no obstante, parece más seguro que el emitir un juicio pertenece al resultado del aprendizaje; ya sea directo o por medio de terceras personas. Al analizar los resultados derivados de un comportamiento y los resultados de otro, identificamos el satisfactorio como bueno, mientras que el insatisfactorio es malo.

El hecho de que alguien se lleve nuestra chaqueta en un bar, lo podemos identificar como una perdida que nos obligará a desembolsar un dinero en comprar otra nueva, y por lo tanto: «una mala experiencia». Creemos entonces que realizando la misma acción en otra persona, reproduciremos la experiencia desagradable que hemos experimentado. Con esto, un grupo de personas que han experimentado igual injusticia, llegan a postular: Robar esta mal. Sin embargo, cuando se trata de un concurso televisivo en el que tienes que conseguir que te roben la chaqueta en un bar para ganar el premio consistente en un magnífico coche, en el momento de producirse el hecho, se desencadenará probablemente una experiencia muy positiva. Si ha una persona, En todas las ocasiones que le han robado algo ha obtenido una experiencia agradable, es muy probable que se dedique a llenar su perchero con chaquetas ajenas, convencida de estar haciendo un inmenso bien a los demás. Pero sin llegar a extremos absurdos, sí podemos encontrar muy bien en nuestra sociedad: religiosos que al ser víctimas de un robo, no solo piensan que cubren una necesidad ajena y confían en una mayor recompensa futura, sino que obtienen una experiencia realmente agradable del hecho. También el fanatismo puede llegar a tomar la muerte propia y ajena como un hecho positivo.
Normalmente en un estado social y democrático, a la hora de juzgar se suelen tomar en cuenta los varemos que la inmensa mayoría de sus habitantes expresan; pero aun así, podemos ver como diferentes culturas pueden divergir en algunas legislaciones; esa es una prueba más de la subjetividad que envuelve la interpretación del bien y el mal.

-¿Y la voluntad, también es producto de esas reacciones electroquímicas?.
¡No cabe duda!. La voluntad no es más que la respuesta electroquímica más o menos óptima que damos al conjunto de experiencias que nos llegan del exterior; que por cierto, está condicionada casi exclusivamente por el aprendizaje y el correcto funcionamiento físico del cerebro. Como todo lo abstracto tratado hasta ahora: sentimientos, inteligencia, juicio y ahora voluntad; pertenece todo por entero a una subjetividad producto de nuestra enorme capacidad de relacionar experiencias. Cómo se las ha organizado la naturaleza para conseguir que el enorme conjunto de neuronas que compone nuestro cerebro sea capaz de funcionar así; es algo tan complejo que escapa a nuestra comprensión.

No se me ocurre otra característica humana que poner a prueba. Hemos visto que como intenta fundamentar la ciencia, todas las que dan identidad a un ser humano se resumen a las complejas reacciones en el cerebro que dependen de la disposición de la materia con la que está compuesto. Una materia que somos capaces de emular por completo en un ordenador. Podemos hacer evolucionar correctamente un electrón virtual, un átomo, y hasta un conjunto de átomos. Sin duda llegará el momento en que nuestra capacidad informática pueda con toda una célula o todo un cuerpo. Por lo tanto: ¿Qué diferenciará los procesos electroquímicos de nuestro cerebro con los procesos virtuales?. Si nuestros sentimientos son fruto de la materia gris, ¿no cabe esperar idénticos sentimientos en la materia gris virtual?. ¿Qué puede impedirlo?. Tras darle muchas vueltas y estudiarlo a fondo, la respuesta es siempre la misma: No existe nada físico que no se pueda emular virtualmente, por tanto, cualquier observación rigurosa que contradiga la viabilidad de sentimientos virtuales es por ende susceptible de ser aplicada para corregir y conseguir una más perfecta representación. Es decir: si se critica que en la realidad resulta que de vez en cuando desaparece materia, esta misma critica servirá para que en nuestra creación virtual ocurra lo mismo en iguales circunstancias y proporciones.
Puede que aun después de todo lo expuesto, quepa todavía la duda de que nuestra materia sigue siendo más real que la de los ordenadores. Recordemos entonces que estamos hablando de dimensiones distintas. Nuestra materia es palpable por la materia que se encuentra en la misma dimensión, al igual que la materia virtual es tan solo sensible en su plano. Ambas materias son idénticamente reales, aunque ni nuestra mano podrá asir nunca una piedra virtual, ni las piedras virtuales podrán sentir nunca la presión de nuestras manos. ¡O sí!.

Las IA redondas, por pertenecer a un universo de dos dimensiones -plano- y ser su estructura relativamente sencilla, pueden parecernos tan solo una curiosidad que para nada tienen comparación con una célula real. ¿Qué ocurriría sin embargo, si la información binaria que forma el programa para que se muevan y evolucionen, en vez de ser abstracta, la transformásemos en una larga secuencia de mandatos como el ADN?. Podrían ocupar una posición en las coordenadas X,Y,Z, y ser capaces de reaccionar directamente ante los cambios de valores externos. El distribuir un programa informático con este sistema, simplificaría enormemente la complejidad que representa su diseño: una multitud de interrelaciones que autoorganizan la ejecución de unas cantidades inmensas de mandatos. Así también con cuatro bases, tal vez por casualidad, tal vez porque la naturaleza busca la mayor economía posible, los mandatos podrían formar racimos que imitarían las 4 distintas moléculas del ADN; estas a su vez formarían los genes que se encargarían de autocopiarse y transformar los nutrientes virtuales en proteínas virtuales (racimos de valores que interactuarían con otros mandatos en otras direcciones X,Y,Z). De esta forma, la célula virtual o el conjunto de mandatos distribuidos en las coordenadas del ciberespacio, convenientemente nutrida, podría replicar en otras coordenadas los mandatos y dividir el núcleo celular culminando con la mitosis. Si además al reproducir el ADN virtual utilizásemos la información recabada en el mencionado proyecto GENOMA, representaría que con el tiempo, obtendríamos un complejo conjunto de células virtuales que interaccionarían mediante sus «sentidos» con la materia también virtual que le rodea. Podría tener enormes conjuntos de partículas virtuales llamados: piernas virtuales, para desplazarse, ojos virtuales para percibir la presencia de nutrientes virtuales, manos virtuales para asir manzanas virtuales, boca para reconocer el gusto, estomago para descomponer las partículas de la manzana, alimentarse, extraer lo necesario para crecer, y además, un complejo cerebro para coordinar tal inmensa cantidad de células. Observar, relacionar y descubrir la estructura y funcionamiento de la infinidad de valores virtuales que indiscutiblemente percibiría con sus sentidos.
Tenemos ante nuestras narices las respuestas a las eternas preguntas del hombre. ¿De donde venimos?, ¿Quienes somos? y ¿A donde nos dirigimos?. Intentemos ahora sonreír imaginando que estas preguntas nos son planteadas por una comunidad de IA «esféricas» como la expuesta en el párrafo anterior.

Un cuerpo virtual, se pasea por un universo cibernético en el que las plantas están compuestas por racimos de mandatos que han evolucionado, gracias a la interacción de mandatos provenientes del virtusol y los nutrientes del suelo. Suelo en el que los minerales están formados por átomos virtuales, cuyo comportamiento obedece exactamente a las mismas leyes físicas que podemos observar en nuestro Universo. Imaginemos (que para eso no hay obstáculo) que una civilización de cuerpos virtuales ha podido evolucionar como la nuestra. Ahora un virtucuerpo concreto, al que llamaremos Juanito virtual, ha acabado sus estudios básicos y tumbado en la virtuhamaca de una virtuplaya cualquiera. Disfruta de sus merecidas vacaciones. Él, como todos, tuvo origen cuando una gigantesca y complicada disposición de valores que mediante virtumoléculas formaban la información genética del virtuóvulo de su madre fue completada con la información aportada por uno de los más sanos, rápidos y resistentes espermatozoides virtuales de su padre. Los mandatos que contenía esa virtucélula fueron suficientes para que se multiplicase una y otra vez hasta reconstruir todo un ser vivo. Como todo niño, disfrutó de las experiencias que producían en su cerebro los valores que percibía del exterior a través de sus sentidos. Gozó a regañadientes de un proceso de aprendizaje por otros congéneres que le transmitían más conocimientos. Sus profesores le habían explicado entre otras muchas cosas: cómo en esa bola brillante de allá arriba se producen continuamente una liberación de mandatos que inundan la Virtuterra; algunos de ellos peligrosos e indeseables para la evolución correcta de los mandatos de sus células. Hace casi infinidad de millones de momentos, para él unos minutos, en alguna coordenada de ese enorme grupo concentrado de valores que es el virtusol, una relación concreta entre los valores de unas pocas partículas virtuales -PV- resuelta en un momento, había causado la aparición en unas coordenadas determinadas del mandato PVF2834756245 (fotón). Este PVF2834756245n -fotón virtual- era el que en ese momento entraba en conflicto con las casi idénticas coordenadas de otro mandato denominado PV297N3 -un electrón-, situado justo en el interior de una virtucélula de su tórrida cara. Desde la aparición del mandato PVF2834756245 en el virtusol y durante todo el frenético evolucionar de los valores de sus coordenadas, en ningún momento había entrado en conflicto con otra partícula virtual; tan solo algunas fuerzas FVn provocaron una mínima alteración parcial en la monótona evolución de su trayectoria. Ahora la interacción con el PV297N3 -electrón- había hecho desaparecer el fotón virtual PVF2834756245 causando un aumento del valor FVE -Fuerza Virtual Electromagnética- del PV297N3. En los futuros momentos de PV297N3, los resultados de las operaciones ordenadas por sus mandatos harán que deje de describir un desplazamiento orbital sobre las PV que forman el núcleo de ese virtuátomo. Como resultado, el racimo de mandatos que es la virtumolécula a la que pertenece dicho átomo, se escindirá y provocará otros cambios. Estos cambios son muchos, complejos, repetitivos, aburridos y por eso omitidos.
Entre otras cosas, este concreto intercambio de valores y otros como este, harán que el ADN virtual del núcleo de esa virtucélula provoque el ensamblaje de una virtumolécula conocida en el real mundo de los dioses por: «melanina»; que conseguirá en el futuro que nuestro protagonista virtual, en vez de capturar demasiados PVF, los haga reflejarse alterando su frecuencia por un bonito valor de suave moreno.

Vemos que nuestro protagonista sabe bastante bien cómo evoluciona la materia virtual que le rodea. A pesar de esto, se le presentan algunas dudas.
Como nosotros, por mucho que lo desea se ve incapaz de comprender ciertas observaciones: ¿De donde han surgido las dimensiones para dar cabida a todos los mandatos que interactúan con él?. ¿De donde surgieron los valores de las partículas virtuales -PV-?. ¿Por qué esos valores interaccionan bajo unos mandatos iguales en todo el universo?. ¿Dónde están escritos esos mandatos o leyes?. ¿Cómo las PV se las han apañado para transformarse en vida?. ¿Por qué la vida ha evolucionado hasta construir un organismo como él?. y más enigmático: ¿Cómo es posible que dentro de la uniformidad de su universo, puedan existir extravagantes alteraciones de los inalterables mandatos, cuando por ejemplo: un religioso se lo pide fervientemente a su Dios Creador Todopoderoso del todo indetectable por los sentidos?. Preguntas que a nosotros nos pueden parecer fáciles, pues somos conscientes de la creación en la que existe. Preguntas que a nosotros nos pueden parecer del todo incontestables, si no aceptamos la evidencia de un creador. ¿Cómo podrá nuestro amigo descubrir las respuestas?.

El pensar en una fácil y milagrosa intervención nuestra para explicarle todas las respuestas a sus sencillas preguntas, es demasiado aventurado y poco considerado. Para empezar, si a nosotros se nos apareciese delante algo perceptible por nuestros sentidos diciendo que es nuestro creador, ocurrirían muchas posibles y diversas cosas: Puede que la manifestación desaparezca y decidamos aceptar la veracidad del hecho. Puede que dudemos de lo que nuestros sentidos han percibido. De no creer que ha sido una alucinación, al tratar de explicarla podremos: o ser tomados por enfermos mentales o bien creídos por unos pocos que aceptan la posibilidad de que esos hechos ocurran. Pero de continuar la manifestación perceptible para ser analizada por científicos, estos observarían que la manifestación la percibimos porque hay unos reales valores que interaccionan con los instrumentos y nuestros sentidos. Por lo tanto, es un fenómeno físico conocido, aunque… sin explicación. Teorizarán: Tal vez se trate de un desconocido fenómeno de teletransportación material. También puede suceder que la manifestación, además de ser física para que podamos percibirla, se comunique con nosotros y pueda contestar a nuestras preguntas. ¿Qué ocurriría entonces?.

Antes de esperar que eso pueda ocurrir en nuestra realidad, pensemos en que podría ocasionar en el mundo virtual de nuestro recién creado amigo. Hay que tener en cuenta que el molestarnos en recrear ese universo ha sido por algo. Ver como evolucionan las simpáticas IA redondas en su mundo plano y descubrir que han aprendido a comunicarse con nosotros, sus creadores, hoy por hoy ya es un hecho que por sí, cuestiona la moral de apagarles el ordenador. Sí que de apagarlo podemos guardar su actual configuración y reproducirla cuando nos apetezca; de hecho si hiciésemos eso con nuestro personaje virtual y lo tuviésemos un año almacenado en un (por ahora inexistente) superdisket, al año y un día volvería a evolucionar sin haber percibido en absoluto el paso del tiempo. ¡Bueno!, tal vez vea a su familia algo mayor y su entorno algo cambiado; de todas maneras, es importante que de ocurrir en un futuro la creación de un ser virtual semejante a nosotros, seamos antes capaces de verlo como a un igual en otra dimensión.
Lo que se esta exponiendo no es en absoluto una irreflexionante divagación, sino todo lo contrario. Es una seria reflexión sobre las indiscutibles dimensiones que la informática nos proporciona y que muy bien pueden dar cabida a seres inteligentes semejantes a nosotros. ¡Aunque por ahora sus piedras no puedan tener tantos detalles como las nuestras!. Como predica un conocido anuncio televisivo: “El futuro está en los detalles”.
Si nos precipitamos a la hora de elaborar nuestra ética, podríamos errar en pensar: ¿Por qué no ayudarle a ser más feliz mediante nuestra intervención directa?. Si así lo continuásemos haciendo, tendríamos por un lado a una inteligencia semejante a la nuestra, que se ve atrapada en su dimensión sin un objetivo ni futuro claro por el que desear seguir existiendo. El ser conscientes de unos creadores supremos que pueden hacer y deshacer como les place, y de los que tan solo se es una imitación, podrían provocar reacciones nefastas en las IA Desde la falta de ganas por trabajar, descubrir y evolucionar, hasta desencadenar violencia entre ellas por discrepar sobre la equitativa tutela de los dioses. El simple conocimiento de nuestra existencia coartaría sus libertades e ilusiones. Tendríamos que ejercer el papel de jueces en todos sus conflictos, y el que las IA sepan que somos omniscientes, les privaría de realizar obras malas, que tal vez son buenas, y necesarias para su evolución. Una ética depurada, exige de una imprescindible no intromisión. Si en sus dimensiones son semejantes a nosotros, ¿no es entonces lícito otorgarles la misma libertad, las mismas ilusiones, la misma no intromisión o la misma controlada intromisión?.
Pero dejando de navegar por un futuro no demasiado lejano, y del que estoy convencido que resulta irremediablemente desembocante, surge la duda de: ¿se podría realizar?.
Es posible que se llegue a la observación de que para recrear un universo aproximado al nuestro, con sus múltiples estrellas, galaxias, etc., con sus 10 (con 79 ceros detrás) partículas, jamás podrá tener cabida en ningún ordenador imaginable. Olvidamos no obstante que si el centro de nuestra creación son las IA, no es importante recrear al detalle todo el Universo. De hecho, nadie sobre la tierra es consciente de la existencia de todas las partículas del cosmos; y así como en el videojuego del caza, al descender crecen los detalles, también nosotros podríamos hacer que los detalles de la estrella Sirius B crezca en detalles solo en los momentos en que para el buen desarrollo del programa sea imprescindible. Se trata de llevar a cabo una buena economía a la hora de montar el universo. Crear fractales lo más grandes posibles para ciertas zonas determinadas. Podríamos diseñar que en las coordenadas tal, tal y tal existiesen 5000 metros cúbicos de manto terrestre, y que las relaciones de valores emitidas por término medio de ese volumen es tal o cual, con lo que nos ahorraríamos las interacciones de todas las partículas que existen en ese volumen. Aunque en un momento determinado, cuando las IA metan sus narices en ese volumen, los 5000 metros cúbicos serán representados con unos fractales más pequeños, y si se quiere, hasta cada átomo y electrón podrá ser medido.

Al formar el fractal de un átomo virtual, nos ahorramos la evolución de cientos de Puntos Virtuales básicos. Al formar el fractal de una molécula virtual compleja, el de docenas de átomos. Con el fractal de una roca, nos ahorramos millones de veces todos los anteriores. Con el de una estrella, la cifra se dispara. Queda así que al hacer un fractal de más de medio universo, del que no percibimos en la tierra más que unos resumidos valores, ese enorme 10 seguido de 79 ceros disminuye a pasos agigantados. Aun así, sigue siendo enorme el volumen de información a procesar. Es posible la realización. De hecho, opino igual que Seth Lloyd, físico del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts)y que ya existe esa computadora funcionando a pleno rendimiento: nuestro propio Universo.
Como hoy por hoy, la falta de potencia en los ordenadores nos impide hacer realidad un complejo mundo virtual semejante al nuestro, tal vez el tiempo que tardemos en construir ese nuevo edén en los ordenadores del futuro, sea también suficiente para haber evolucionado nosotros mismos y poder crear unas leyes jurídicas que prohíban la intromisión en ese nuevo mundo al estilo de dioses griegos y romanos o hindúes, protejan a nuestros futuros semejantes y creen las intervenciones oportunas para que alcancen, la que, particularmente, considero meta de la evolución: Obtener un alto valor de experiencias gratas sin menoscabar los valores ajenos; y si es posible, colaborar a aumentar las del vecino como buenamente sepamos.

CONCLUSIONES

Como ya he expresado antes, estamos a las puertas de una nueva era.
A lo largo de la obra se han expuesto observaciones que percibimos de nuestro Universo. Observaciones que han puesto de manifiesto eternas incógnitas a las que el hombre no ha sabido encontrarles respuestas ni lógica alguna. No obstante se admitían por ser patentes por nuestros sentidos, y se olvidaban, por ser a su vez incontestables. Ha llegado el momento en que unas nuevas observaciones dan luz a las anteriores. El resultado: una respuesta evidente para quien quiera aceptarla.
La consabida comodidad que nos ofrecen ciertas teorías incompletas y erróneas o el miedo a enfrentarnos ante la posibilidad evidente de un Dios Creador y Todopoderoso, son los reductos a los que sin duda nos aferraremos. Deberemos ser valientes, y dejar esos carcomidos maderos teóricos, a los que como náufragos en un revuelto océano nos asimos, y decidir aceptar la realidad que se nos presenta: Existe una inteligencia viva organizativa del Universo.
Tal vez estemos demasiado habituados a nadar entre la ignorancia, y la simple posibilidad de descubrir que no somos náufragos sino navegantes que nos dirigimos irremediablemente a una nueva tierra, pueda producirnos recelos y temores.
Podemos seguir negando que nuestra realidad sea igual que la reproducida por los ordenadores; que el comportamiento de nuestra materia y energía es diferente, a pesar de comprobar que no es así, o que por pertenecer a dimensiones diferentes no son comparables; a pesar de lo cual, comprobaremos sin temor a dudas que las recreaciones de universos virtuales serán con el tiempo cada vez más perfectas y similares a las nuestras, que las IA redondas obedecerán los mismos comportamientos que una célula viva, y que un universo independiente nacerá en la inexplicable materia que recrean los chips.

Después de esto, meditar en que los ordenadores, como hemos visto, son lo más parecido a nuestro cerebro, y la consistencia de las piedras virtuales hechas en ellos es comparable a la de las piedras que podemos imaginar cerrando los ojos y visualizándola nosotros mismos. Tenemos además la ventaja de tener los programas más sofisticados que jamás se hayan podido diseñar ni soñar. Mientras que para programar un tigre virtual acechando una gacela en la calurosa sabana, agachado entre la reseca vegetación y relamiéndose los bigotes, puede llevarnos varios días de trabajo y unos programas de lo más complejos; esa misma recreación se produce casi instantáneamente en nuestras mente tan solo con pensar en la escena. Tal vez, si el potencial de nuestro cerebro es tan inmenso, llegue el día en que, cerrando los ojos, podamos crear nuestro particular universo. Con seguridad que llegado el momento, lo más difícil no será crear soles y galaxias, sino conseguir que esos personajillos semejantes a nosotros, los que pululan por ese bello y esmerado planeta a ellos dedicado, decidan por sí mismos si comer o no comer, si moverse o quedarse quietos, si vivir o morir, si amarnos u odiarnos por haberlos creado y dejado decidir.

Propongo ahora un ejercicio de creación:

Dejemos la mente en blanco, y pensemos en recrear y dar voluntad propia a nuestro particular Juanito virtual. Antes, unos ejercicios de relajación nos ayudarán. No tenemos prisa. Podemos detenernos tanto como queramos en cada punto y cada coma de esta lectura. La respiración es suave, larga, profunda. Nos sobra tiempo. Relajamos el cuello y dejamos caer los hombros. Estamos en una posición cómoda. Los ruidos del entorno ensordecen, no importan. Nos concentramos en una lenta lectura y no nos hacemos preguntas sobre el objetivo que se persigue. No será más de dos o tres minutos. Nos abandonamos. Nos es igual el motivo de las situaciones y las cosas que lentamente van apareciendo. Todo cobra vida poco a poco, en nuestra imaginación. Nuestro universo interno es infinito. Ahora está vacío. Inspiramos de nuevo, lentamente. En ese oscuro universo hacemos que estalle la luz. Nacen estrellas. No importan ahora los detalles. Dan luz, calor, vida…Aparece un mundo. Lo vemos. Incluso con los ojos abiertos. Es como una de esas maravillosas fotos de la tierra que todos hemos visto. Hermoso, con nubes. Nos acercamos y descubrimos su superficie. Está lleno de fauna y vegetación. Nos dirigimos lentamente a una parte de él. Es verano, mediodía. Una playa. Las olas baten rítmica y suavemente. Una tras otra, su fina espuma se esparce por la arena. Podemos percibir su sonido. Se repite, una, y otra vez, y somos conscientes del ruido que provocan al golpear en la arena. Es como intentar soñar voluntariamente despierto. Sopla una suave brisa. Hace calor. El sol en lo alto, envía sus rayos a través de un cielo despejado. La arena es blanca, limpia. Sobre ella, en una esterilla de mimbre, ribeteada por una cinta verde, se encuentra nuestro Juanito tumbado. Está con los ojos cerrados. Podemos hacer que haga algo, pero no, no lo deseamos. Seguimos respirando. Tranquilamente. Pausadamente. Nos entretenemos en cada palabra. Tranquilidad. Brisa. Olas. Unos pájaros. Gaviotas. Vuelan cerca del agua. El joven. Tumbado. Boca arriba. Inactivo. Parece que está tomando el sol. Quizás dormido. Sin alterarnos nos preguntamos: ¿Qué hace?. ¿Cuando va a decidir abrir los ojos?. Hemos estado hace un rato escuchándole. Relajación. No intentemos adivinar. Tan solo somos espectadores. Es él quien se moverá si quiere. Nosotros somos solo sus creadores. Hemos puesto el agua, la playa, la brisa, el sol, los pájaros, la temperatura, el sonido, la luz, su cuerpo… El joven sigue con los ojos cerrados. Sabemos de él que tiene preguntas pendientes por contestar. El sabe que existe. Está tumbado en la sólida arena de una playa. La siente. ¿Cómo va a ser una ilusión la forma en que quema la arena?. Cerca de él, las olas siguen provocando su sonido. El tiempo ahora no importa. El sigue tumbado, boca arriba. No tiene prisa. Nada que hacer. Está de vacaciones. Ha acabado sus estudios. Confía del todo en un maravilloso futuro. Ahora tan solo piensa en una cosa: Las preguntas. ¿Donde está?. Pausa. Respiramos despacio. Nosotros lo sabemos pero él no. No nos lo ha preguntado, tan solo se lo ha preguntado a sí mismo. Continuamos leyendo despacio, muy despacio. Sigue el calor. La brisa es húmeda. Nuestro amigo está indeciso. No sabe que hacer. Le está dando vueltas al libro que acaba de leer. Le ha hecho meditar sobre cosas que tenía olvidadas. ¿Puede ser cierto que este en la mente de un dios creador y todopoderoso que le esta viendo porque otro dios lo ha escrito en un libro?. Calma. Seguimos respirando profunda y suavemente. Nosotros lo sabemos, él no. No intervenimos. Dejamos que sea él quien nos descubra si quiere. Tiene capacidad de sobra para ello. Todo nuestro potencial cerebral es ahora su potencial cerebral. Existen otras personas en ese mundo, claro que sí, pero ahora no importan. No tenemos que esforzarnos en pensar cómo da vueltas la tierra al sol; ya pensaremos en esos detalles si juanito alguna vez se lo pregunta. Ahora toda nuestra atención está puesta en lo que él hace. Aunque Juanito ya tiene su historia: su familia, sus amigos… Puede recordarlos perfectamente. Pero justo ahora se acaba de preguntar: ¿Son entonces mis amigos y todas las personas actores que rodean mi papel estelar?. No le respondemos. Estamos pendientes de sus decisiones. Una ola algo más fuerte que las demás casi llega a rozar la punta de la toalla sobre la que está tumbado nuestro joven. La ola se retira, y deja una fina y húmeda alfombra de arena brillante. Podemos ver como destellan los diminutos trozos de mica. ¿Qué deseamos hacer ahora con nuestro nuevo y recién creado amigo?. Hagámosle recordar. Hagámosle recordar la escuela a la que va. Sus profesores. Las bromas de sus amigos. Pausa. Seguimos leyendo. Despacio. Sin prisas. No nos viene de un minuto. Nuestro joven esta lleno de recuerdos. A pesar de eso, empieza a dudar de todos ellos. ¿Y si no existieran?, ¿Y si realmente habían sido implantados en su memoria por un dios ocasional?. ¿Dejaría también él de existir en cuanto dejasen de pensar en él?. Que idea más aterradora y cruel. Nuestro joven todavía no se ha dado cuenta de todos nuestros poderes. El ya existe para siempre en nuestra mente. Aunque dejemos de leer, solo tenemos que recordarle y ya esta, aparecerá de nuevo en nuestra mente, tumbado en la playa, como si el tiempo no hubiera pasado. ¡Ahhh… el tiempo..!
Ahora vamos a volver atrás. Retrocederemos mágicamente en el tiempo de nuestro personaje. Volvemos a estar en ese primer momento en que descubrimos al joven sobre la arena. Las gaviotas vuelven a hacer su aparición. Pero esta vez, el joven, en vez de hacerse preguntas, se levanta de un salto y corre a zambullirse en el agua. ¡Que maravilla!. La tórrida piel agradece ese refrescante líquido. ¿Quien dice que ese mar no existe?. Mientras se tira un poco de agua sobre la cara, el joven todavía se pregunta a sí mismo sobre el libro que acaba de leer. ¿Pero cómo pretenderá ese escritor comparar este agua con agua virtual?. Sin pensar más en ello, el día invita a disfrutarlo. Y como hemos decidido no intervenir, no nos queda más remedio que dejarle ser libre de no descubrirnos. ¿Quién somos nosotros para negárselo y aguarle el baño?. Por cierto… ¿le descontaminamos un poco el agua?.

Para finalizar, quiero recordar las palabras que hace casi dos mil años les dirigió Pablo a los Atenienses cuando fue invitado por filósofos epicúreos y estoicos a hablarles en el Areópago, pues es posible que cobren ahora un sentido más creíble: «-Atenienses, he observado que sois extremadamente religiosos. En efecto, al recorrer vuestra ciudad y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado un altar en el que está escrito: -Al dios desconocido-. Pues bien, eso que veneráis sin conocerlo es lo que yo anuncio. El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, y que es el Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por mano del hombre; tampoco tiene necesidad de que los hombres lo sirvan, pues él da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. Él creó de un solo hombre todo el linaje humano para que habitara en toda la tierra. Ha fijado unos tiempos determinados i unos límites de lugar donde han de vivir, con el fin de que busquen a Dios, por sí, escudriñando a tientas, lo pueden encontrar. En realidad no está lejos de cada uno de nosotros, ya que en él vivimos, nos movemos y existimos.

FIN

Dedicado a mi creador, quien con su voluntad me permite seguir existiendo y disfrutando de este complejo universo que me ha permitido intuir.

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